1985.
De izquierda a derecha: Morricone, Trovaioli, Piccioni y Bacalov. Todos excelentes compositores, todos amigos cercanos... todos muertos ya excepto Morricone.
Veo la foto, tan familiar, de una época en la yo ya existía y poseo recuerdos, y me doy cuenta de que al mismo tiempo posee un elemento de cercanía temporal tanto como de distancia sideral comprobando la aceleración al límite que lleva nuestra civilización (vulnerable, como al fin se está demostrando).
Pues en 1985, habiendo estado leyendo e investigando sobre la industria italiana y su discografía, la otrora prolífica e importantísima históricamente cinematografía italiana estaba ya consumiéndose en los huesos, víctima de la irrupción del formato doméstico y de la propia burbuja que tanta
explotation y fetichismos recogidos de otros países había tomado prestado desde siempre, pero especialmente perjudicial a partir de los 70 (nunexplotation, comedias eróticas, giallos, remedos de Tiburón).
Exceptuando a Morricone, prácticamente todos estos compositores ya habían colgado los guantes; unos compositores que en sus años mozos podían acumular hasta una docena de títulos de los géneros más variados, desde los péplums (
Bacalov no porque era de los más jóvenes), los spaghetti-westerns, los euro-spy al amparo de James Bond.... No puedo decir que en año y medio que llevo siguiendo las huellas que dejaron estos maestros haya desarrollado una afinidad por todo lo que hicieron -de hecho, no sé si es por su carácter y cultura mediterránea, creo que sí, me suelen gustar menos los que podría llamar géneros eminentemente masculinos que los femeninos, yo ya me entiendo-; sin embargo, no puedo evitar elogiar su capacidad de inventiva, su intuición, su amor por las raíces musicales italianas (Renacimiento, Barroco, música popular, el inevitable
pop de la época) e incluso su deseo de experimentación para lograr nuevos timbres y sonidos: desde los péplums, según qué autores, donde eran capaces de dotarles de un aura retorcido, primitivo en su colorido musical, con la inclusión de la electrónica al estilo de la ciencia ficción norteamericana de los años '50, hasta los westerns o los giallos con la utilización de voces, femeninas la mayoría de las veces, que si bien en algunos autores posteriores a los de la foto me empezó a parecer un recurso ya demasiado gastado, en las manos apropiadas adquiría un verdadero valor dramático (o sensual, o épico, o inquietante). Es impactante escuchar temas musicales que no aparentan ser más que zumbidos eléctricos discontinuos o, literalmente, jadeos femeninos nada placenteros, como si les faltara oxígeno.
Por supuesto, los presupuestos no eran comparables a los que manejaba Hollywood, y ciertos sonidos hoy suenen cicateros y desfasados, pero en general la carestía y escasez de medios merecía inspirar la imaginación y aportar apuntes muy personales.
Todavía me encuentro un poco en la punta del iceberg, y desde luego no voy a abarcar en su totalidada las múltiples ofertas que la cinematografía musical transalpina me podría ofrecer, pero me encuentro como pez en el agua. Lástima que muchos títulos de estos compositores parezcan haber perecido para siempre -por ejemplo, el romanticismo que emana de
Nefertiti, Regina del Nilo (
Carlo Rustichelli; uno de los importantes que no aparece en la foto, junto a Ortolani, Nascimbene, Savina-, por no hablar de la generación que precedió a ésta, de la que sólo se conservan retazos aquí y allá, y más si murieron relativamente jóvenes o se retiraron pronto), y lástima también que en sus ediciones discográficas muchas veces su escucha aislada se ve taponada por temas que de alguna manera rompen el discurso oficial -muy frecuente en sus westerns, donde la música dramática se ve interrumpida por tonadillas festivas de saloon, jugadores de póker o rancheras mexicanas que "pervierten" la experiencia. Por otra parte, son muy expeditivos afirmando que las pistas se suceden habitualmente en orden cronológico si éste estuviese íntegro, luego no queda más opción que aislar esas pistas "sobrantes" y moldear un álbum al gusto que se desee.
En definitiva, Italia vivió su particular Olimpo cinematográfico a mediados del siglo XX y aquí sí que no hubo relevo claro.
Mastroianni, Gassman, Sordi, Manfredi, Tognazzi; auténticas
madonnas como la
Loren, Mangano, las dos Rossanas (Schiaffino y Podesta), sin olvidar importaciones de países cercanos como la bellísima
Sylva Koscyna; y en compositores, lo mismo, aunque puede que autores de éxito que hay, más bien en régimen de diáspora (Beltrami, Marianelli, Malagnini) consigan cambiar con el paso del tiempo la perspetiva histórica de que existió más plata al margen de aquellas décadas triunfales.