Navegamos a sabiendas hacia nuestra ruina
Jeremy Rifkin
La atmósfera terrestre podría estar calentándose más rápido que lo previsto. En ese marco, y con la actitud desaprensiva de gobiernos y sociedades, son pocos los réditos que traerá la entrada en vigencia del Protocolo de Kyoto.
Por fin, el Protocolo de Kyoto para detener el calentamiento global, que suscitó tan encarnizadas discusiones, entrará en vigencia el 15 de este mes. Lamentablemente, este muy publicitado tratado ha quedado tan diluido por años de tramoyas e internas políticas que probablemente tenga poca incidencia en el empeoramiento de las condiciones climáticas de la Tierra.
Recordemos que en 2001 el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC) de las Naciones Unidas emitió un pronóstico sumamente sombrío sobre el calentamiento global. En ese momento, los investigadores advirtieron que el aumento de las emisiones de CO2 y otros gases de invernadero provenientes del desarrollo industrial amenazaban con elevar la temperatura del planeta entre 2 y 10 grados Fahrenheit en el curso del siglo XXI (un aumento de la temperatura de 9 grados Fahrenheit en los últimos 15.000 años nos sacó de la última glaciación, cuando la mayor parte del hemisferio norte se hallaba bajo una gruesa capa de hielo).
Pero estudios más recientes indican que la atmósfera terrestre podría estar calentándose aun más rápido que lo previsto —ominoso signo de que quizá ya sea demasiado tarde para abordar la enormidad del cambio que se está produciendo en el clima de la Tierra—.
Las pruebas basadas en casos particulares también siguen avanzando por sobre los pronósticos científicos. En todo el mundo se anuncian condiciones meteorológicas más rigurosas. El aumento de intensidad de los huracanes en el Caribe, la elevación del nivel del mar y la inundación de países bajos, el derretimiento del manto de hielo que cubre los picos montañosos desde el Kilimanjaro en africa hasta los Andes en Perú, el desprendimiento de grandes masas de hielo en el Artico y la muerte de los arrecifes de coral son todas señales de alerta. A los investigadores también les preocupa la disminución de la capacidad reproductiva de muchas especies acuáticas y terrestres, la desaparición de los bosques y el debilitamiento de los ecosistemas.
Entretanto, la humanidad parece ser absolutamente incapaz de reconocer la cabal dimensión de la catástrofe que se avecina o de reaccionar ante ella con la movilización urgente y sostenida del ingenio y los recursos que se necesitaría para cambiar el curso de los acontecimientos y volver a estabilizar la atmósfera de la Tierra.
Podríamos estar navegando a sabiendas hacia nuestra ruina y sin embargo no estamos dispuestos a hacer los sacrificios y los ajustes necesarios.
Los seres humanos de todo el mundo se horrorizaron ante la pérdida de vidas y bienes ocurrida en las tierras que bordean el Océano indico en la serie de tsunamis que las golpearon el 26 de diciembre. Aunque no se relacionaba con el calentamiento global, el tipo de destrucción que se presenció en diciembre es lo que los científicos predicen que ocurrirá cada vez con mayor frecuencia en el curso de las próximas ocho décadas debido al cambio radical del clima mundial.
La raza humana está deplorablemente poco preparada
El Protocolo de Kyoto, a decir verdad, es un intento lastimosamente insignificante frente a la magnitud y la escala de la crisis. Sin embargo, hasta este débil gesto de respuesta ha sido atacado de manera permanente.
Debieron hacerse modificaciones antes de que Rusia firmara el Acuerdo. Entretanto, Estados Unidos, el mayor contribuyente del mundo al calentamiento terrestre, se ha negado a siquiera firmar el tratado, argumentando que debilitaría gravemente su crecimiento económico. Hasta la Unión Europea, la más entusiasta defensora del tratado, reconoció que se había quedado atrás con sus esfuerzos por efectuar la transición de la dependencia de los combustibles fósiles a un régimen de energía renovable basado en el hidrógeno almacenado.
Pese a los acalorados debates sobre el calentamiento global entre los científicos y los funcionarios políticos, la mayoría de nosotros sigue adelante con sus quehaceres diarios apenas enterados del problema y despreocupados de lo que se debe hacer al respecto.
Uno pensaría que, con la perspectiva de la posible desaparición de la civilización humana en la balanza, ya en vida de nuestros nietos, la amenaza alcanzaría para atraer nuestra atención de manera sostenida y suscitar un compromiso activo.
Pero en un mundo acelerado que se mueve por nanosegundos y donde el período de atención humana sigue reduciéndose a las gratificaciones del momento, con escaso interés por los compromisos pasados y las obligaciones futuras, no es de sorprender que el calentamiento global apenas pueda despertar nuestra curiosidad.
Lamentablemente, el calentamiento global podría terminar siendo el mayor logro individual de la humanidad, aunque se trate de uno negativo. Literalmente, hemos comprometido la química misma de la tierra al consumir enormes cantidades de combustibles fósiles en el curso de los últimos siglos.
La pregunta es qué hace falta para que la humanidad despierte al desafío sin precedentes que enfrentamos y se dé clara cuenta de que en esto se juega nuestro destino y el destino de la Tierra.
J. Rifkin es un destacado economista y analista de Estados Unidos, que se ha dedicado a los temas de energía y trabajo. Publicado el 6 de febrero de 2005, en Clarín (Buenos Aires); traducción de Elisa Carnelli. El texto se reproduce en nuestro sitio únicamente con fines informativos y docentes.