Las discusiones en la pareja (sin daño físico, se entiende) sacan lo peor y lo mejor de cada miembro. "Lo peor" porque obviamente se nos ve la mala leche y buscamos en memoria los argumentos más dañinos que podamos encontrar para atacar a la pareja. Sacan "lo mejor" porque nuestro cerebro se ejercita a una velocidad poco común y porque nuestra locuacidad aumenta. Sale de nuestro interior un yo que desconocemos porque sólo lo vemos de cuando en cuando. Es un momento en que nuestras dudas habituales desaparecen ante la urgencia de dar una réplica contundente al enemigo. En ese instante, parece que lo sepamos todo sobre la situación de la pareja y se lo soltemos al otro.

Es un duelo a muerte con nuestro peor enemigo, aquel que más sabe de nosotros y que, por tanto, puede encontrar los argumentos más dolorosos. Pero nosotros también podemos dañarlo a él.

Primero hay respeto, se tantea al enemigo...y cuando lo tenemos donde lo deseamos... pues atacamos,... sencillamente atacamos.

Una de las discusiones de pareja que más me ha gustado del mundo del cine es una que vi en Lucía y el sexo de Medem. La reproduzco a continuación porque no tiene desperdicio:




Lorenzo: Yo así no puedo hablar.
Lucía: Pero si eres tú el que no me hablas. Que te lo tragas todo tú solito y yo no sé cómo ayudarte porque no me dejas. Es que todo está lleno de ti y yo aplastada en un rincón porque no puedo entrar.




Mira, es que tú estás hecho para vivir solo y torturarte solo y envenenarte con tus putas neuras que nunca comprendo. Es que tú estás enfermo, Lorenzo: estás enfermo de ti, de tu exigencia de ser escritor y nada más... y de tus putos secretos.








Y claro, sólo esperas de mí que esté a tu lado pero sin saber mucho, porque yo no cuento ni para quejarme, porque a ti,... a ti te importa una mierda lo que me pase y porque el de los problemas profundos eres tú. Porque, claro, yo debo ser gilipollas y lo único que te importa de mí es que me pueda tirar a mi jefe.







Mira, estoy agotada. Me estoy volviendo loca a tu lado y además voy a llegar tarde al curro. Aprovecha ahora que te dejo a solas en tu agujero para pudrirte sin que lo sepa nadie.

Mira Lorenzo, yo nunca había sido tan asquerosamente mala con nadie como ahora contigo, pero es la última vez que me permito hablarte así. En esta ocasión no lo hago por ti sino por mí. Eso es, voy a empezar a pensar en mí, en lo que me conviene, porque veo que contigo no tengo futuro.

(y, cómo no, la escena termina con un portazo)