Hace unos días acabé de ver la segunda temporada.
Escribí lo siguiente en mi blog:
Si en la primera temporada eran los suburbios y las callejuelas de Baltimore el lugar donde trapichear con las drogas, ahora son los muelles y el sindicato de estibadores los que conforman el campo de acción principal. Reunido, otra vez, nuestro equipo favorito de policías (voluntariosos, ya sabéis, pero poco reconocidos por sus superiores) para encabezar la operación, asistimos al proceso de investigación y de obtención de pruebas en un nuevo caso que se extiende a lo largo de doce sensacionales capítulos. Sin perder el hilo del final abierto del caso anterior y recuperando a varios personajes conocidos que siguen una evolución en paralelo, se introducen variantes al trasladar la acción a un escenario diferente e involucrar a otras gentes en una trama criminal que envuelve al tráfico de drogas y las redes de prostitución internacional.
Puesto que esta segunda temporada sigue la línea realista, precisa y desencantada (esos finales… ) ya marcada a fuego por la primera, reincidir en sus muchas virtudes (que ya os comenté semanas atrás) sería cansino y redundante, así que obviaremos el repaso. A lo dicho y redicho me remito. A su solidez total, ausente de grietas, me refiero.
Sé que The Wire: Bajo escucha no es una serie masiva ni, desde luego, demasiado conocida (en este país, al menos). Sé que no podrá competir en audiencias ni en popularidad con otros productos televisivos de éxito que se extienden como una epidemia colectiva. Bien. Pero creedme si os digo que, desde mi punto de vista, esta extraordinaria serie de la HBO reduce a cenizas a la mayoría de sus competidores, pasados y presentes, sin prácticamente despeinarse. Si hiciésemos un ejercicio comparativo, desnudaría a buena parte de la competencia hasta dejarla enseñando sus vergüenzas, sus artificios, sus mentirijillas. Avisadme cuando una serie, la que sea, alcance el nivel de riqueza de personajes, actores, guiones y prismas de The Wire: Bajo escucha, esa pieza de alta orfebrería que merece ser enmarcada para la posteridad.
Sí: estoy totalmente entusiasmado. Puede que sea injusto y exagerado, no lo sé, pero así lo creo. Pura, pura, pura delicatessen para degustar, chuparse los dedos y, si acaso, dar lugar a una reflexión sobre las posibilidades de un medio, el televisivo, que permite, como en este caso, el desarrollo de la historia y el dominio del guión sobre todas las cosas.
Bienvenidos, amigos, al arte de NARRAR con convicción y de verdad.
¿Te lo vas a perder?




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