PTA, con su Licorice Pizza, quiso dar un homenaje a la América en la que se crió, haciendo gala de esa nostalgia setentenera/ochentera tan de moda por nuestros días que nos hace creer que el pasado siempre fue mejor. Lo bello de aquella sociedad representada por PTA, tan inspiradora desde el plano político (no olvidarse del papel de Ben Safdie interpretando a un candidato a la alcaldía o el activismo de Alana Haim) como atrevida para romper con roles establecidos y embarcarsse en el mundo del emprendimiento (Cooper Hoffman), tiene su contrapunto en el nuevo trabajo de James Gray. Decía éste último, en el coloquio que tuvo lugar ayer en Madrid, que la nostalgia es una basura y que siempre ha habido mierda. No todas las personas eran bondadosas ni el mundo un lugar lleno de colorines en el que cada ser encontraba su hueco.
Armageddon Time coloca los 80 en un plano frontal, de modo que tengamos una visión de aquella época como si la historia ocurriera en la actualidad, para no dejarse llevar por la vena romántica retro. Las diferencias son obvias: aquí no hay comicidad alguna. E incluso en el papel que representa Anthony Hopkins —genial, como siempre—, el típico abuelo que en todas las películas siempre es el gracioso y el que se desmarca de la familia para apoyar al joven, en este caso es el que aporta la seriedad en los momentos claves, aunque el protagonista, el joven Michael Banks Repeta, se deba llevar una desilusión llegado el caso.
Si Cooper Hoffman era todo energía y buen rollo, aquí el joven estudiante llega a irritar en determinado momento. No todos las locuras que se hicieron en el pasado tienen que ser reivindicables. En una escena, su compañero negro le dice que se escape de su colegio privado para ir a ver a un grupo musical. Al chico le encantaría hacerlo, porque odia esa escuela, pero sabe que le acarreará problemas (en el clímax final hará una locura que no saldrá como todos pensamos). Su destino está fijado y no podemos desmarcarnos de lo que elijan nuestros padres. Tremenda bofetada al sueño americano y a los nostálgicos de la supuesta libertad de antaño.
Puede que Gray, aún así, haya entregado su trabajo más convencional en todos los sentidos, pero se siguen avistando esos retazos de realidad pura (y pesimista) que tanto le gustan a él, además de dejar claro su posición favorable a la educación pública, no sin darle una repirmenda a ésta por cómo funciona a veces —como limitando las habilidades creativas del joven—. Lo negativo es que hay ciertas cosas que son un poco incomprensibles, conociendo su hábil manera de narrar las historias, como algunos flashbacks o planos sobreexplicativos y que son puros artificios emocionales, o decisiones en la historia un tanto burdas o influidas por lo políticamente correcto.
Aún así, no deja de ser un trabajo entrañable y destinado a colocarse entre lo mejor de este nuevo género autobiográfico que parece seducir a todos los directores una vez pasados los cincuenta.