23.
Como en un espejo (
Sasom i en spegel, 1961)
Comentario anterior.
Llegamos a la celebérrima trilogía del “silencio de Dios” (con o sin mayúscula). Es cuando menos discutible que fuera la intención de Bergman filmar una trilogía y que esta tuviera ese “silencio” como tema, pero esta denominación ha hecho fortuna en la historia del cine y a estas alturas, como pasa con la también discutible etiqueta de la “trilogía de la incomunicación” de Antonioni, poco se puede hacer para luchar contra ella, en todo caso no en el reducido espacio que dedico a estos comentarios.
Si acaso resaltar que más que sobre el “silencio” de dios (o de un dios) la cuestión, como mínimo en esta y en la siguiente,
Los comulgantes (para mí
El silencio tiene unas características bastante distintas), el tema parece ser la interrogación sobre qué es lo divino, si es que hay algo que se pueda nombrar con este apelativo, y de qué manera lo divino, lo maravilloso, lo extraordinario, se manifiesta. Planteado así, este tema ha aparecido ya repetidas veces en la obra de Bergman (de manera muy evidente en
El rito) y lo volverá a hacer en el futuro.
Quizá el éxito del nombre atribuido a esta supuesta trilogía tenga que ver con que Bergman rueda la que sería la primera entrega,
Como en un espejo (traducción que parece literal del original sueco, mientras que en inglés se prefirió
Through a Glass Darkly, en referencia probablemente Lewis Carroll, en lo que luego insistiré), poco después de su película en que, de forma si se quiere alegórica, más parece manifestarse eso maravilloso que asociamos con lo divino, en forma de milagro final: el surgimiento de un manantial en el lugar en que se violó y asesinó una virgen.
En comparación,
Como en un espejo es un film cerrado, introspectivo, con cierto aire de pieza de cámara (perfectamente trasladable a un escenario, aunque el film no tiene ninguna de las rigideces de lo teatral), en que cuatro personajes se abisman a sus atormentados interiores en el paisaje desolado de la isla de Fårö (escenario de tantos otros films del sueco y que acabó siendo su residencia, convirtiéndose así en “la isla de Bergman”, como se tituló un film de Mia Hansen-Love), lugar privilegiado que descubrió para este rodaje.
Los personajes, extraordinariamente interpretados todos ellos, son: el padre, David (Gunnar Björnstrand), un escritor en crisis creativa y existencial, habitualmente radicado en Suiza, que ha vuelto a Suecia, quizá para intentar encontrar el sentido a su vida;
su hija, Karin (espléndida Harriet Andersson, que la teníamos algo descuidada últimamente), aquejada de una enfermedad mental, probablemente incurable, y que acaba de salir de un tratamiento psiquiátrico;
su marido, Martin (un sobrio Max von Sydow), profesor, el personaje más aparentemente estable, pero a la vez claramente impotente a la hora de ayudar a su mujer;
y el otro hijo de David, al que significativamente llaman Minus (Lars Passgard), un adolescente de 17 años, con las hormonas alteradas, que se siente menospreciado por el padre y que experimenta una atracción casi enfermiza por su hermana, que lo mortifica.
A partir de estos
dramatis personae Bergman va encajando las piezas en forma de diálogos pregnantes, todo ello bañado por la luz entre el día y la noche de las latitudes suecas, fantásticamente fotografiada por Sven Nykvist, y puntuada en breves momentos del film por las notas de un concierto de violoncelo de Bach.
Hay dos temas que van a destacar sin duda. Uno, el más desasosegante, propio de un film de terror psicológico, es la manifestación de la locura de Karin. Sus visitas a la habitación vacía, con su extraño papel pintado, la puerta del armario y las grietas en las paredes, nos transportan casi a otra dimensión, como le pasa a Karin, que dice estar moviéndose constantemente entre dos mundos, el “real” y otro al que accede a través de esa habitación (como una Alicia atravesando el espejo para acceder, más que al país de las maravillas, al del horror).
Allí, en ese otro mundo, dice ver gente susurrante que espera la llegada de alguien o de algo, como una suerte de beckettianos Vladimir y Estragon esperando a Godot. Cuando ese algo llegue, tomará a sus ojos el aspecto de un terrible dios araña, que, para los amantes de las explicaciones racionales, coincide probablemente con la imagen, que se divisa por la ventana, del helicóptero ambulancia que viene a recogerla. Otro de los momentos más angustiantes y ambiguos es el que protagonizan Karin y Minus en el barco varado en la costa. Allí se funden la locura de Karin y el deseo culpable de Minus, en forma de abrazo… o quizá de algo más. Qué hay entre ambos en esa secuencia es algo que Bergman nos oculta.
Junto a la locura de Karin, complementable con la pulsión de muerte de David, que confiesa a Martín haber intentado suicidarse en Suiza, el otro gran tema, y en definitiva la conclusión del film, es el del amor, empezando por la significativa dedicatoria de la película, algo poco habitual en Bergman: a Käbi, su esposa, con la que se había casado en 1959.
Además, es la respuesta que David da al final del film a la pregunta por la existencia de Dios que le formula Minus. Inseguro, titubeante, David acaba expresando su creencia de que lo que prueba la existencia de Dios, o mejor incluso, lo que probablemente es dios mismo (quizá ahora mejor en minúscula) es el amor. Sorprende quizá que quien formula esa respuesta sea el personaje que parece más alejado de lo amoroso, incluso de lo afectivo, de la película. No ha mostrado en su vida demasiado interés por sus hijos, acaba de romper una relación de pareja, y al conocer la gravedad de la enfermedad mental de su hija parece más atraído por lo que esta pueda tener de material para su novela que no una auténtica preocupación paternal. A David lo hemos visto llorar de desesperación, incómodo con su relación familiar, e inseguro ante la dura crítica que le dirige Martin. No parece alguien muy autorizado a hablar con conocimiento de causa del amor. Quizá ese sea el auténtico “silencio de Dios”, su falta de amor.
Extraordinario film, densísimo en lo argumental, casi perfecto en lo cinematográfico, inspirado en lo actoral. Sin duda una de las obras magnas de Bergman que, además, tuvo el premio, algo que no deja de ser anecdótico, de ganar un Oscar. Con todo, y a la espera de la próxima revisión, siempre me ha gustado más la siguiente,
Los comulgantes.