Verdad y libertad
ESTOY DOLIDO. No tanto por lo que dicen, sino desde dónde lo dicen, desde una emisora católica
LLUÍS FOIX - 01/11/2005
Tengo unos apuntes recogidos de un discurso pronunciado por el marqués de Salisbury, líder de los conservadores británicos a la muerte de Disraeli en 1881 y primer ministro a partir de 1885, que al hablar de la libertad decía que "si estudian la historia, encontrarán que la libertad, cuando ha sido destruida, ha sido siempre destruida por aquellos que se cobijan bajo la cobertura de sus formas y que hablan de la libertad con elocuencia y vigor".
La libertad es uno de los valores incuestionables de la persona. En nombre de la libertad se han cometido muchas barbaridades, pero también se ha hecho avanzar a la humanidad hacia el progreso, el bienestar y la igualdad. La libertad es la gran fuerza creadora de la historia.
Se ha escrito tanto de la libertad que no me atrevo a añadir nada mínimamente original. Sostengo que las personas no pueden ser libres si no pueden salir de la pobreza estructural y si tienen una educación insuficiente.
Pero la libertad porque sí no es una carta ganadora si no se reconcilia con otros valores igualmente incuestionables. La libertad para destruir al adversario convirtiéndolo en enemigo mortal, porque no piensa como yo, no la considero libertad en mayúscula.
La libertad, a la larga y a la corta, tiene que partir de la verdad. La libertad para desfigurar los hechos, para insultar, para causar mal, para convertirla en instrumento de venganza no es la libertad en la que tanto creo como parte fundamental de la persona.
No soy partidario en absoluto de que se cierre una emisora de propiedad mayoritaria episcopal porque varios de sus locutores abren sus programas con insultos, motes y demás improperios contra todos aquellos que no coinciden con las opiniones, totalmente discutibles, que ellos lanzan en antena desde que sale el sol hasta que llega la noche.
Sé que a estas horas, el día de Todos los Santos o mañana que será el de Difuntos, puedo ser objeto de críticas y desprecios de brocha gorda contra mi persona. Federico así las gasta y César Vidal, con más sutileza, no se queda corto.
Estoy dolido. No tanto por lo que dicen, sino desde dónde lo dicen. No puedo aguantar más y si tengo que criticar en público a los obispos, a mis obispos, lo voy a hacer porque, como decía Newman, llega un momento en el que la conciencia es más poderosa y pasa por delante de la prudencia.
Ylo hago antes de que sea demasiado tarde y para que no me puedan decir en un futuro qué decía y qué hacía cuando desde una emisora propiedad de la Conferencia Episcopal se echaba gasolina y se prendía fuego sobre la pira de la convivencia patria con tanta alegría y seguridad denostando a aquellos que no pensaban lo mismo en cuestiones opinables y todo se hacía sin tener en cuenta aquello de que la verdad os hará libres.
No voy a tapar la boca a Federico. Primero porque no es mi intención y segundo porque él tiene derecho a defender lo que le venga en gana. Pero no en nombre de los creyentes, que somos de muchas sensibilidades, pensamos cosas diferentes en cuestiones temporales, no votamos todos lo mismo y no utilizamos nuestras creencias para destruir a los demás.
Me parece un escándalo. Especialmente cuando los argumentos que se barajan son que la Cope tiene audiencia, que gana dinero y que defiende causas cristianas ante el rampante laicismo de la izquierda que está en el poder en Barcelona y en Madrid.
No es así como van a detener esta corriente laicista. A mí me interesa más la ética como prolongación de la política, la bondad, la verdad, las personas y la libertad para que todos seamos más libres. No me interesa el poder ni la venganza. No soy partidario de la mentira cuyo padre es el diablo.