Es revelador que no mencionen para nada el debido respeto que merecen tanto la obra audiovisual como el consumidor al que va destinada.
Se habla de licencias y de trámites administrativos que les incomodan, pero no se acuerdan de ejercer o esbozar una autoregulación que asegure unos mínimos de calidad y prestaciones en los productos audiovisuales que editan y/o distribuyen.
Protestan contra las normas que les exigen desde arriba, pero no se molestan en contemplar las protestas y propuestas que hacen los consumidores directos de sus ediciones.




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