Ya he dicho en más de una ocasión que me gusta más la novela de King que la película de Kubrick.
Además pienso que las películas de Kubrick posteriores a 2001 son notablemente vacías.
Más madera...
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Además pienso que las películas de Kubrick posteriores a 2001 son notablemente vacías.
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¿Seguro que no está criogenizado como Walt Disney?![]()
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El show de Truman (The Truman Show, 1998)
Ya hemos empezado a calentar motores esta mañana, pero ahora comienza lo bueno.De entrada, constatar que, independientemente de ciertas valoraciones o detalles puntuales, Weir dio en la diana con esta película, un film que en su momento fue toda una premonición de lo que hemos vivido (y seguimos viviendo) desde entonces: el mundo de los reality shows, la presencia enfermiza de las cámaras y la pasión por filmarnos (o que nos filmen), una exhibición, cada vez más obscena, de nuestro día a día, en la cual muchísima gente participa voluntaria y alegremente, sin ningún pudor, un mundo en que ya no se publicita tanto la vida de los famosos, sino que uno se hace famoso por publicitar su propia vida.
Todo ello y mucho más se encuentra en el magnífico guion del film, firmado originalmente por Andrew Niccol, pero parece que ampliamente retocado por Peter Weir (como hemos estado viendo que suele hacer en todas sus películas). Como ya hemos dicho, casi podría ser un episodio de la Twilight Zone convertido en largometraje, por lo inquietante del mundo que nos retrata, un mundo distópico que se asemeja sospechosamente al nuestro (no hay tecnologías avanzadas, más allá de lo gigantesco del plató televisivo o de los aspectos éticos que implica).
Truman Burbank (atención al apellido, ideal para alguien que vive permanentemente en un plató montado en Los Angeles) es el primer humano que tiene a una corporación como “padre legal”, la que produce “El show de Truman”, rodado en un bello y apacible pueblo costero, Seahaven, recreado hasta el más mínimo detalle en un estudio de televisión de dimensiones colosales. La película se abre con el creador y director del programa (Ed Harris), un misterioso individuo, endiosado en su papel de demiurgo, que responde al sonoro nombre de Christof (de evidentes resonancias cristianas… algo que no se queda solo en el nombre), advirtiéndonos que no hay nada “falso” en Truman:
We've become bored with watching actors give us phony emotions. We are tired of pyrotechnics and special effects. While the world he inhabits is, in some respects, counterfeit, there's nothing fake about Truman himself. No scripts, no cue cards. It isn't always Shakespeare, but it's genuine. It's a life.
O sea, el protagonista (Jim Carrey, cómo no) alrededor del cual gira un negocio de enormes proporciones (se emplean miles de personas en su realización; los beneficios que genera la publicidad que aparece en el programa se deduce que son astronómicos; el número de espectadores en todo el mundo es de cientos de millones durante las 24 horas), va a ser mostrado en todas las facetas de su vida “tal cual” (bueno, todas, todas, no; ya conocemos la aversión de Weir por mostrar escenas de sexo... ¿qué hubiera hecho un Cronenberg?), al natural, sin que él tenga la más mínima noción de ser un actor. Un personaje de estas características requiere un adiestramiento que no se explicita, pero que yo creo que está implícito. Imaginaos que Truman hubiera resultado ser un auténtico muermo, un tipo aburrido, soso, antipático. ¡Qué fracaso de programa! Al contrario, ha de ser alguien capaz de mantener la atención del público a lo largo de los 365 días del año durante décadas. ¡Ha de ser un histrión a la fuerza! Y en ese aspecto, creo que la elección de Carrey es acertada, es alguien sobre quien el espectador dirige la mirada casi sin querer, le guste o no lo que ve.
Al contrario, todo el resto de figurantes es más bien anodino: su mujer, Meryl (Laura Linney), es una enfermera que repite machaconamente eslógans publicitarios dentro de su conversación (uno se pregunta por qué esto no le ha resultado extraño a Truman hasta ahora… ¿todo el mundo habla igual?);
Marlon (Noah Emmerich), su amigo del alma, con el que comparte los momentos de intimidad, las confesiones y los packs de cerveza, un tipo sensato, sereno, siempre a punto de ayudarlo, que trabaja en lo que parece una especie de supermercado;
su madre (Holland Taylor), que le aporta los recuerdos de la infancia, las fotos del pasado, los consejos “maternales”, etc. O sus compañeros de trabajo, que parecen tan aburridos y grises como él mismo.
Pero el programa necesita algo para generar el interés del público. Hace un tiempo, de hecho muchos años antes, fue la “muerte” del padre (Brian Delate) y ahora es su accidental reaparición (un elemento un tanto forzado, todo sea dicho). De fondo, hay otro incidente que ha marcado a Truman: su enamoramiento juvenil de Lauren (Natascha McElhone), por la que mantiene una pasión a escondidas, y que le alimenta un deseo: viajar a Fiji para reencontrarse con ella (o sea, dejando atrás mujer, familia, trabajo, amigos). Ese deseo de aventura, de viajar a un mundo exótico (algo muy weiriano), se ve frustrado por su temor al agua (generado por la supuesta muerte de su padre, ahogado) y por el miedo a los accidentes (de avión, de una central nuclear), que se le inoculan como gérmenes del conservadorismo que impregna su vida.
¿Qué tiene de interés una vida tan gris y monótona? ¿Tan parecida en definitiva a la de la mayoría de nosotros? ¿Por qué los espectadores se apasionan ante la cotidianeidad de un ser tan parecido a sí mismos, con sus pequeños dramas, sus pequeñas aventuras? Es como mirarse al espejo, como eso que tanto le gusta a Truman: jugar con su imagen, fantasear con ella.
Esas preguntas son las que me llevan a pensar que en realidad los personajes más interesantes del film son esos espectadores anónimos (el de la bañera; los vigilantes del parking; las dos mujeres ancianas; la clientela del bar…) y, a través de ellos, nosotros mismos. Ese juego de espejos a diferentes niveles es uno de los mayores aciertos de la película.
Pero esa aparente calma va a empezar a desmoronarse por una serie de incidentes: la ya comentada aparición, como si fuera un resucitado, del padre de Truman, y su posterior “secuestro”; una interferencia en una emisión de radio; cierto patrón fijo en las personas o vehículos que pasan por la calle; la caída de un foco del plató (detalle filmado de manera un tanto tramposa, puesto que… ¿quién monta la escena que vemos?);
un chaparrón que lo persigue por la playa; los dedos cruzados de Meryl en una foto de su boda, etc., pequeños detalles que acumulados van a provocar las sospechas de Truman, aunque Christof salve el momento recurriendo al reencuentro de padre e hijo, momento en que Weir se explaya mostrándonos el proceso de creación del programa, el dominio total de Christof sobre los elementos materiales y humanos que están en juego (un apunte: la música interpretado en la cabina de control del plató corre a cargo de su autor, Philip Glass, aunque quien firme la banda sonora será Burkhard Dallwitz).
Ese progresivo despertar de Truman a la realidad va a tener un catalizador: Lauren (en realidad, Sylvia, una de las personas a las que vemos viendo el programa, pero con una actitud muy distinta al resto).
Poco a poco, Truman ha reconstruido su imagen con recortes de revistas, guardándola como un tesoro escondido en el sótano de su casa. Finalmente, después de algunos intentos frustrados, dará el paso. Y esta vez de la manera que menos se podía esperar: a bordo de un pequeño barco. Para atraparlo y “devolverlo a la realidad”, es decir, a su falsa existencia, la población de actores, figurantes y técnicos de Seahaven se moviliza (y de paso nos da la medida del verdadero interés que tienen respecto a Truman). Weir lo filma mediante unos planos que nos recuerdan Invasion of the Body Snatchers (tanto la de Siegel como la de Kaufman).
Christof, como un dios griego desde el Olimpo, le enviará desde las alturas terribles tempestades para frenarlo, a riesgo incluso de matarlo en directo, pero Truman consigue sobrevivir y llegar al límite de su mundo: el falso horizonte que encierra el plató. Ese es, desde luego, uno de los momentos más brillantes de la película: Truman comprueba que en lugar de cielo y nubes lo que hay es una pared, y que puede “caminar sobre las aguas”, hasta alcanzar una puerta que supone la posibilidad de liberarse (algo inverso al Max de Fearless, que encontraba el camino de vuelta a la vida a través de un agujero blanco). Por cierto, ese “negro” de la puerta se aprecia claramente que es una pared pintada, no un hueco, en los planos que ve Christof desde su ordenador (una especie de tablette, que en su momento parecía algo muy moderno). Ni Christof desde las alturas (mediante una simbología claramente religiosa) podrá frenar las ansias de libertad de Truman.
Y así, con la desenvoltura practicada durante años, Truman se despide de la audiencia y se dispone a vivir… ¿anónimamente? ¿Cómo será la vida después del show? ¿Y cómo será el show sin Truman? Como dice uno de los vigilantes, habrá que ver qué otros programas “echan en la tele”.
Siguiendo con las imágenes de resonancias religiosas, fijaos en ese Truman con los brazos en cruz ante un fondo celestial
La película es de una gran riqueza argumental, genera multitud de preguntas y de líneas interpretativas diversas. La gracia de Weir es haberlas integrado en una narración coherente, de ritmo perfecto, y brillantemente realizada, con una bella fotografía de Peter Biziou, muy nítida, de colores vivos, como si de un anuncio televisivo se tratara, en donde todo se ha de ver a la perfección (por cierto, Biziou fue el director de fotografía de un film capital en la estética de los 80: Nueve semanas y medio).
¿Qué falla en The Truman Show que me impide considerarla redonda? Algunas cosas ya las he nombrado antes: el personaje y la interpretación de Natascha McElhone, poco creíble dentro y fuera del plató; el envaramiento de Ed Harris, aunque eso quizá sea más bien atribuible a Weir y su manera de entender el personaje (por cierto, qué poco sabemos de Christof, daría para otra película); la reiteración a la hora de filmar a los espectadores (aunque es evidente que es intencionada, a mí me parece demasiado repetitiva y poco atractiva); ciertos manierismos formales que no acaban de funcionar: por ejemplo, esa pretensión de que todo lo que vemos dentro del programa está filmado por cámaras es algo que no se sostiene, Weir no fue tan radical en su planteamiento como lo hubiera podido ser, en beneficio, quizá, de un ritmo de las imágenes más fluido, pero más convencional.
A pesar de estos pequeños reproches, me parece un film espléndido, que mantiene totalmente su vigencia, y que marca, sin duda, uno de los puntos culminantes de la filmografía del australiano… pero que, a mi modo de ver, se vería incluso superado por la película de la semana que viene: Master and Commander.
Última edición por mad dog earle; 29/08/2019 a las 21:23
Pues básicamente lo has dicho todo. Añado que los espectadores han visto a Truman desde pequeñito y por tanto, le tienen un especial afecto. Y por otro, Truman se ha criado en ese mundo por lo que acepta como natural muchas cosas durante mucho tiempo,...hasta que ocurren ciertos detalles que le harán cuestionarse cosas, cada vez, más importantes.
A mí me sigue pareciendo una gran película, muy innovadora en su tiempo, y tristemente, muy vigente, lo que es otro acierto de su guionista y director.
Finalizo, yo creo que lo más importante que nos transmite la película (entre otras muchas cosas) es que si es grave la manipulación a Truman, aún peor es la manipulación que lleva aparejada a la audiencia, a nosotros, que muchas veces no nos damos cuenta (el gran público) de lo que está pasando.
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