Lo de gastarse centenares de euros en un animal de raza no me parece ético. Las hijas de una vecina tienen un yorkshire terrier y uno de esos catalogados como peligrosos (al que impusieron el nombre de Gustavo) y un gato persa (con nombre propio de persona también), pero a este ya lo he tenido que recoger porque lo tenían olvidado fuera de casa y al mostrenco también me lo subí a casa porque el hijo de una de ellas estaba entretenido con unos amigos y se le escapó (hasta llamé a la protectora de animales para que se lo llevaran). El pequeñajo es insufrible e intratable. Es más, cuando a las hijas de mi perra Niza, adoptada, que son resultado de un cruce con pinscher, las veían algunas personas que se me acercaban para preguntarme cómo las había conseguido, al enterarse que no tenía más remedio que desprenderme de al menos dos, no dudaban en que se las vendiera, llegando a dejar a mi elección su valor, que fuera el que fuera lo pagaban. Y si luego vas por un parque y te encuentras con una cobaya abandonada, o ves caminando con dificultad a un gato callejero, ¿qué haces? Nada. Porque te dan repelús.



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