Debería existir un día de los enamorados al cine. Así sólo se oirían comentarios positivos, análisis sentidos, en lugar de metralla y guerrilla de diarrea por los cuatro costados. La gente emplearía su tiempo en escribir palabras de amor a todo el cine que tanto le dio, que tanto le dejó, dejaría de lado las películas no interesantes, porque ésas también despertaron amores en otras personas y merecen al menos algo de RESPETO, y daría la impresión, por una vez, de que en este país no es la envidia puñetera el deporte nacional, que el desprecio destilado de Lenne es una utopía, y que se puede amar sin necesidad de tener que mostrar odio a la vez, por aquello de la filosofía de contrastes. Sí, lo he leído: no van a quedar más dioses Kubrick o Spielberg por cargarnos a los demás. Quizá no tenga importancia esto de comentar frívolamente sobre trocitos y recuerdos de nuestra vida, porque el cine sólo es cine y punto. Quizá, por la misma razón, muchos estamos perdiendo el tiempo. Y es que el cine también duele, como dolía España a Unamuno.
Y es que últimamente me da pena cómo discurre la cuestión. Tanto, que creo pocos entenderán estos párrafos. Lo siento, porque creo que ya sufro el síndrome de Neville; no vale la pena ni intentar entenderme, ni siquiera leerme...