huevodeColón
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Re: Cajón de sastre
Paradojas carcelarias
ISABEL SAN SEBASTIAN 2 de julio de 2007
La gran mayoría de los teóricos que desde el mundo académico han estudiado nuestro sistema represivo consideran que usa y abusa de la prisión con alegría irresponsable, condenando a languidecer entre rejas a millares de delincuentes que tendrían una oportunidad de rehabilitarse recurriendo a otro tipo de castigos. Igual proporción de ciudadanos consultados en las encuestas se muestran partidarios de endurecer las penas privativas de libertad para una amplia gama de criminales, que abarca desde los terroristas hasta los pedófilos, porque les parece que determinadas conductas particularmente abyectas resultan singularmente baratas en el Código Penal vigente. Pero lo que riza el rizo del descontento general, lo que clama a gritos al cielo, es el hecho de que vayan a la cárcel quienes deberían estar en libertad y campen entre tanto a sus anchas algunos que mecerían pudrirse a la sombra.
Nadie se explica, por ejemplo, que dos sindicalistas asturianos, Cándido y Morala, cumplan tres años de reclusión efectiva por manifestarse contra el cierre de un astillero (y presuntamente romper una cámara de vigilancia del tráfico), a la vez que el llamado Rafita, torturador, violador y asesino de Sandra Palo, es libre como un pájaro tras apenas cuarenta y ocho meses de internamiento en un centro de menores. ¿Acaso tiene más valor el aparato dañado que la vida de esa criatura? ¿O es que el hecho de ser menor de edad proporciona un escudo de invulnerabilidad incluso a quienes, como es el caso, ni se arrepienten, ni se avergüenzan de sus actos, ni han hecho nada por enmendarlos?
Tampoco comprende el personal que José María Ruiz Mateos, prácticamente octogenario, se encuentre en este momento en una celda de Alcalá Meco, purgando un delito de «insolvencia punible», cuando dos ilustres colegas suyos del alto empresariado, Alberto Alcocer y Alberto Cortina, están condenados en firme por estafar a sus socios, según sentencia del Tribunal Supremo, desde marzo de 2003, sin que sus zapatos hechos a medida hayan pisado el cemento de un centro penitenciario. ¿No habíamos quedado en que la Ley era la misma para todos? ¿Qué tienen los Albertos que no tenga el fundador de Rumasa, ya expropiado y esposado por otro gobierno socialista? Paradojas carcelarias. Situaciones inexplicables, propias de un sistema que ni castiga ni protege por igual, sino que discrimina en función de quién sea la víctima y quién el delincuente. Materia de reflexión ahora que llega el tiempo de los programas políticos y las promesas electorales.
Paradojas carcelarias
ISABEL SAN SEBASTIAN 2 de julio de 2007
La gran mayoría de los teóricos que desde el mundo académico han estudiado nuestro sistema represivo consideran que usa y abusa de la prisión con alegría irresponsable, condenando a languidecer entre rejas a millares de delincuentes que tendrían una oportunidad de rehabilitarse recurriendo a otro tipo de castigos. Igual proporción de ciudadanos consultados en las encuestas se muestran partidarios de endurecer las penas privativas de libertad para una amplia gama de criminales, que abarca desde los terroristas hasta los pedófilos, porque les parece que determinadas conductas particularmente abyectas resultan singularmente baratas en el Código Penal vigente. Pero lo que riza el rizo del descontento general, lo que clama a gritos al cielo, es el hecho de que vayan a la cárcel quienes deberían estar en libertad y campen entre tanto a sus anchas algunos que mecerían pudrirse a la sombra.
Nadie se explica, por ejemplo, que dos sindicalistas asturianos, Cándido y Morala, cumplan tres años de reclusión efectiva por manifestarse contra el cierre de un astillero (y presuntamente romper una cámara de vigilancia del tráfico), a la vez que el llamado Rafita, torturador, violador y asesino de Sandra Palo, es libre como un pájaro tras apenas cuarenta y ocho meses de internamiento en un centro de menores. ¿Acaso tiene más valor el aparato dañado que la vida de esa criatura? ¿O es que el hecho de ser menor de edad proporciona un escudo de invulnerabilidad incluso a quienes, como es el caso, ni se arrepienten, ni se avergüenzan de sus actos, ni han hecho nada por enmendarlos?
Tampoco comprende el personal que José María Ruiz Mateos, prácticamente octogenario, se encuentre en este momento en una celda de Alcalá Meco, purgando un delito de «insolvencia punible», cuando dos ilustres colegas suyos del alto empresariado, Alberto Alcocer y Alberto Cortina, están condenados en firme por estafar a sus socios, según sentencia del Tribunal Supremo, desde marzo de 2003, sin que sus zapatos hechos a medida hayan pisado el cemento de un centro penitenciario. ¿No habíamos quedado en que la Ley era la misma para todos? ¿Qué tienen los Albertos que no tenga el fundador de Rumasa, ya expropiado y esposado por otro gobierno socialista? Paradojas carcelarias. Situaciones inexplicables, propias de un sistema que ni castiga ni protege por igual, sino que discrimina en función de quién sea la víctima y quién el delincuente. Materia de reflexión ahora que llega el tiempo de los programas políticos y las promesas electorales.