La Odisea de Nolan, tal y como suele ocurrir con las relecturas posmodernistas de mitos fundacionales, me parece una propuesta tan ambiciosa como irregular. Casi podría decir que su mayor virtud es al tiempo su mayor debilidad. Es dolorosamente contradictoria atendiendo a lo que aspira a ser y a lo que acaba siendo. Es, en ocasiones casi desnortadamente, libérrima, al punto de perderse en el camino para acabar encontrándose a sí misma en un sendero bastante más angosto, posiblemente camino al Hades. Y creo que se disfruta más cuanto menos se recuerde o conozca el clásico inmortal.
Todo proceso de adaptación alienta y en este caso concreto prácticamente invita con insistencia, así sea por escala y relevancia, a llevarse el material a un terreno más íntimo, más propio. Se acepta porque objetivamente hay demasiado que abarcar y no se puede estar a la altura. Aquí no hay forma. Casi tres mil años después, aún se estudia a Homero y a su Odisea. Va mucho más allá de ser un referente. Va mucho más allá de la literatura. Es una de las piedras fundacionales de la civilización occidental.
Persiste pues en Nolan esa voluntad, legítima ya digo, de reinterpretar un texto casi sacro que, por su propia naturaleza, y eso juega en su ventaja, resiste la simplificación. Cualquier simplificación. De hecho, se ha adaptado al público infantil o juvenil en multitud de textos escolares. Doy fe. Existe en formato miniserie, como película “convencional”, en animación occidental, en anime co-producido, como parodia y posiblemente hasta en forma de chapa. Se ha traducido al completo cientos de veces, incluso desde antes de Cristo. Miles de veces si atendemos también a adaptaciones parciales. Su importancia es insoslayable y eterna. Es un nudo creativo que ata formas narrativas y discursivas, valores, mitos, simbología y estructuras (el viaje del héroe, sin ir más lejos) que occidente ha referenciado y reutilizado durante casi tres milenios, reitero. Meterse en este embolado tiene mucho mérito.
Y justamente eso es lo que ha hecho Nolan, insisto. Desprejuiciadamente la ha hecho suya. Se la ha fornicado. Completamente, para lo bueno y para lo malo. Es su mayor virtud. No le ha temblado el pulso. Su mayor flaqueza, no obstante, es que en ese intento, en absoluto subversivo sino quizás inevitable de apropiación o reformulación creativa (actualización post-posmodernista, me temo) ha acabado limando demasiado precisamente casi todo aquello que hacía que el texto clásico fuese tan vasto e inabarcable, contradictorio, sensual, fantástico y, por qué no decirlo, humano.
Porque, atención a la boutade, Nolan es Nolan y me temo, siempre será Nolan. Su aproximación “verista” a un relato fantástico exige un peaje quizás inasumible. Y su premisa ya me resulta difícil de conciliar. Su Odisea es dramaturgia psicológica centrada en la culpa y quiebre moral de Odiseo. La narración y el subtexto se anclan a ese enfoque. Comprendo la decisión y es más, llegado a un punto la esperaba porque es totalmente coherente con la sensibilidad de Nolan. De hecho, su Odisea dialoga con las constantes de otras tantas de sus propuestas (Tenet u Oppenheimer, por ejemplo).
Y al hacer precisamente lo esperado empobrece, a mi juicio, la complejidad del héroe homérico, que es mucho más que un hombre atormentado. Odiseo es un estratega. Un seductor. Un superviviente. El hombre de las mil tretas. Un bastardo arrogante. Un brillante mentiroso. Un líder contradictorio. Un humano polifacético. Un esposo y padre que ansía regresar a casa. Esta adaptación reduce esa pluralidad, ese “fractal idiosincrásico” a prácticamente un único eje emocional; la respuesta a una pregunta concreta, ¿merece Odiseo regresar a casa? Así, minimiza al personaje. En cierta forma lo devalúa. Estrecha su alcance y en consecuencia el del relato. Comprendo lo que pretende Nolan pero tengo problemas con ello.
Mucho se ha hablado de su elenco multicultural. Demasiado. Era pertinente pero acabó haciéndose agotador. Las declaraciones del director y del propio reparto, así como las respuestas a las mismas desde ciertos mentideros, tampoco ayudaron. En absoluto. Comprendo y respeto que alguno pueda defenderlo desde una perspectiva contemporánea, totalmente actual, en una adaptación tan peculiar y particular como esta, (que por cierto contraviene las propias declaraciones de su director respecto a su sumisión al texto clásico, aunque ese es otro debate), pero lo siento, a mi juicio, el casting es un dislate importante que no solo no se integra de manera orgánica en la propuesta sino que introduce problemas severos de coherencia interna e implicaciones muy cuestionables.
Un mito fundacional occidental y griego colmado de personajes que no dan esos perfiles. No me creo a la mayoría en esos roles y he acabado lidiando constantemente contra lo que ese elenco provoca. Una tripulación itacense multicultural que me rompe constantemente el pacto con la ficción, remeros “grecoreanos” y segundos al mando del Indostán. Un soldado griego de metro cincuenta y cinco, andrógino de voz aflautada, al que Nolan intenta encuadrar, infructuosamente, desde cierta clemencia. Una Helena de Troya racializada maltratada por su esposo caucásico y una hermana idéntica, Clitemnestra, que deviene de facto e irónicamente en el rostro más hermoso de su tiempo. Un Menelao de voz cazallera que actúa con ademanes de “gangsta”. Un Agamenón ridículo e irredimible, presentado sin honor, oriundo de Gotham. Una Circe ajada, asexual, resentida e inhumana. Una Calipso psicoterapeuta (Theron habría sido una mejor Circe). Una Atenea que personifica la culpa. Una Melanto que es poco más que una figurante a la que se perdona gratuitamente por su condición. Unos dioses que se intuyen solo si pones de tu parte. Una Odisea donde todo está patas arriba.
El vestuario y guardarropía es un drama en sí mismo. Es un batiburrillo en el que todo vale. Mezcla elementos presumiblemente de época (las armas me convencen bastante) con diseños estilizados de inspiración contemporánea y propone una estética híbrida que no me termina de funcionar de ninguna manera. Y alcanza a toda la producción. Las armaduras en particular (las Troyanas son de no creerlo y el pasaje de los Lestrigones perseguirá siempre a Nolan. Es lo peor que ha rodado jamás) parecen bastante más cercanas a una fantasía genérica que a un mundo mediterráneo preclásico. No hay la menor coherencia antropológica, no comprendo la intencionalidad tras según qué decisiones y siquiera se adivina un código estrictamente visual o estético que permita entender la cultura representada. Pregona dejadez, alcanza a la mayoría de personajes y va desde las embarcaciones hasta el propio caballo de Troya. Me resulta incomprensible que multitud de estos diseños hayan sido aprobados en una producción de esta escala. No entiendo qué pretendían conseguir.
Pero recordemos, Nolan es Nolan. Y su puesta en escena es puntualmente interesante. Va modulando entre lo minimalista y lo grandilocuente, jugando con ambos registros. Nos deja composiciones puntuales reivindicables con algunos planos bellísimos (y en ocasiones más de un inesperado desenfoque), me faltan más planos generales y me sobran sobreexposiciones, alabo unas localizaciones naturalistas en parajes y escenarios reales que potencian ese verismo siempre aspiracional, una fotografía, dominada por tonos ocres y azulados que busca un realismo áspero pero que quizás termina siendo monocroma y poco expresiva (desaprovecha el Mediterráneo, su “colorimetría” y su luz) y un montaje de lo más peculiar, abrupto de más en ocasiones, con planos casi sajados. A mi criterio es una propuesta formal que queda un poco en tierra de nadie y es tan desigual como la dirección de sus actores, casi volitivamente, por su anclaje subtextual dramático, me temo. La Odisea clásica es exuberancia, contraste. Diferentes cantos proponen coordenadas opuestas. Aquí, en cambio, todo encaja en un mismo bloque temático y pertenece a un mismo paisaje emocional y en consecuencia acaba afectando a la traslación visual e incluso a la aproximación tonal. Nolan opta por localizaciones austeras pero grandilocuentes, casi despojadas no de vida sino de humanidad, que buscan transmitir aislamiento y desgaste emocional. Subraya una y otra vez. Sobreexpone, como siempre. En ocasiones funciona perfectamente (el Hades), en otras tantas acaba resultando demasiado reiterativo. No obstante, le alabo el arrojo de regresar a una forma, hoy en desuso, de comprender el proceso creativo y su ejecutoria como una producción itinerante que busca localizaciones reales en nuestro vasto mundo porque ese esfuerzo, económico incluido, luce en pantalla de maravilla.
Y su contraparte es la OST. Me tiene muy desconcertado. Versta, Branagh, disculpadme de antemano, pero no alcanzo a comprender pretensiones. Se apuesta por un atavismo primitivista, igual pertinente puntualmente pero en numerosas secuencias, lejos de reforzar o apuntalar la atmósfera, me da que la empobrece. No encuentro “leitmotiv” honestos y decodificables que articulen el mayor viaje conocido por la mitología, que disparen el sentido de la maravilla, que narren y dialoguen realmente con las secuencias. En sus mejores momentos consigue cierta tensión. En sus peores, acompañan sin significar e imbrican disonancias con acción dramática. El diseño de sonido es espectacular por su parte. Nuevamente, quedo en tierra de nadie.
El libreto me parece lúcido en algunos puntos (tiene extremadamente claro dónde debe focalizar esfuerzos) y negligente en tantos otros, especialmente en el uso de un lenguaje actual, en ocasiones incluso coloquial, con unos acentos tan marcados, que me dificulta nuevamente ese “pacto” con la ficción. La Odisea es un poema (a más señas pagano) y siento que se ha sustituido su cadencia y la complejidad de su lenguaje por una accesibilidad mal entendida. Toda esa contemporaneidad juega en contra de su dimensión mítica. Ahí percibo a Emily Wilson, la traductora activista citada cien y una veces durante la promoción y que irónicamente ha vilipendiado esta propuesta con muchísima más inquina de la que yo mostraré en estas líneas. También la reconozco en ese arrebato feminista de Penélope totalmente desubicado y fuera de personaje (siendo posiblemente el mejor de todos ellos) y adivino su mano al obviar el destino de las sirvientas esclavas que traicionaron la confianza de Odiseo y la propia Penélope al yacer con los pretendientes.
Pero percibo más problemas porque la Odisea de Homero es un texto pagano y la moral que propone entra en conflicto con la católica de Nolan, que tamiza cada una de sus decisiones. Porque la Odisea de Homero es un texto exuberante, con pasajes orientados totalmente al placer, al exceso, con encuentros sensuales, banquetes, fornicaciones, engaños y ardides e incluso momentos traviesos que invitan al humor. Todo ello aquí resulta accesorio, casi alienígena. Ni está ni se le espera. Y el elemento fantástico sufre demasiado. A Polifemo aún le concede cierta presencia. Soslaya gran parte de su pasaje y las deliciosas interacciones entre él y Odiseo pero al menos el enfoque terrorífico le concede cierta gracia a sus secuencias.
Escila tiene un diseño deplorable, unos acabados impropios de un mainstream y un concurso apenas testimonial. Las sirenas se adivinan en la distancia. Ni las reconoces. Los Lestrigones son indignos, cercanos a una producción de "The Asylum" y además nos escamotean su furia con las rocas. Los dioses se funden con las inclemencias o se reducen a ensoñaciones construidas desde el sentimiento de culpa o a fabulaciones sobre Diosas y brujas quizás sobredimensionados por un náufrago drogado que en consecuencia deviene en un narrador poco fiable. El elemento fantástico queda reducido a una expresión bastante más anecdótica de lo esperado, como si Nolan quisiera evitar esos “excesos” por puro pudor, porque él mueve su relato en coordenadas psicológicas y “elevadas”.
La Odisea, mi Odisea, sin embargo, se ancla principalmente a lo maravilloso y lo fantástico, a las lecciones morales que representan y exponen en cada “canto”, porque sin ello el viaje pierde gran parte de su dimensión simbólica, de su extravagancia, de su diversión y se convierte en un periplo demasiado humano y en consecuencia quizás demasiado pequeño. Casi percibo entre líneas desdén, indiferencia, un acto consciente por desmitificar el viaje fantástico y anclarlo a lo asible. Y no veo la necesidad. La mayoría de directores incidirían en esas secuencias con un mimo especial porque además son profundamente cinematográficas. Es una producción mainstream con un presupuesto desorbitado y tres horas de metraje. Había tiempo para más de lo que ofrece. Siento que esta adaptación apenas dialoga con la obra adaptada. Y es una pena.
Porque esa decisión de deconstruir y reconstruir al personaje desde su culpa y quiebre moral por la guerra, por sus propias decisiones y por sus pérdidas y errores me parece al tiempo comprensible, previsible, necesaria incluso pero excesivamente restrictiva. Imbricar a los griegos con los pueblos del mar me parece interesante pero durante todo el metraje llega un punto en el que el viaje deja de ser una aventura para convertirse en una penitencia. Y no me parece lúcido. La Odisea se merece más esfuerzo.
Y cuando el héroe roto aprende humildad y regresa al fin a casa, la película parece querer recuperar cierto aliento clásico. Y tiene mi secuencia favorita de toda la película, porque al fin percibo una puesta en escena que deja respirar el plano el tiempo suficiente, en esa conversación casi confesional de Odiseo con Penélope.
La prueba y la matanza de los pretendientes se eterniza, se dilata indefinidamente, el tiempo se detiene, Pattinson es el que más lo disfruta y cuando por fin nos agotan nos privan de la escena del lecho, que siempre fue de mis favoritas, y nos lo exilian por propia voluntad, porque el psicologismo de Nolan y la sumisión a la culpa no puede tener mayor recompensa. Ha convertido un poema pagano de aventuras en un drama moral, en una historia de introspección, trauma y redención. El héroe regresa a casa para volver a partir. No me convence ese epílogo. Lo percibo como una traición.
No obstante, le agradezco profunda y sinceramente el intento a Nolan, por más que yo considere que ha quedado lejos de hacerle justicia. Nos deja una historia de trauma moral y redención basada en el mito, rodada a la antigua usanza (cuenta con “CGI invisible”, cónstese) en localizaciones reales con un despliegue itinerante de medios hoy día en desuso, con un éxito crematístico rotundo que renueva precedentes. Ha recordado a Hollywood otra forma de aproximarse a la ejecutoria cinematográfica y nos ha legado una propuesta interesante, psicologista, a mi criterio profundamente reduccionista, disfrutable no obstante, desde sus limitaciones. Y ha revitalizado el interés del gran público en la mitología clásica y en una obra inmortal. Puedo conformarme y quedar en paz. Sin problema. No la considero en absoluto su mejor película. Tampoco la peor, cierto es.