Pienso en Woody Allen a día de hoy casi como en un fabricante de juguetes. Sus últimas películas, de las cuales, todo hay que decirlo, he visto pocas me parecen agradables miniaturas de ese universo personal que es su filmografía. Un universo que es una mezcla de la historia del cine, de su vida personal y de sus filias y sus fobias, y que existe más en la cabeza de Allen que en la vida real (como muestra por ejemplo la habitual presencia de veinteañeras embelesadoras que se enamoran perdidamente de exitosos hombres maduros aunque la pantalla no sepa explicarnos muy bien por qué). Son películas que te permiten habitar ese encantador espacio durante noventa minutos, pero que en el fondo no transgreden sus propias normas y que al final resultan un poco inertes en ese sentido, como si supieses que son productos de otro tiempo, conservados en almíbar para disfrute del espectador.
En ese sentido la verdad es que me recuerdan a las últimas películas del Eastwood actor, cuyo encanto también está en el cariño que sientes por ese mundo que ya conoces tan bien (en este caso, un mundo mucho más centrado en torno a su icónico personaje). Creo que Gran Torino, Trouble with the Curve o Mule son buenos ejemplos de esto.
Café Society me ha gustado algo más de lo que esperaba porque el arranque es muy prometedor, pero creo que la película se pierde en subtramas innecesarias y que tampoco desarrolla el romance entre los protagonistas (o el triángulo amoroso) todo lo que hubiera podido. Tiene una fotografía fabulosa de Vittorio Storaro, eso sí.




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