La tercera temporada de la mejor serie de televisión que he visto nunca (sí, Carnivàle y Twin Peaks ya se han visto rebasadas en mi top personal) se sitúa a una altura similar a la de las dos anteriores seasons. No en vano, uno de sus mejores valores consiste en lo homogéneo de un producto que parece haber sido escrito como una gran novela por entregas, de tal manera que cada capítulo (ninguno -y digo ninguno- tiene desperdicio) es una pieza más de un enorme rompecabezas que poco a poco va siendo construido para constituirse en una visión equilibrada tanto del trabajo policial como de los entresijos de los intereses políticos y la problemática de los bajos fondos y la criminalidad. Mirando a ese equipo de polis a contracorriente que hace de la escucha y la investigación su modus operandi más eficaz y, también, con un ojo puesto en los juegos de poder de los altos cargos, The Wire: Bajo escucha se distingue de la competencia por no renunciar a trazar una radiografía de los traficantes y los consumidores, del negocio de la droga, de las devastadoras consecuencias sociales que ejerce el dictado del dinero fácil a pie de la calle… y de aquellos que, en puestos de responsabilidad, son incapaces de curar una herida que nunca cicatriza. No es una serie policial al uso que se limite a este género en exclusiva, sino un drama (social, político) que es consciente de la complejidad del tema y presta atención a los puntos de vista sin recurrir al arquetipo ni a la definición maniquea.
En esta tercera temporada, la droga es encauzada hacia una zona de libre comercio llamada “Hamsterdam”. Vendedores y compradores son dirigidos a un espacio en el que podrán llevar a cabo sus intercambios con el consentimiento de la policía. Para limpiar las esquinas de Baltimore y reducir el número de crímenes, se crea un ghetto, concentrando allí esta lacra. La situación, como era de esperar, explota, convirtiéndose en un caldo de cultivo que degenera en un infierno cada vez peor. Escándalo público.
Por otro lado, [spoiler:0dae6e7aae]Avon Barksdale sale de la cárcel en libertad condicional y, al regresar, encuentra que todo ha cambiado. Su segundo de abordo y hombre de confianza, el complejo Stringer Bell, se ha desmarcado de las guerras callejeras y oculta sus negocios turbios con un velo de legalidad. Hombre inteligente y hábil, está convencido de que el camino a seguir es otro, que es necesario invertir y permanecer a la expectativa. Su método choca frontalmente con los deseos de Barksdale, un guerrero de la calle, un duro que no entiende los nuevos tiempos. Este duelo, afilado como una navaja de afeitar y con McNulty como tocapelotas de fondo, es uno de los grandes atractivos de estos capítulos;[/spoiler:0dae6e7aae] fundamentalmente, en una recta final de temporada brutal y sorprendente, es decir, propia de una serie de la HBO que no ha de rendir cuentas a las preferencias de los telespectadores.
Personajes ricos y carismáticos, guiones con conocimiento de causa y de quitarse el sombrero, actores fusionados a sus roles, tramas diseñadas atendiendo a la credibilidad, ritmo narrativo pausado pero firme, arreones de violencia capaces de enmudecer, sucesos justificados… O sea, que aquí, a diferencia de otras series, no se juega sucio buscando el golpe de efecto bajo la necesidad imperiosa de dar carnaza al público, ávido por ser zarandeado. Habría, pues, que reincidir en lo que ya dijimos en entradas anteriores respecto a su desarrollo decididamente realista.
Si en el penúltimo (y magistral) capítulo notamos una referencia clara a los duelos face to face del western, en el último localizamos un breve guiño a Apocalypse Now antes de culminar la temporada con un montaje musical como despedida momentánea. ¿Y ahora? ¿Qué hacemos con el vacío que nos queda? La cuarta temporada pulula por las redes y los prados, pero lamentablemente no hay subtítulos disponibles.
¡Obra maestra! ¡Sí, sí y sí!




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