Cada vez con más frecuencia van apareciendo signos de que algo gordo se está cociendo en el planeta.
Nabucodonosor se dejaba influir por un solo profeta, Daniel. Otros, echaban mano de varios consejeros para tomar decisiones trascendentes para sus reinos o imperios. Hoy tenemos a 2.500 científicos opinando de forma coordinada que el hombre, por primera vez, está trastocando el maravilloso, pero posiblemente frágil equilibrio planetario, como nunca antes lo había hecho. Y nadie hace nada. Advertimos, advertimos, cuidado, cuidado, pero nadie hace nada.
Es cierto que también tenemos grupos de científicos, aunque desde luego más dispersos y no tan cohesionados en sus opiniones, que creen que eso solo son alarmas infundadas, apocalípticas y milenaristas. Dicen que no pasa nada. Que los rayos cósmicos, que las variaciones naturales del albedo, que cualquier efecto natural, como la explosión de un volcán tiene o puede tener repercusiones más importantes, incluso hoy, que la actividad industrial y transformadora de nuestra civilización. Que no es para tanto.
Incluso dentro de la comunidad de respetables científicos preocupados por la crisis energética y la inminente llegada al cenit del petróleo, hay quienes creen que el colapso que provocará la caída de la producción de los combustibles fósiles, va a llegar muy posiblemente antes de que los gases de efecto invernadero, consecuencia de la quema de esos mismos combustibles las temperaturas, puedan dañar al planeta y a los seres vivos, entre ellos el hombre, más de lo que lo podría hacer el supuesto calentamiento global. También opinan que incluso quemando todo el petróleo existente (unos 2 billones de barriles, de los que ya hemos quemado prácticamente la mitad), el efecto no sería tan catastrófico como el que representará para esta sociedad el quedarse sin petróleo (Aleklett, 2005). Otros, incluso creen que una glaciación, que suponen puede darse en fechas geológicas inmediatas, representaría un cambio inverso al de los gases de efecto invernadero, muy superior al de los mismos. (Laherrere, 2005, 2006).
Como se ve, hay científicos para todos los gustos: apocalípticos optimistas, pesimistas integrados, optimistas e integrados y apocalípticos pesimistas. Es lo que tiene de interesante y caótico vivir en un mundo tan globalizado, donde todo el mundo puede opinar y los “masters” se venden por Internet a precios de mercado muy competitivos. En un mundo donde los científicos pueden trabajar con la misma dedicación de trabajador por cuenta ajena en la investigación de la vacuna contra el SIDA, que en la creación de un virus génico mortal para una raza considerada inferior por el empleador.
En cualquier caso, lo que de común tienen el calentamiento global del planeta y el agotamiento gradual e imparable de los combustibles fósiles, aparte de sus relaciones obvias de causa y efecto, no es tanto el saber si se trata de galgos o de podencos, sino de observar el comportamiento humano y las reacciones ante un hecho tan grave y que tanto puede hacer cambiar la vida sobre el planeta. Cabe preguntarse, ante un hecho de la magnitud del calentamiento global o del agotamiento de los combustibles fósiles en menos de un siglo y de su inevitable caída en menos de una década, si seremos capaces de modificar el rumbo al que nosotros mismos hemos apuntado, voluntaria o involuntariamente. O si, por el contrario, estamos más predeterminados que lo que nuestra orgullosa cultura pretende con el supuesto libre albedrío. Pronto lo veremos.
Y lo que observamos hasta ahora, no es nada tranquilizador. No ya por los efectos de nuestros propios actos sobre nuestro medio de vida, sino por las reacciones, de los propios autores de esta degradación manifiesta del medio, en todos los sentidos (no sólo en el de la emisión de gases nocivos), que a su vez van a ser las propias víctimas de sus actos, si se cumplen los diagnósticos de nada menos que 2.500 científicos o de los geólogos expertos del cenit del petróleo.
Puestos en la tesitura, resulta muy interesante hacerse la pregunta: seamos francos, ¿quiere usted seguir contaminando y yendo a su trabajo cotidiano, posiblemente en un complejo industrial o comercial que emite muchos gases de efecto invernadero y seguir cobrando a final de mes, hasta el mismísimo día de su muerte o hasta que sea posible y luego Dios dirá? O por el contrario, ¿prefiere usted adoptar la decisión drástica de dejar de emitir ya mismo, tirar su coche y su modelo de vida a la basura, sabiendo que muy posiblemente se quedará sin empleo y en la calle y sin cobrar a final de mes?
Muchos dirían, ante esta tesitura, como sin duda hace hasta el informe y la conclusión última de el diario El País que quizá se pueda resolver todo con un poquito de Kyoto por aquí y un poquito de ahorro por allá, por supuesto sin evaluar (ni cuanto ahorro ni en cuanto tiempo, ni de cuentas personas, no de qué nivel y condición social) y que no es necesario ser tan drástico y tan visceral.
Pero hete aquí que los 2.500 científicos nos dicen que incluso dejando a cero las emisiones hoy mismo de gases de efecto invernadero, parte del calentamiento del planeta ya es irremediable, que no puede ser evitado ni aún así y que los cambios que ya hemos hecho durarán siglos. ¿Entonces? ¿Somos drásticos en hacer esa propuesta?
Porque reducir a cero las emisiones significa que ni usted ni yo podríamos salir a la calle en vehículo de motor de explosión, ni nuestra sociedad podría explotar minas, ni hacer construcciones, ni producir gran parte de la electricidad, vital para el sistema nervioso industrial, ni…tantas otras cosas. Todos sabemos que Kyoto es un principio de buenas intenciones que se ha quedado en agua de borrajas. Es conocida la historia del esfuerzo del club de fumadores por pasar de 20 cigarrillos diarios por miembros del club en 1990 a 19 cigarrillos en 2012, con miembros exentos, miembros incumplidores, miembros que pueden comprar el vicio a terceros y miembros que pueden poner tiestos para fumar más (selvas para contaminar más).
A 16 años de la fecha de origen para el cumplimiento y a casi diez años de la fecha de firma del Protocolo, está claro que no se cumple y que jamás se va a cumplir, como era de esperar, porque no se puede esperar dejar de fumar mientras se insiste en seguir fabricando cada vez más cajetillas. Al final solo ha servido para crear falsas expectativas. Algo bastante común y previsible, cuando los posibilistas hacen apaños con tan poco fundamento, con la excusa de que peor sería no hacer nada, para no admitir que, en realidad, no se quiere hacer nada, porque se sabe o se teme que seguramente no se podría llevar a cabo, pero se quiere dar la impresión de que algo se hace, para tranquilizar más de una conciencia.
Y ahora dos grandes advertencias, a modo de apocalípticas profecías se ciernen sobre los seres humanos. Por un lado, nos dicen los geólogos que a partir de ya mismo tendremos cada vez menos energía disponible, con ritmos de caída de entre un 4 y un 10% anual, en un mundo programado para crecer, que sólo sabe crecer y consumir cada vez más y transformar la naturaleza cada vez más rápido, cada vez más, cada vez más lejos, si es que lejos existe en este mundo global, en este planeta. Un altius, citius, fortius de insensatez humana.
Por otro lado, los 2.500 científicos patrocinados por la ONU advierten que lo que hemos quemado y transformado ya dejará cicatrices visibles en el planeta durante siglos y que seguir quemando supondrá una segura eliminación de buena parte de la vida sobre la tierra, si es que no se reconoce límite o freno inmediato a la quema de combustibles fósiles, bien sea por decisión propia y voluntaria, bien sea por agotamiento, del que estos científicos se cuidan mucho de hablar.
¿Y qué hacemos los autores del desaguisado y al mismo tiempo previsibles víctimas del mismo? Pues hay de todo, en esta botica. Desde los que dicen (que no son pocos) “allá se las apañen mis descendientes”, a los que concluyen como el periódico y el mismísimo informe “Aunque parte de los efectos no pueden ser evitados, ahorrar energía es fundamental para minimizarlos” y se quedan tan campantes y tan anchos con esta “ boutade”, que en román paladino se podría traducir como simpleza o vaguedad extrema.
En este sentido, hablar de “apocalípticas profecías” no es en absoluto banal y conviene a la reflexión sobre el comportamiento humano. La Biblia y muchos textos mitológicos griegos se convierten así en consejeros sobre lo que los seres humanos hicieron en el pasado ante tesituras semejantes y los resultados de sus actuaciones, por lo general, muy irresponsables y poco dignas, salvo las de héroes, profetas, eremitas o santos; es decir, salvo las de muy exiguas minorías.
Sabíamos que no había que robar el fuego a los dioses y fuimos Prometeos; sabíamos que no había que abrir la caja de Pandora y vamos para 15 países con armas nucleares y otros 15 con ellas a un año de distancia si se lo proponen. O armas químicas de destrucción muy masiva. O armas bacteriológicas o genéticas de consecuencias imprevisibles.
Sabíamos que pretender ser como Dios y querer transformar la naturaleza e imponerse a ella, a nuestro propio cobijo, nos costaría la expulsión del paraíso. Y comimos la manzana.Quisimos volar hasta el cielo y a Ícaro se le fundieron las alas de cera en forma de lanzadera hecha pedazos. Y seguimos queriendo enviar hombres a Marte o hacer estaciones espaciales permanentes en la luna, sin saber por qué queremos estar allí de forma permanente.
Dijo una voz oscura a Noe que se preparase para un diluvio universal y el cachondeo que se montó alrededor de su Arca todavía resuena en el Génesis de la Biblia. El hálito febril, fabril y productivo de aquellas enfermas gentes provocó huracanes, lluvias torrenciales aquí, sequías acullá, derritió los polos, hizo subir las aguas, provocó inundaciones y sólo cuando ya Noe estaba en el Arca, los incrédulos que flotaban como corchos desesperados alrededor, golpeaban en los costillares pidiendo asilo, junto a cualquier pareja animal.
Quisimos llegar al cielo con una torre de Babel, para reírnos a gusto de la naturaleza y evitar otro diluvio universal y terminamos todos con las lenguas confundidas, sin saber para qué demonios sirve una sofisticada estación espacial o cien mil rascacielos, pero seguimos haciéndolas.
Vinieron los ángeles a advertirnos de que Sodoma y Gomorra no eran sostenibles y que reventarían como globos de feria y fuimos a sodomizar a los ángeles y a burlarnos de Lot y a seguir con la fiesta del consumo. Incluso hasta la mujer, algo incrédula, sin creerse del todo que se acabarían para siempre las rebajas en los grandes almacenes, volvió la cabeza y quedó atrás, convertida en estatua de sal, porque el tiempo de respuesta que les habían dicho que les quedaba, impedía perderlo en ver si aquello iba a ser cierto o no.
¿Por qué somos así? ¿No hay arreglo a la acomodación? ¿Es ésta irreversible y hace al hombre sumiso a la misma? ¿Qué es el libre albedrío? ¿Tenemos esa capacidad para decir a Dios o a la Naturaleza que no; tenemos esa posibilidad de decidir o está todo decidido y de nada sirve lo que hagamos nosotros, pobres maquinitas del engranaje?
¿En qué momento la tecnosfera revienta a la biosfera y a la ecosfera; dónde está el fulcro sobre el que se apoya la palanca sobre la que unos y otros hacen fuerza cada uno por su lado y cual es el preciso momento de la historia en que el hombre vuelca en su favor dicha palanca y creyendo haber vencido y dominado a la naturaleza se despeña, porque no puede haber vencedores y vencidos absolutos en un juego de columpio?
¿Qué quisieron decirnos nuestros antepasados, incluso los más remotos, con sus mitos, con sus leyendas, con sus religiones y por que tendemos a ignorarlos y despreciarlos, convirtiendo los mensajes valiosos del pasado en simple retórica de letanías o sobeteo de cuentas de rosario carentes de contenido y bisbiseos automáticos de oraciones de misal?
2.500 científicos advierten de que esto explota. ¿Y qué? ¿Para que salga Al Gore, un individuo que tocó las cimas del poder –luego ya estaba condicionado por el mismo- diciéndonos que lo que hay que adoptar son soluciones personales, apagar el pilotito de la lavadora, plantar un par de árboles y que los que crean recen? ¿Otro más que no ve o no quiere ver que el mal está en el modelo y no en maquillar el monigote o vestir a la mona de seda?
Ahora mismo, después de leer estas líneas, volveremos todos a lo cotidiano, a la vida con cheque a fin de mes, a meternos en el coche e ir a la fábrica o a la oficina. Todos querremos que no se contamine más, pero todos seguiremos yendo a trabajar en la rueda de molino industrial con la que nos obligan a comulgar. Todos queremos que no haya más emisiones, salvo si me tocan en el empleo o en la rutina –y seguro que me tocan si no hay que contaminar-. "To er mundo e güeno", dice el simplista eslogan español...hasta que le tocan a uno el trigémino del empleo y el cobro a fin de mes.
¿Y tu que propones?, suele ser la respuesta habitual. La tradición judeocristiana obliga a “encontrar alguna solución”. Un artículo o una opinión, constatar un hecho y mostrar un problema no se puede trasladar a los demás y plantear, sin dejar una “solución” que nos permita dormir tranquilos por la noche. Pero además debe ser una “solución” que no moleste a la inmensa mayoría. El común de las gentes exige que si se hace público un problema éste conlleve una propuesta de solución para que sea digerible, porque de lo contrario, deja regustos inaceptables, rompe esquemas preconcebidos de “para todo problema existe una solución” y deja inquietudes a la grey que no convienen. Si no se avistan soluciones, lo mejor es no plantear el problema o quizá mejor aún, convencerse de que no hay tal problema.
El que suscribe, no propone nada. No está seguro, duda como todos los demás. Se limita a observar y a preguntar, a transmitir una inquietud. Tan solo a proponer la reflexión. Quizá la respuesta, como decía la canción de Bob Dylan, esté en el viento, mi amigo.