Tantos...
La destrucción física y mental del protagonista de Auto de fe de Elias Canetti, que nunca he olvidado; la escena de flirteo en La montaña mágica, la mejor de toda la literatura universal y que compensa cientos de páginas de conversaciones aburridas -aunque otras tantas sean sublimes en su uso del tiempo y la descripción-; la monumentalidad del fresco que supone Guerra y paz de Tolstoi y que me dejó sin aliento, abrumado, como un aldeano arrancado de su villorrio de toda la vida y arrastrado a recorrer el mundo entero; La muerte de Iván Ilich, del mismo Tolstoi, que es una narración perfecta; el cuento La autopista del sur, de Cortázar, donde se describe un atasco imposible que siempre he soñado con vivir; Una historia de amor y oscuridad del escritor israelí Amos Oz, que me duele en el alma; la poesía de Pessoa o Kavafis, o el ciclo poético Bronwyn de Juan Eduardo Cirlot, que soy capaz de recitar durante horas en voz alta para mi propio deleite; o Los cinco y el tesoro de la isla de Enid Blyton, que releí mil veces de niño y con el que di el paso de los tebeos a la literatura; y más y más y más...



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