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Tema: De la literatura al cine

  1. #851
    Video Home System User Avatar de Charles Lee Ra
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    Predeterminado Re: De la literatura al cine

    Es una película mucho menos... simpática. Los personajes son todos menos simpáticos que los compuestos por los actores. El episodio del adulterio, aunque tiene mucho sentido en el contexto de los personajes, da la impresión de estar de relleno, además de la trama de corrupción política... prefiero la película también.

    De Benchley me gusta mucho más "La isla" que también tiene adaptación cinematográfica, con Michael Caine y David Warner.

  2. #852
    gurú Avatar de mad dog earle
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    Predeterminado Re: De la literatura al cine

    Hace unos días comenté brevemente en el hilo dedicado a Polanski las diferencias que había entre el texto teatral de Ariel Dorfman, La muerte y la doncella, y la adaptación llevada al cine por el director franco-polaco. Hoy le toca el turno a un par de obras teatrales más:

    Terra baixa, de Àngel Guimerà (1897)
    vs
    Tiefland, de Leni Riefenstahl (1954)



    La obra de Guimerà, pieza esencial dentro del repertorio clásico del teatro catalán, enfrenta al mundo corrompido de esa “terra baixa” (el llano) con la pureza de la montaña. Sebastià es un cacique despiadado que gobierna sobre personas y haciendas, sus órdenes son la ley, aunque su economía es débil, cargado de deudas e hipotecas. Su situación financiera lo obliga a casarse con una rica “pubilla”, una heredera, pero para ello antes ha de limpiar su imagen, deshaciéndose de Marta, su amante, una joven que recogió cuando era casi una niña y vagaba pidiendo limosna con su “padrastro”. Le busca un marido, un inocente e ingenuo pastor, Manelic, acostumbrado a la vida solitaria de las altas montañas, con las ovejas como única compañía y la presencia del lobo como amenaza. Manelic no sabe manejarse bien entre los rumores, los cotilleos, las malas intenciones de la gente del pueblo, pero con lo que no contaba es que todo sea un engaño, y que en la misma noche de bodas Sebastià visite a Marta en su dormitorio, aunque el marido no llega a saber quién es el visitante. Unos días más tarde, y después de lloros, gritos y confesiones varias, Marta parece dispuesta a dejar el pueblo e irse con Manelic a la montaña, pero Sebastià intentará evitarlo. La lucha entre los dos hombres será a muerte. Manelic mata a Sebastià y marcha con Marta en brazos al grito de “he mort el llop” (“he matado el lobo”).

    Riefenstahl, por su parte, adapta a la pantalla la obra de Guimerà pero pasada por la ópera de Eugen d’Albert sobre libreto de Rudolph Lottar. Desconozco la obra lírica, pero el film respeta en lo esencial a Guimerà, aunque modificando su estructura en tres actos y escenario único. En una España de gitanos y bailaoras (la propia Riefenstahl, demasiado “talludita” para el papel),



    de aspecto más mesetario que mediterráneo (algunas imágenes se rodaron en España, durante la II Guerra Mundial, pero al parecer se perdieron, trasladándose el rodaje a la zona de los Alpes), don Sebastián, marqués de Roccabruna (Bernhard Minetti, uno de los grandes actores del teatro en alemán, al cual Thomas Bernhard dedicó una obra), acostumbrado a actuar según sus caprichos, se prenda de una bailarina, Martha, a la que convierte en su amante. Pero, como en la obra de Guimerà, sus enormes deudas lo obligan a contraer matrimonio con la hija del alcalde. Para ello ha de “arreglar” su situación con Martha, casándola con Pedro, el pastor, que vive felizmente en sus idílicas montañas (aunque allá tenga que vérselas con el lobo, cosa que Riefenstahl muestra en una lucha escalofriante, que en el texto de Guimerà describe Manelic con notable plasticidad), alejado de la corrupción de la tierra baja.




    El mismo día se casan Martha y Pedro y Don Sebastián y la hija del alcalde, pero ello no impide al marqués presentarse en casa de Martha (la casa del molino que Don Sebastián ha cedido a los esposos) para yacer con la amante. El enfrentamiento, de gran fiereza, como el que vimos en su momento entre el pastor y el lobo, acaba con la muerte del tiránico aristócrata y con la marcha de Pedro y Martha hacia la pureza de las montañas.



    Riefenstahl le da al drama ese aire de cuento que caracterizaba también su Das blaue Licht, con la idealización de las cumbres alpinas, casi como si de uno de los films que rodó con Arnold Fanck se tratara. Riefenstahl pone en juego toda su brillante concepción de la fotografía, su trabajo con las sombras, con la iluminación, con los encuadres, consiguiendo un film muy atractivo. No entro en las vicisitudes del rodaje y de su postproducción, que daría para otro comentario más extenso aún. En todo caso, a pesar de rodarse durante la primera mitad de los 40, la película no se estrenó hasta 1954, después de que la directora fuera acusada de utilizar gitanos, en especial niños, prisioneros de un campo de concentración cercano a Salzburg, lo cual provocó su depuración durante unos años y que el proyecto quedará congelado.

    El chico de la última fila, de Juan Mayorga (2006)
    vs.
    En la casa (Dans la maison), de François Ozon (2012)



    El texto del madrileño Mayorga, que he tenido la oportunidad de ver en un reciente y excelente montaje teatral en la Sala Beckett de Barcelona, con dirección de Andrés Lima y Sergi López como actor principal, nos cuenta la relación entre un profesor de lengua y literatura, Germán, escritor frustrado (Germain, Fabrice Luchini en el film) y un solitario alumno, Claudio (Claude, Ernst Umhauer), ese muchacho callado que siempre se sienta en la última fila, y que se revela como un notable escritor a través de las redacciones que le va entregando y en las que describe con detalle la vida de la familia de Rafa, compañero de clase. Germán va comentando durante la obra los escritos con su mujer, Juana (Jeanne, Kristin Scott Thomas),




    que regenta una galería de arte contemporáneo, sobre la que pende la amenaza del cierre ya que no consigue vender ninguna obra. Por su parte, la familia de Rafa la componen Rafa padre (Rapha, Denis Ménochet), un vulgar comercial con vínculos con China y aficionado por encima de todo al baloncesto, y Ester (Esther, Emmanuelle Seigner), que mata sus largas horas de aburrimiento hojeando revistas de decoración y proyectando modificaciones en la casa.

    Claudio se siente atraído por desvelar el secreto de una familia “normal” (en un momento dado escribe que en la casa se percibe “el inconfundible olor de la mujer de clase media”). Poco a poco, Claudio y German van pintando juntos el retrato de esa familia, una radiografía por momentos hiriente de la clase media. Entre los dos se establece una especie de atracción mutua, una dependencia de uno con el otro, que poco a poco va a provocar la degradación de German como maestro, las discusiones con su mujer, Juana, y la obsesión de Claudio con la escritura en detrimento de todo lo demás (aunque nunca sabremos gran cosa de Claudio, que se mantendrá en una zona de penumbra a lo largo de toda la obra y del film). La película pone mayor énfasis en el carácter misterioso y provocador del alumno, que parece manejar todo el proceso, algo que no está tan marcado en la obra teatral. Además, Ozon modifica el final para convertirlo en una especie de castigo a la inmoralidad de Germain, a su falta de escrúpulos (pierde su trabajo en la escuela y a su mujer). La obra de Mayorga no respeta la estructura clásica en escenas mezclando tiempos y lugares, solapando la lectura de las redacciones con la visualización de lo redactado y los comentarios sobre el texto entre maestro y alumno o entre German y su esposa. Ozon es más convencional en su tratamiento, aunque no deja de utilizar también algunos de estos recursos. En todo caso, tanto la obra como la película me parecen espléndidas. A destacar las interpretaciones de todo el reparto en el film de Ozon, con especial mención al joven e inquietante Ernst Umhauer.

    Última edición por mad dog earle; 24/03/2019 a las 20:54

  3. #853
    gurú Avatar de mad dog earle
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    Predeterminado Re: De la literatura al cine

    El altar de los muertos (The Altar of the Dead) (1895), de Henry James
    vs.
    La habitación verde (La chambre verte) (1978), de François Truffaut








    Después de desesperarme en la lectura de “La copa dorada” de Henry James, me decidí a reconciliarme con el escrito norteamericano afincado en el Reino Unido por medio de algunos de sus relatos, en especial uno que hacía tiempo que quería leer: “El altar de los muertos”, que dio pie a la película de Truffaut que prefiero (junto a Los 400 golpes): La habitación verde.

    El relato de James nos cuenta la historia de George Stransom, uno de esos personajes típicos jamesianos, acomodado, solitario, de pasado inconcreto, que en esta ocasión parece solo vivir para honrar la memoria de la que iba a ser su mujer, Mary, y que murió poco antes de la ceremonia. Stransom es un viudo perpetuo, de duelo permanente, hasta el punto que ha concebido, y se ha dedicado plenamente, a una especie de religión de los muertos, de “sus” muertos, con Mary a la cabeza. Esa especie de santoral necrófilo necesita de un lugar de culto y Stransom lo va a encontrar en una capella vacía dentro de una iglesia, en donde podrá poner una vela por cada uno de sus amigos y seres queridos fallecidos, formando una especie de bosque de luz.

    En un determinado momento James nos dice: “ratos había en que se sorprendía a sí mismo casi deseando que determinados amigos suyos se murieran de una vez, a fin de poder así establecer con ellos una relación más grata de lo que era, en realidad, hacedero tener con ellos en vida”. Es, por tanto, un hombre que busca la compañía de los muertos, y rechaza la de los vivos. Con todo, empieza a encontrarse con una mujer más joven en la iglesia. Es una mujer con un "solo" muerto al que venerar. Poco a poco van estableciendo algo parecido a una amistad, pero sin llegar nunca a intimar. Su marco de relación es la capilla mortuoria. Con el paso de los años, y una vez muerta su madre, con la que vivía, la mujer invita un día a Stransom a visitarla en su casa. Allí descubre por las fotos y los recuerdos que decoran la estancia que ese amor único al que la mujer dedica su vida es Acton Hague, viejo amigo de Stransom que años atrás le hizo objeto de una ofensa imperdonable. Así, Stransom se da cuenta que la relación con su acompañante es imposible, ya que se siente incapaz de perdonar a Hague y de acogerlo en su capilla, de compartir su duelo con el de ella.

    Rota la relación, solo se van a reencontrar en el último momento de la vida de Stransom, cuando este, enfermo, vuelva a la capilla para encontrarse allí a la mujer. Dispuesto ahora a aceptar a Hague, su deseo es completar la obra de su vida con una vela más: la suya propia. Y con esa petición Stransom expira en los brazos de la mujer.

    Truffaut, junto a Jean Gruault (colaborador en varios de sus films), adaptan el texto de James con gran acierto. Por un lado trasladan la acción a la Francia rural de entreguerras, una década después de la I Guerra Mundial. Además convierten al protagonista, Julien Davenne (interpretado por el propio Truffaut), en un exsoldado que combatió en la artillería, no siendo ni siquiera herido, mientras que casi todos sus amigos murieron en combate.





    Al duelo personal se añade así un duelo de una dimensión más universal, el que provoca la guerra. Además, Julien colabora en una revista, Le Globe, redactando notas necrológicas. Una revista, por cierto, moribunda, porque como comenta su director se está quedando sin lectores, ya que se mueren los subscritores.

    En su casa, Julien tiene acondicionada una habitación (la habitación verde del título) como santuario dedicado a su mujer muerta, Julie (en este caso, la mujer murió poco después de casados), con fotos e incluso la reproducción de una mano. Serio, circunspecto, Julien se dedica a recuperar objetos en las subastas, como un anillo que perteneció a su esposa. En una de esas subastas conoce a Cecilia (Nathalie Baye), que también mantiene el duelo por alguien, pero ella le aclara que ama a los muertos, pero no “contra los vivos”, como es en el caso de Julien.

    Un buen día muere un político de prestigio, Paul Masigny, al cual dedica una necrológica demoledora, que ni siquiera se llega a publicar. Ese Masigny se corresponde al Hague de James. Más tarde, en una noche de tormenta, se producirá un incendio en la habitación verde, quedando muy dañada,






    hasta el punto que Julien se plantea recordar a Julie con una figura artificial (un poco a lo Ensayo de un crimen buñueliano), pero cuando la ve ordena su destrucción.




    Todo ello lo lleva, como en el relato de James, a acondicionar, con la ayuda de Cecilia, una capilla junto al cementerio (en este caso exenta, no integrada en una iglesia), donde dar forma al altar de los muertos (el efecto de las velas nos puede hacer recordar Die müde Tod, de Lang).




    La capilla, además de las velas, está decorada con las fotos de todos sus muertos (entre los que vemos personajes reales, entre otros el propio Henry James, del que dice Julien que “me enseño a respetar a los muertos”).




    El resto es muy similar a la novela. También descubrirá Julien que el objeto del duelo de Cecilia es ese amigo que lo ofendió, Masigny, lo cual comportará la ruptura de la relación. Pasa el tiempo y Julien enferma, recluido a menudo en la quemada habitación verde. Al final, al límite de su vida, encontrará una noche a Cecilia en la capilla y declarará que hay sitio para Masigny, pero necesita que ella encienda una vela más que completará su obra: la suya, tras lo cual muere en los brazos de Cecilia.




    El tono mortuorio del film, perfectamente conseguido, se expresa de diferentes maneras: en la interpretación ausente de Truffaut; en la fotografía oscura, de días grises o lluviosos sin sol,de ambientaciones cerradas o nocturnas, obra de Néstor Almendros; y la música triste y evocadora (y un tanto fúnebre) de Maurice Jaubert. Truffaut logra así uno de sus mejores films, alejado de esa imagen ligera y un tanto frívola que puede parecer que se expresa en su cine, ese canto a la vida y al amor, pero que siempre he pensado que, en el fondo, oculta en su capa más profunda, un sentimiento fundamentalmente triste y melancólico, en el que la muerte se transluce a menudo. Muy recomendable texto y película.
    Última edición por mad dog earle; 08/04/2019 a las 20:36
    Alcaudón, Alex Fletcher y muchogris han agradecido esto.

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