La he visto en DVD de alquiler. Pego el comentario que he escrito en mi blog:
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Reencarnación no es una película fácil de digerir. Más bien es un film atípico, una rara avis que vuela a contracorriente, desafiando los gustos mayoritarios, apostando por un tono de sugerencia constante que exige al espectador un esfuerzo para involucrarse e interpretar lo que sutilmente pretende transmitir Glazer.
Jonathan Glazer, director formado en el videoclip, sorprendió, para bien, con su debut cinematográfico, Sexy Beast, al ofrecernos una especie de película criminal con gangsters de por medio que resultaba rabiosamente entretenida y enérgica gracias a su atractivo estilo visual, personajes excéntricos, ritmo frenético y apuesta por un acertado humor negro y algo desconcertante. Su siguiente paso, con Reencarnación, supone, también, una sorpresa en tanto en cuanto cambia de tercio para contar una sensible historia sobre el amor perdido y sacrificado desde un enfoque ambiguo, reflexivo, sosegado y siempre sugerente.
Un hombre corre por el paisaje nevado de Central Park en el fascinante arranque. La cámara lo sigue y la espléndida, subyugante y casi permanente música de Alexandre Desplat acompaña sus zancadas. Después, cae en redondo, desplomado, y nace un niño. Un salto en el tiempo de 10 años nos lleva a Anna (Nicole Kidman), viuda del corredor, que planea y anuncia su boda. Pero un niño de tan sólo 10 años se presenta afirmando que él es Sean, el marido fallecido de Anna, lo que genera el revuelo y la incredulidad de todos… De esta forma, Glazer se atreve a desarrollar un planteamiento arriesgado y vulnerable a caer en cierto ridículo acudiendo a la vía de la ambigüedad constante, sembrando la duda sobre la naturaleza de ese misterioso niño, posible reencarnación de un amor más allá de la muerte. Anna, aún enamorada, se resiste a creerlo, pero rememora, se convence y se muestra dispuesta a abandonarlo todo…
Una de las grandes virtudes de la propuesta es la gelidez de la puesta en escena y la contención dramática. Existe un distanciamiento emocional con los personajes y una intención por crear sensaciones que se intuyen o evocan, escapando de lo explícito y de cualquier exhibición de sentimentalismo. Buena parte del mérito reside, por supuesto, en la dirección de Glazer y la interpretación de los actores, que bordan sus papeles: ahí, Nicole Kidman da un nuevo recital para que nos creamos a pies juntillas sus dudas, temores y certezas, así como el joven Cameron Bright, cuyo semblante adulto provoca que su versión nos parezca creíble. Así, la historia siempre camina por un terreno incierto hasta que algo se desvela y el desenlace se abre a diversas interpretaciones, desde la más literal hasta la más lírica, emotiva y dolorosa.
No obstante, para el que esto escribe Glazer abusa de alargar algunos planos en exceso, incurre en cierta farragosidad narrativa y quizá hace uso de más metraje del necesario para contar una historia plasmada con elegancia y que seduce e interesa.
Valoración: ***




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