Aquí una pequeña historia sobre el porqué del ruido de las canicas en el techo y lo que os pasará si decidís investigar. No es una de las mejores, pero es cortita.
Despierto a las cuatro de la madrugada. Se siente extrañamente húmedo, y comprueba que la botella de whisky se ha derramado por la cama y por sus pantalones. Disgustado, Billy se levanta de un salto y se dirige al cuarto de baño, entra dentro, se desnuda y se mete bajo el grifo de la ducha fría durante diez minutos. El ruido de la ducha amortigua sus pensamientos, que divagan demasiado cuando se despierta. Finalmente, se concentra y recuerda. ¡Las ratas, las malditas ratas! El edificio era viejo, estaba ya negro y cayéndose a pedazos, y había ratas en el techo. Producían un ruido muy curioso, como el botar de las canicas. Él estaba en el tercer piso, y solo había un piso por encima, y estaba desocupado, así que era eso. Las ratas. Billy había alquilado la casa para tres meses, y estaba en algún punto, en la calle más sucia y tirada de París. Llevaba allí un mes, y ni una sola noche dejaba de oír el ruido de las ratas en el piso de arriba. Ratas, o canicas… pero no podía ser, el piso estaba vacío, se lo habían confirmado los vecinos. ¿Ocupas, tal vez? Pero no, eso no tenía sentido, Billy había entrado en casas, de ocupa, prácticamente desde siempre, y sabía que lo mejor era no hacer ruido. Además, no se oía nada más, solo las ratas. No se oía la tele, ni la radio, ni voces, ni arrastrar de muebles, ni el correr del agua… no, tenían que ser las ratas.
Salió de la ducha, se secó con una toalla blanca y rancia y se puso unos pantalones limpios. El piso era pequeño y estaba atestado, era una auténtica pocilga. Billy nunca había sido un devoto del orden, precisamente. Se tiró sobre el cómodo sillón y examinó la estancia con sus sentidos. Fuera, la calle sucia y vacía no producía sonidos, ni pasos, ni coches, ni voces, ni gritos, nada. No provenía de abajo, sino de arriba. Se oía justo encima de la cama, en cualquier otra habitación de la casa no se oía.
¿Tendré que subir?, se preguntó. Pero tampoco podía hacer eso, tendría que forzar la cerradura, todo por unas ratas molestas. No merecía la pena.
Era imposible concentrarse. No podía leer, y no tenía televisión. Y por supuesto, no podía dormir con ese ruido molesto por encima de su cabeza, ni en una noche ni en mil noches como esas.
Pero Billy amaba el peligro, la adrenalina que le producía enfrentarse a cualquier cosa desconocida. Por eso había huido de casa a los 13 años para ver mundo, y por eso siempre se estaba metiendo en una serie incontable de líos que le hacían huir de un lado a otro del globo, pero no podía evitarlo.
Era su naturaleza, y sabía que si el ruido continuaba, subiría antes del amanecer. Se llevaría su cuchillo para matar a aquellas jodidas ratas. Ah, pero seguía asustado.
Se puso una camisa blanca y sucia y las botas, y se colgó el cuchillo de caza del cinturón. Iba a subir. Solo a echar un vistazo, se dijo. Y si encontraba las ratas, las mataría. Si no, no se quedaría a curiosear ni a explorar, retrocedería y abandonaría, con dignidad. Estaba demasiado cansado para enfrentarse a peligros excesivos. La última noche había tenido una buena pelea con un capataz de obra, y le había atizado en las costillas. Tenía un buen moratón en el costado derecho, y su curiosidad había decrecido considerablemente con el golpe.
Ah, pero aquel hijo de puta tendría que andar apoyado en una sola pierna por un tiempo, pensó, regocijado. Por muy mal parado que saliese, no podía dejar de mostrarse orgulloso por sus “hazañas”.
Salió al vestíbulo, donde olía a verduras, a gasolina, a galletas de chocolate y a maderas podridas. Era un edificio cochinamente viejo y decrépito, y la mitad de los pisos estaban vacíos o eran inhabitables. La electricidad se cortaba con frecuencia, y por lo menos una vez a la semana se producía algún accidente.
Cuanto antes se marchase, mejor. De todas formas, París no era tan excitante como le habían dicho que era. Era muy hermosa, pero muy fría. Él prefería mil veces Oriente a Occidente. Entre algunos de sus lugares favoritos figuraba Sri Lanka, Hong Kong, Bombay y en menor medida, Tokio. Su ciudad occidental favorita era, sin duda, Barcelona.
Cruzó el pasillo hasta las escaleras de incendios, subió el piso y entró en el cuarto piso. Los pisos eran laberintos, había varias manos con varias casas, y tuvo que pararse un momento y ubicarse, para buscar el piso que estaba justo encima del suyo. Era el Cuarto H, y era la última casa del piso, estaba metida en un rincón y no había ninguna puerta enfrente o al lado. Sacó de su bolsillo una tarjeta de plástico duro y una ganzúa, y forzó la cerradura. Le bastó con medio minuto y ¡victoria! La puerta se abrió revelando una penumbra oscura.
Penetró en el pequeño vestíbulo, dejando la puerta abierta para que entrase la rancia luz del pasillo, pues no había electricidad en aquella casa.
No recordaba donde había oído primero el ruido de las canicas. ¿En su casa natal, en Nueva York, de niño? ¿En la vieja posada de Túnez? O quizás en una taberna de Munich, no importaba. También había oído hablar a otros de esos extraños ruidos sin explicación posible, pero él lo había rechazado todo, todos esos rumores fantásticos, y los había atribuido a las ratas. Hasta llegar a París, donde todas las noches, con la regularidad de un reloj y en el mismo punto exacto, oía los ruidos. Eran demasiado sistemáticos para ser producidos por las ratas. ¿Siempre a la misma hora y en el mismo lugar? Imposible. De todas formas, ninguna otra noche se había aventurado a algo semejante como lo que se proponía ahora. Nada de incursiones nocturnas e investigaciones. Pero esa noche… en fin, ya estaba en marcha, no importaba. Entró en lo que habría sido el salón. Un puñado de bultos oscuros, muebles tapados con sábanas. Levantó uno y vio que era un piano. Lo dejó, sin demasiada curiosidad, y se acercó a donde debía estar el dormitorio, justo encima del suyo.
Se sorprendió mucho al ver un débil resplandor que provenía de la habitación, y llevó su mano al cuchillo instintivamente.
Dentro, en un rincón, había un par de velas que iluminaban toda la estancia con un resplandor enfermizo y débil. Allí había quizás media docena de niños y niñas, vestidos de formas completamente diferentes, todos ellos diferentes entre si… Billy dio un involuntario paso atrás. Su respiración se volvió loca. Aquello era…
Los niños lo miraron. Cada uno tenía una canica y la hacía botar contra el suelo. Una niña rubia, de unos once años, le sonrió.
-¿Quieres jugar con nosotros?
¿Jugar con ellos? Si, claro. Cuando el Infierno se congele. Billy dio otro paso atrás. Los niños le miraban, sin moverse, sin hacer el más mínimo gesto para impedir su retirada.
Se dio la vuelta y vio al otro niño. Parecía el más joven, y aunque Billy n lo sabía, era en realidad el más viejo de ellos.
El niño le metió la mano en el pecho. Billy imaginó que moriría. Aquel niño hurgaba, buscando algo. Su corazón, tal vez. Quizá le arrancase los pulmones, o los intestinos. Ante la idea de no sobrevivir a semejante extracción, Billy se asustó. No quería morir, todavía no. Solo tenía 29 años, y aunque había visto y vivido más que la mayoría, no lo consideraba suficiente. Los niños le sonreían sin malicia, solo había inocencia en sus rostros angelicales. Entonces, el niño estiró. Lo que salió, en su mano, no fue un órgano interno. En realidad, el niño llevaba de la mano a otro niño, un Billy de unos ocho años que miraba su cuerpo adulto caer al suelo, perplejo y confuso. En su cuerpo no había ninguna señal. Billy niño arrastró el cadáver hacia otro cuarto, donde estaban todos los cuerpos de los adultos que se negaron a dejar jugar a su niño interior. Luego, Billy volvió con sus nuevos compañeros. Un chaval de unos trece años le dio una canica. Billy la hizo votar una vez. Y dos veces. Y tres. Se rió, una alegría infantil que no sabía de maldades ni peligros. Tenía una canica, amigos y tiempo para jugar. Todo el tiempo del mundo, en realidad.
En todas partes hay niños que juegan con canicas. Niños que no son, sino que fueron. Niños que, en la fase adulta, se habían asesinado a si mismos porque ya no creían en la magia de las canicas. En todas las ciudades, en todos los edificios, no solo en los pisos superiores, sino también en los inferiores y en los tejados, los niños alegres juegan con las canicas, sin miedo, sin prisas y sin agobios, sin aburrimiento ni desdicha. Las canicas resuenan en todos los techos del mundo. Es posible que algunos lo hayáis oídos, un ruido molesto que en un principio atribuiréis a un vecino, y cuando descubráis que el vecino es inocente, a las ratas. Podéis ir a comprobarlo una noche, si queréis. No os pasará nada. Os encontraréis a unos niños muy simpáticos, que no os harán ningún daño. A no ser, claro, que hayáis perdido todo el potencial de soñar y jugar, en cuyo caso el regalo de los niños os parecerá una maldición…