Madre mia Sargento, quien es ella? :lol :lol
Versión para imprimir
Madre mia Sargento, quien es ella? :lol :lol
No quieras saberlo...
Jajaja, me estoy partiendo, menos mal que curro sola :lol :lol
Por quitarle hierro
Crea o no, no duele. Pero nada. No duele absolutamente nada, ni siquiera cuando levanto la mano y toco la zona de corte; a veces incluso hundo un dedo hacia dentro y noto algo esponjoso, pegajoso y, qué coño, agradable. Quiero pensar que es el cerebro. ¡Joder!. si tuviera un espejo aquí lo comprobaría, pero lo único parecido que hay es una cuchara y la nieve de fuera, y ninguna de las dos cosas me sirve del todo.
Me da la sensación de que había uno en la bolsa de viaje que traje; lástima que Roberto se la llevara, pensando quizás que tendría algo de valor. O sólo lo hizo por fastidiar, como el clavarme el hacha que llevo desde hace una semana de un sitio a otro de la cabaña. Ójala estuviera aquí ahora. Primero le pediría el espejo del neceser, luego le daría las gracias por el hachazo y después le mataría aplastándole la cabeza contra la desconchada pared del fondo; está toda llena de astillas, clavos oxidados y una especie de hongo extraño que crece cuando el deshielo. He planificado su muerte de muchas maneras y sin duda es la mejor opción. Pero con todo tengo que decirlo: gracias, Roberto. Gracias por el puñetero hacha de mi cabeza.
Pero ese no es el caso. Tengo este artefacto incrustado en el cráneo, y ahora tomo conciencia de que, después de todo, no está tan mal. No entiendo de medicina, de anatomía; no entiendo lo más básico del universo, las relaciones causa-efecto que llevan a dos amigos a coger un coche dirección quién-sabe-donde, escoger la cabaña más abandonada de la montaña más abandonada de la comarca más abandonada; de cómo el compartir amistad con alguien lleva a que te claven un hacha, te dejen tirado en mitad del espacio y del tiempo y se desentienda completamente de tí. Dos semanas ¿La causa? Cualquiera ¿El efecto? Que no duele, si a eso se le puede llamar efecto.
¿Cómo decirlo...? Es como si te estuvieran continuamente dando collejas, como cuando te cortas el pelo y tus amigos -otra vez la maldita palabra- te hicieran la puta broma sobre el estrenar el nuevo corte. Un corte que me recuerda contínuamente el que una vez tuve un amigo que me daba collejas... No, espera, él precisamente no era el de las collejas. Eran los otros. Supongo que Roberto se reservaba para el gran momento.
Sigo divagando. Tenía pensado reservar esta reflexión como repaso a todo el tiempo que llevo con el hacha, pero cada vez resulta más inevitable llegar a una conclusión cuando no existe presión alguna en este sitio... y aquí viene la confesión, los resultados posteriores al acto en sí. He dividido los resultados en tres partes para organizarme mejor, y así mantenerme sentado para procurar no tener que golpear el mango del hacha por todas partes.
Lo primero de todo: no padezco. Roberto clavó un hacha en mi cabeza, y no se qué coño me haría que ni siento frío, ni calor; no tengo necesidad de beber a menos que note debilidad, y ésta la noto solo cuando veo que me tiemblan las piernas. No sufro, no siento dolor. Al principio lo acepté como una bendición, pero a los cinco días tomé conciencia de lo necesario del dolor: no puedo vivir sino respiro, por mucho que no note el ahogo; soy incapaz de seguir paseando por la cabaña a menos que me alimente e hidrate. Por visualización y ligeras nociones de supervivencia he ido adaptándome al nuevo ritmo, ese por el que todo ser humano lucha y es incapaz de apreciarlo hasta que carece de él. Me gustaría volver a sufrir, aunque fuera un poquito.
La segunda consecuencia aún me tiene algo intrigado. El invierno es cadad vez más duro en esta zona, pero no por ello está menos descuidada. Los primeros días pensaba que esta tierra-de-nadie se mantenía al margen de cualquier responsabilidad, pero el único camino de acceso a la cabaña fue limpiado a los ocho días de estar aquí. La posibilidad de escapar no es tal cuando se convierte en posibilidad de coger el pendingue, caminar cuesta abajo y llegar al pueblo. No quiero hacerlo. No se por qué, pero no quiero hacerlo. No es que esté especialmente agusto aquí, pero tampoco me desagrada. Desconozco si forma parte de tener un hacha clavado en el cerebro, pero este estado de neutralidad sería lo más cercano a carecer de alma... supongo. Hasta esa duda me causa una total indiferencia.
¿La tercera? Joder, la tercera es la peor de todas. ¿Quién era ese tal Roberto? Ahí si que no puedo permanecer neutro ni aunque quisiera: el pensar en un viejo amigo de toda la vida que, de repente, quiere deshacerse de mí de manera tan violenta, me revienta. Mala definición cuando él mismo me quería reventar, pero existe algo peor que su acto: el que me dejara vivo. ¿Por qué, Roberto? No creo que deba seguir por ese camino. Tengo que quitármelo de la cabeza -ja, ja- cuanto antes.
Camino. He dejado de pensar y camino. Abro la puerta y como algo de nieve, aunque por las señales corporales veo que aún no hace falta. Estoy buscando algo que me diga que sigo siendo humano, que no soy un despojo con un objeto metálico clavado cuya máxima preocupación es no golpear una empuñadura de madera con el quicio de la puerta, por si acaso. Vuelvo a entrar en la cabaña y me siento cerca de la chimenea, cinco días ya apagada; intento encender un fuego con las pocas cerillas que hay; consigo una llama enorme cuando junto varias de ellas, y me quemo la mano hasta ver el músculo. Huele dulce y recuerdo el restaurante al que fuimos antes de planificar el viaje.
No joder, no sigas por ahí. En serio.
Tiro las cerillas e intento hacer el gesto que hace la gente que suele sufrir por estas cosas. Se limita a una parodia del sufrimiento bastante graciosa, digna del peor actor imaginable ante una escena similar. Sigo caminando y el vaho del aliento inunda mi camino. Es bonito, pero sin sentido. Inspira frío, pero no lo hace. Jugábamos con el vaho de pequeños, imitando que fumábamos ante nuestras madres a la salida del colegio...
Lo estás volviendo a hacer. No recuerdes. Punto tres, malo. No existe el punto tres.
Duermo y ya es de mañana. Qué será dormir, me pregunto. Qué era dormir. No consigo recordar la sensación de levantarse una mañana confortado y nuevo, y aunque suene irónica la frase no ando desencaminado: lo recuerdo, pero no lo siento.
Ya no tiene sentido alargarlo. Me siento en la silla, cojo el mango y empiezo a tirar de él. No se el efecto que tendrá, pero por lo menos lo intento.
Oh Dios, ya lo veo. Mejor dicho, no lo veo. Noto como todo se apaga y lo noto como si estuviera fuera de mí, como si fuera uno de esos personajes en tercera persona de los videojuegos: objetivamente eres consciente de su entorno, pero nunca podrás sentir el mordisco de las balas enemigas. Sigo tirando. Los músculos tiemblan, la mirada se torna gris y algo como un peine se vierte sobre la mirada.
Tiro, tiro y tiro. En el último segundo, en ese segundo último que todos nos merecemos, esta narración nace y muere... por desgracia, también nace y muere una última sensación.
Entiendo por qué nunca llegó a doler el hacha. Hay cosas que duelen bastante más.
Buenísimo! :palmas