25. Fedora (Fedora, 1978)
28 años después de Sunset Blvd., Wilder, esta vez con Diamond en lugar de Brackett, vuelve a fijar su atención en el mundo del cine, y, como en aquella ocasión, lo hace de manera un tanto espectral. Si entonces nos contaba la historia un muerto, un guionista de medio pelo flotando en la piscina de la mansión de una polvorienta estrella del Hollywood silente, aquí la película se inicia con el suicidio arrojándose a las vías del tren de una enigmática actriz, Fedora (Marthe Keller), remedando el final de “Anna Karenina”, para a continuación centrar la atención en la capilla ardiente organizada en honor de la estrella fallecida, a la cual asiste un productor independiente, Barry “Dutch” Detweiler, interpretado, precisamente, por el mismo actor, William Holden (por el que los años habían pasado de manera cruel).
Pero los tiempos habían cambiado mucho, de modo que esta versión 2.0 de la crítica a Hollywood sirve, no solo para que Wilder ponga en boca de sus personajes unas amargas pullas dirigidas a la nueva era (los jóvenes barbudos del New Hollywood o la crudeza del “cinema verité”, supongo que una referencia a la Nouvelle Vague), sino también para mostrar en carne propia cómo el paso de los años había afectado notablemente sus cualidades como director y guionista.
Wilder intenta construir la narración recurriendo a la habitual voz en off (del personaje de Holden) y al uso, abuso más bien, de la estructura en flashbacks, que en algunas ocasiones se encadenan uno dentro de otro. Si bien durante la primera mitad del film esa elección todavía consigue mantener cierta fluidez y crear una atmósfera misteriosa alrededor de la figura de Fedora, retirada del mundo en la isla de Corfú, en Grecia, en la mansión de una enigmática condesa Sobryanski (Hildegard Knef), permanentemente escoltada por el siniestro doctor Vando (José Ferrer) o la rígida Miss Balfour (Frances Sternhagen), o directamente vigilada por el chofer, Kritos (Gottfried John, un habitual del cine de R.W. Fassbinder),
a partir de la hora de metraje, cuando las máscaras caen y se nos cuenta la historia real de esa falsa Fedora, la película se ralentiza, se eternizan las explicaciones, y los flashbacks se acumulan uno encima del otro, como si de una muestra de impotencia narrativa se tratase. Además, nunca llegamos a entender el porqué la condesa se ve en la necesidad de explicarlo todo, de cabo a rabo, a ese impertinente productor que ha metido las narices donde no le llamaban, ¿por cierta nostalgia de un pasado, de un breve momento que compartieron? Muy poco convincente.
Antes, tampoco es que Wilder hubiera ido mucho más allá de lo tópico en la imagen que da de la griega Corfú, demasiado parecida a la Ischia de Avanti! (incluido un atento gerente de hotel, interpretado, ¡cómo no!, por un actor suizo de origen italiano, Mario Adorf),
o que se hubiera privado del clásico chascarrillo sobre la homosexualidad (la referencia al pendiente que luce el Dr. Vando), pero al menos uno podía sentir curiosidad por cómo se iría desarrollando esa trama que, en sus mejores momentos, en eso sí se parece a Sunset Blvd., se aproxima al género de terror, aunque aquí la extremadamente luminosa fotografía de Gerry Fisher no ayuda en nada.
No ayuda tampoco la banda sonora demasiado enfática de Miklós Rózsa, como si también al compositor el tiempo le hubiera pasado factura. Y sobre todo la película naufraga en su reparto. Marthe Keller no funciona en absoluto (incluso lingüísticamente: habla mejor en inglés cuando es una niña que de mayor),
y el resto no pasan de discretos, incluido Holden, en un papel que me ha hecho recordar (pero todavía mucho más envejecido, rozando lo patético) el de Humphrey Bogart en The Barefoot Contessa, película con la que Fedora guarda más de un punto de contacto.
El propio Wilder fue muy crítico con Keller, actriz que, inicialmente, tenía que combinar el papel de madre e hija. Según nuestro director no tenía ni encanto ni estilo. Además no fue posible maquillarla con una máscara de goma para aparecer como la condesa, por lo que se tuvo que recurrir a Hildegard Knef, pero sin que el resultado fuera satisfactorio. Wilder le confiesa a Crowe que después de una semana de rodaje estuvo a punto de suspenderlo, pero no lo hizo porque no se lo podía permitir financieramente. Wilder, como fue habitual durante muchos años de su carrera, era, además de director y guionista, el productor, en una coproducción franco-alemana, lo que supone otro signo de los tiempos: una producción fuera de Hollywood.
En fin, esto se acaba. La próxima semana cerramos la revisión con su lamentable canto de cisne: Buddy Buddy, un film indigno de Wilder como colofón a una carrera con momentos brillantísimos, aunque con muestras evidentes de agotamiento.




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