El gran logro de la mayoría de los guiones de Mann es esa capacidad de que, aunque te grabe en una pared en negro, te evadas del celofán y te metas en el pollo. Aquí el celofán es hermosísimo, diría que estética y narrativamente se trata de una de sus mejores películas... pero a la hora de profundizar en el guión se pierde; no se puede profundizar cuando lo que has envuelto con tanto esmero es pescuezo y no pechuga. Y lo peor es que el guión es suyo, algo que no ocurría desde Heat. No se qué coño le habrá pasado.

Sin embargo le daré un nuevo revisionado, porque hay cosas interesantísimas: La antítesis que hace con la serie original, por ejemplo. Donde allí eran playas, sol, atardeceres rosados y glamour, aquí Miami se destapa como una ciudad sucia, impersonal donde, o bien es de noche, o está nublado por una tormenta con rayos constantes (sin duda, les vino de puta madre el huracán aquel); las distancias que marcan con el propio epicentro de la trama, dejando de lado la ciudad para meterse en Haití, Colombia o cualquier lugar lejos de preocuparse de su propio hogar también resultan estimulantes al ver que realmente había una intención de actualizar el asunto; no ya estéticamente, sino en el poso que dejan veinte años.

Con unos personajes interesantes hubiera redondeado la faena, pero en vez de correrse en un vaso y ofrecérnoslo ha desperdigado su semilla por la pared de la ducha (que eso si lo cuenta, que los polis de vez en cuando se duchan).