John Carpenter, uno de los grandes
John Carpenter es uno de los pocos cineastas que puede presumir de haber hecho de todo. Ha instaurado modas que han durado décadas con su "Noche de Halloween", ha dirigido trepidantes western modernos, ha hecho ciencia ficción, ha hecho terror... es de los pocos que pueden vangloriarse de haber adaptado el espíritu del genio HP Lovecraft, sin adaptar abiertamente ninguna de sus obras, con "La cosa" y "En la boca del miedo"
Actualmente, ya anciano, algunos dicen que enfermo (de cáncer, o de alguna enfermedad de la piel, según la fuente) su último trabajo en cine, "Fantasmas de Marte" fue abucheado en festivales por gente que esperaba con más impaciencia "Spiderman" de Sam Raimi. Los estudios ya no piensan en él, aunque es innegable que, por muy anti sistema que sea, John Carpenter les ha hecho ganar dinero con algunas de sus películas.
Incomprensiblemente, la crítica le desprecia en su propio país, y tampoco en el nuestro es especialmente considerado. Solo en Francia se analiza y se respeta su obra con el detenimiento que merece. Nos ha hecho pasar malos y buenos ratos. En las contadas ocasiones en que se ha rendido a realizar productos comerciales, ha conseguido filmes por encima, e incluso muy por encima de la media, aunque habitualmente, tanto él como sus fans renieguen de cosas como "Memorias de un hombre invisible".
John Carpenter había rodado ya diversos cortos sobre monstruos mucho antes de que ninguno de sus compañeros hubiera cogido una cámara. Participó en el western "La resurrección de Bronco Billy" aunque no la dirigió él, como algunos medios parecen empeñarse en afirmar. Hizo fanzines, escribió artículos sobre cine y formó su propia productora, Emerald, con la que comenzó a hacer unos trabajos más ambiciosos, aunque igualmente eran a nivel escolar.
Comenzó a estudiar en la Universidad del sur de California, donde nunca se graduó, se dice que porque debía estudiar una lengua extranjera, y no quiso perder tiempo en ello. Asistió a clases impartidas por gente como John Ford, Alfred Hitchcock y Orson Welles. Conoció a Dan O'Bannon, futuro guionista de "Alien, el octavo pasajero" y director de la gamberra ochentada que es "El regreso de los muertos vivientes", y con él se decidió a emprender un mediometraje como proyecto de fin de curso, inicialmente con el título de "The Electric Dutchman" sobre un grupo de astronautas que viajaban por el espacio bombardeando planetas cuya órbita era un peligro. El mediometraje, realizado con sudor y sangre, volvió a emprenderse cuando ya estaba terminado, y gracias a diversos productores se convirtió en un largometraje estrenado comercialmente, con el título de Dark Star (tras haberse barajado el nombre de Planetfall). En España se estrenó con el imbécil subtítulo de "Aluniza como puedas".
La película es un derroche de ingenio, sin medios técnicos, sin poder costearse complicados efectos especiales. Carpenter y O'Bannon se repartían diversas funciones, y la nave espcial fue construida prácticamente con piezas de lavadoras, los efectos de luz, realmente chapuceros vistos hoy en día, fueron baratos y efectivos. La película ostenta un aire setentero, con esos astronautas barbudos que más semejan hippies que otra cosa. Básicamente, pululan por la nave intentando entretenerse, algo decaídos tras haber perdido a su comandante, con el que no obstante, pueden comunicarse, ya que su cadáver está congelado a bordo. Reciben mensajes alentadores de casa, pero en el fondo, les dicen que todavía no pueden volver y que no se les podrá proporcionar ninguna de las mejoras que necesitan.
Además, pulula por el filme un alienígena recogido por el espacio, que semeja un calabacín gigante o una pelota playera, con extrañas patas, y que a punto está de costarle la vida al astronatuta que se empeñó en recogerlo (el mismo O'Bannon, que interpreta un papel, mientras Carpenter pone la voz del fallecido comandante). Por si toda esta alucinógena locura no fuera suficiente, una de las bombas destinadas a destruir planetas con órbitas inestables adquiere conciencia propia, cansada de los errores de la nave, y decide destruir la Tierra. Los astronautas deberán convencerla de lo contrario mediante parrafadas filosóficas improbables.
Carpenter compone la música, con ecos de western. Música del oeste para una parábola de ciencia ficción que se pretendía que fuera "2001, una odisea del espacio para hippies". Tras el enorme esfuerzo y los acopios de imaginación, ingenio y esfuerzo que Carpenter y O'Bannon tuvieron que hacer para sacar adelante lo que en principio era un proyecto universitario sin trascendencia, sería desagradecido decir que la película es mala. Debería ser contemplada con indulgencia y complicidad. Algunas escenas son claramente de relleno, para alcanzar suficiente metraje y poder estrenarla en salas, como la reunión en el salón, donde uno de los astronautas pretende hacer reír a sus compañeros con unas ridículas gafas. En cambio, se nota la mano de un futuro maestro en la agobiante escena en que Pinback queda atrapado en un ascensor, corriendo serio peligro. La música ya resulta un componente importante para involucrar al espectador.
Después de semejante rareza, Carpenter y O'Bannon se separaron. Hay quien habla de lucha de egos, o de celos por parte de O'Bannon, que quería haber dirigido él la película. En cualquier caso, los dos tomaron caminos muy diferentes, y mientras O'Bannon es un fantástico guionista, irregular como director, John Carpenter es un referente ineludible de su época.
La película tuvo su estreno en 1974. Durante dos años, Carpenter vendió algunos guiones, el más reseñable "Ojos" película que luego fue protagonizada por Faye Dunaway, aunque se dice que ahí, del guión de Carpenter no quedaba prácticamente nada.
En 1976, un productor de Filadelfia le ofrece dirigir un western, con libertad creativa total. Carpenter trabajará por primera vez con la productora Debra Hill, y no tardará en darse cuenta de que hacer un western con los precarios medios de que dispone es completamente imposible. Así, convierte a los sheriffs en policías de una urbe moderna, y a los indios en pandilleros adolescentes sedientos de sangre venganza. Así nace "Asalto a la comisaría del distrito 13", que originalmente se iba a titular "Anderson's Alamo". En verdad, no se difiere mucho de cualquier western, la camaradería, las relaciones imposibles entre supuestos enemigos, el acoso sin piedad... todo está ahí. Se dice que el filme es prácticamente un remake modernizado de "Río Bravo". Un guión bastante acertado, aunque con algunas incoherencias, una fotografía oscura y opresiva (obra de Douglas Knapp, que ya se habían encargado de la fotografía de Dark Star) unos actores prácticamente desconocidos, lo que hace que el drama sea mucho más creíble, y una inolvidable banda sonora del propio Carpenter, son los puntos fuertes de esta irrepetible película, creando un ambiente de tensión y de terror que le ha valido comparaciones con "La noche de los muertos vivientes".
La historia comienza con un brutal tiroteo policial contra una banda callejera. El hecho de que todo suceda casi en off, en la oscuridad, y que apenas se vea a las fuerzas del orden lo hace todo más terrible. La policía advierte que se esperan represalias por parte de los compañeros de los fallecidos.
Un hombre del que poco sabremos va con su hija a recoger a la canguro de esta, que vive en un barrio muy poco recomendable. Allí, la niña va a comprar un helado, y será brutalmente asesinada pro los pandilleros, un crimen frío y brutal que conmueve. El padre, enloquecido, persigue a los pandilleros y dispara contra ellos, por lo que le persiguen, hasta que el hombre consigue refugiarse en la comisaría nueve del distrito 13 de Anderson.
Allí, sabemos, gracias a un excelente montaje a dos bandas (del propio Carpenter, acreditado con el pesudónimo de John T. Chance) que están cerrando las instalaciones para trasladar la comisaría a un edificio más moderno. El oficial Ethan Bishop (Austin Stoker) en un policía en su primer día de trabajo, que años atrás vivió en Anderson y fue enviado a esa misma comisaría por su padre, debido a su comportamiento. Esto es una anécdota real, contada por Alfred Hitchcock, sucedida en su infancia y que explica el miedo a la autoridad que destilan sus filmes. La misión de Bishop es esperar a que trasladen los últimos enseres y contestar al teléfono por si se produce alguna llamada. Allí está otro agente de policía, la agente Leigh (enigmática Laurie Zimmer, de la que habrá que hablar más adelante) y una secretaria, Julie.
A la comisaría de Anderson llega un autobús lleno de presos custodiado por Straker (Charles Cyphers, habitual del cine de Carpenter en sus primeros años) en dirección a un presidio mejicano. A bordo va un hombre enfermo, por lo que el autobús para en la comisaría para pedir asistencia, sin saber que esta ha sido trasladado. pero en el autobús también va el reo Napoleón Wilson (Darwin Joston) un asesino condenado a muerte y muy célebre, conocido y temido por todos. Una vez todos están allí, llega el padre, desesperado. Los pandilleros cortan la luz y el teléfono y asesinan a varios de los personajes. Exigen que se les entregue el hombre que ha disparado contra los suyos, pero Bishop, que pese a ser un novato tiene un gran sentido del deber, se niega en redondo. Comienza un brutal asedio sin tregua, un tiroteo silencioso en la noche, donde los pocos policías, con escaso armamento y aún más escasa munición, deberán aliarse con el criminal, Napoleón Wilson, y el otro reo, Wells (Tony Burton) para sobrevivir...
Se forja un imposible grupo de supervivientes, y la camaradería está por encima de todo a cualquier precio. Un asesino temido por toda una nación (aunque durante todo el film, Wilson no parece tener comportamiento violento o psicópata, quizás es un falso culpable hitchckoniano) estrecha lazos con un policía novato, pero honrado, valiente y de ideas claras. Juntos discuten sobre los pasos que han de dar para sobrevivir, mientras los pandilleros, sin cara, sin nombre, sin rostro, asolan la comisaría en la oscuridad y el silencio (pues sus armas usan silenciadores). Mágica la escena en la que las paredes se descorchan y los papeles vuelan por la sala debido al tiroteo, sin que se oiga un solo ruido. La banda sonora permanece en el cerebro del espectador hasta mucho después de los créditos, como sucederá en posteriores películas de Carpenter cuya BSO compone él mismo.
La película fue tibiamente acogida por los estadounidenses, y se le auguraba un futuro gris en el mercado, pero en un festival de cine londinense, la respuesta fue absolutamente entusiasta, gracias a lo cual la película fue revalorada y hoy es un clásico, la prmera obra maestra de un director incomprendido. La película y su trayectoria casi son un resumen perfecto de la historia del cineasta: despreciado por la crítica de su país, sus películas son odiadas por un sector de la población, que las condena al ostracismo, pero unos cuantos fans las convierten en objeto de culto, lo que impide que caigan en el olvido, y unos años después son reconocidos clásicos.
Mañana sigo con "La noche de Halloween