Hace muchos años en mi ciudad, Zaragoza, presencié una tentativa de suicidio. Vi una mujer asomada en el puente de Santiago. De primeras no le di importancia y me fijo: ¡coño, si está por la parte de fuera!. Y según pensaba esto, saltó. Me asomé y la reacción que tuve fue ir corriendo (todavía no existían los móviles) al juzgado de guardia que estaba en la plaza del Pilar (a unos 200 metros) y donde siempre había policías. Conté lo sucedido, me dejaron en una habitación y al rato entró el juez, me comunicó que la habían sacado los del Naútico y que estaba bien. Me preguntó cómo había sido y si se movía una vez en el agua. Le contesté que sí, que movía los brazos y me marché. Me tuvo dándole a la cabeza un tiempo la expresión de esa mujer normal, agradable y cuidada, antes de saltar.



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Al final vinieron en una furgoneta negra, lo cogieron con unas pinzas y lo metieron en una caja megra pequeñita.
No se me olvidará nunca.

