Cuando vi Suspiria en un cine madrileño (¿el Palacio de la música era?), acompañado de cuatro espectadores solamente, en plena semana santa, me acojoné. La secuencia del cristal me dejó clavado.
Y recuerdo cuando se proyectó en Sitges Patrick. La secuencia final hizo que todas las butacas se movieran hacia atrás. Al menos es lo que sentimos todos en El Retiro.




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