Además, la recreación que se nos muestra es ni más ni menos que la muerte de James Dean, o la que Seagrave realiza por su cuenta y riesgo es la de Jayne Mansfield. En la novela, la obsesión de Vaughan es estrellarse contra el coche de Elizabeth Taylor, aunque como en la película acaba sobre un autocar. Son evidentes las conexiones de ese extraño culto con el mundo de la imagen, y en concreto del cine. De hecho, en la famosa (y extraordinaria) secuencia del túnel de lavado, James es un espectador privilegiado, un mirón (un Peeping Tom), con asiento en primera fila y pantalla (retrovisor) incorporada, de la misma manera que cuando se accidenta con el coche de Helen, James asiste pasivamente, como un espectador de cine, a los intentos de ella de desabrocharse el cinturón, como si el parabrisas fuera una pantalla. Luego los vemos "en comunión" delante del televisor viendo documentales sobre pruebas de choques de coches, la visión de los cuales los excita o les sirve de excusa para excitarse (masturbación múltiple), como si estuvieran en la "fila de los mancos" del cine de barrio. Todos esos detalles, sugeridos en parte en el texto de Ballard, Cronenberg los sabe potenciar a la perfección en el film.
De todas formas, el proyecto de Vaughan no es morir como sus ídolos para emularlos, sino explotar la energia sexual que se desprende de los accidentes de coche, sea quien sea el accidentado. En la muerte por accidente se encontrará la máxima generación de energía sexual (el orgasmo definitivo). Eso es lo que buscan, por eso James le dirá a Catherine que quizá la próxima vez, porque "desgraciadamente" ha sobrevivido al accidente: algo perverso, trastornado, enfermizo, revolucionario en cierta forma.




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