Todas las cosas que estáis contando no son de ahora. El cine es un negocio, y también arte. Los ejecutivos quieren ganar dinero y dar un buen espectáculo, y (se supone) los cineastas inmortalizar su nombre, pero también vivir bien. Ambos intereses deben combinarse, porque tan malo es facturar un bodrio que engaña dos semanas, pero luego ya no, como dar carta blanca a un visionario que te haga Heaven’s Gate y hunda la productora.

Esta lucha entre las partes comercial y artística de un proyecto se produce desde hace un siglo. El problema del cine es que su situación actual no es la de las décadas de los treinta, cuarenta y cincuenta, en las cuales era el medio de entretenimiento por excelencia. ¿Sabéis cuantas películas producía en un año un estudio como MGM o Universal? ¿Sabéis que porcentaje de esas películas era bueno? Pero daba igual, la demanda era tan grande que el público lo veía todo y podías permitirte los errores una y otra vez, porque uno o dos títulos de éxito salvaban la cuenta de resultados. Eso se acabó.

Actualmente, el cine compite con una oferta de entretenimiento brutal. Yo creo que los propósitos de los productores siguen siendo los mismos pero, a diferencia de hace cincuenta años, ahora a la segunda equivocación les ponen de patitas en la calle. Así que les podrá gustar mucho el cine, pero tienen más estima por su pellejo. Los beneficios mandan, sí, pero eso era igual durante el siglo XX. Hoy, simplemente, son más difíciles de conseguir.

Ahí es donde entra el cine de autor. Siempre fue difícil sacar adelante una apuesta personal, distinta, de un director. Pero antes se compensaba con mayor facilidad su fracaso, existía, por decirlo de alguna manera, una red de seguridad. En estos momentos los trapecistas están ante el vacío. Por eso creo que algunos productores son más temerarios hoy que ayer, se la juegan con menos margen en 2006 que en 1946. La minoría que se la juega, claro; el mayor porcentaje se dirige directamente al cine comercial.

Porque, no nos engañemos, el cine de autor ha producido joyas impresionantes, pero la colección de coñazos que tiene en su historia daría para una enciclopedia. Cuando hablamos de autor estamos caminando sobre arenas movedizas. No he visto aún la última película de Malick, pero a mí La delgada línea roja me pareció mala cuando se estrenó; y me lo sigue pareciendo. Bodganovich realizó un film extraordinario con La última película, pero nunca volvió a acercarse ni de lejos a ese nivel. Paul Thomas Anderson tiene Magnolia, pero yo estuve a punto de salirme del cine viendo Punch-Drunk Love, un peñazo como pocos. Scorsese es una sombra de lo que fue, el prestigio de Coppola sigue viviendo de los dos primeros Padrinos y La Conversación, Altman lo mismo te hace una maravilla que una basura…

Y yo soporto mal la comercialidad en el cine, y busco siempre películas intimistas, arriesgadas, que se toman todo el tiempo del mundo para contar su historia. Es decir, de autor. Pero eso no las hace buenas automáticamente. Ser independiente no es sinónimo de ser genial. No recuerdo qué director estadounidense comentaba con sorna, hablando de realizadores europeos: “Las películas de autor tienen una gran ventaja: siempre son una obra maestra para su director. Lástima que los demás no lo sepamos ver”. Tenía razón; si quieres hacer cine para ti sólo, no te metas en este negocio. Te guste o no, tienes que convencer a más gente. Si no quieres, o no sabes hacerlo, dedícate a otra cosa.