Re: EL GIGA POST de JOHN CARPENTER (I)
La acción transcurre entre gélidas sombras y disparos, rodeado de un éter claustrofóbico y estremecedor, en el que la irracional violencia del colectivo externo parece extraído de ‘La noche de los muertos vivientes’ (máxima referencia junto a la obra magna del western ‘Río Bravo’, de Howard Hawks), supeditando una soledad y un silencio sepulcral que apenas se rompen por las ráfagas de tiros de la obscura amenaza y por las perfiladas relaciones interpersonales que forjan sus protagonistas: el citado Bishop, los reclusos Napoleón Wilson y Welles y Leight, una aguerrida secretaria. En esta pieza inolvidable que representa el inicio imparable de la aleccionadora carrera este ‘tótem’ llamado John Carpenter se colocaba a sus protagonistas, criminales y policías, en el mismo bando, dentro de un enclaustramiento involuntario, en un encierro que les hace evolucionar y endurecerse a la vez como grupo y como seres humanos. Muchas de las películas del cineasta giran en torno a un aislamiento en espacios delimitados y al margen de la civilización, hostigado durante el metraje por fuerzas malignas amenazadoras, influencia implícita de Hitchcock y ‘Los Pájaros’. Esta referencia, antes literaria manifestada de la monumental novela de Richard Matheson ‘Soy Leyenda’, se sucederá en filmes como ‘La niebla’ (1979), ‘1997: Rescate en Nueva York’ (1981), ‘La cosa’ (1982), ‘En la boca del miedo’ (1994) y su soberbia ‘Vampiros’ (1998 ), filmes en los que la puesta en escena la creación de ambientes tiene su origen en este clásico moderno.
‘Asalto...’ es un filme opresivo, claustrofóbico, de una tensión en la que cada ataque es progresivamente más violento y ajustado a un ambiente intratable, en el que el hermetismo y la angustia crece por momentos para desestabilizar a los personajes confinados en los muros de la comisaría. La situación irrefrenable de pánico acumula el tensión hasta su explosivo final.
De su admirado ‘Río Bravo’ y su vena ‘hawksiana’ Carpenter recoge ese aire predominante de western ‘urbano’, donde se contraponen a lo largo del metraje una excelente conjunción de escenas de acción cortas e intensas y los dilatados intervalos de quietud para la profundización dramática de los personajes. El segundo largometraje de Carpenter comparte con Hawks y su cine varios vínculos temáticos, definitorios de las pautas marcadas en la ulterior filmografía del director de Kentucky. Desde ese acompasado ritmo argumental, la vacilación promovida por una historia de atracción extravagante cristalizada en las miradas del peligroso Napoleón y la joven Leight o el manifiesto trasfondo épico que envuelve toda la película. Si en algo se parecen Carpenter y Hawks es en la buscada predisposición a romper con las reglas, en la objetivo final de experimentar con los géneros sin perder los códigos identificativos de su cine, de sus dispares y a la vez equivalentes estilos.
‘Asalto a la comisaría del distrito 13’ fue un rotundo fracaso tanto de crítica (que la machacó sin cargo de conciencia) como de público, ajeno al peliculón que tuvieron ante sí. Lo que Carpenter consideraba una obra con medios limitados que pretendía el difícil objetivo como de yuxtaponer tres géneros tan difíciles como son el policíaco, el western y el de terror, vería, tan sólo un año después, un inesperado reconocimiento colmado de elogios y alabanzas en el Festival de Londres celebrado en 1977, en la retrospectiva que se dedicó a la serie B, registro del que siempre se ha sentido muy orgulloso de formar parte. Es curioso lo que pasó con la segunda obra de Carpenter, ya que hoy en día, todos coinciden en señalarla como una pequeña obra de culto que se ha agrandado con el paso del tiempo adquiriendo una trascendencia que ha rebasado toda duda.
John Carpenter volvía a destacar en una admirable dirección, en el montaje (ocultándose en los créditos bajo el nombre de John T. Chance, el nombre de John Wayne en su admirada ‘Río Bravo’), en la banda sonora compuesta por él mismo, una banda sonora que acumula una excelsitud pocas veces lograda en su reputada carrera como compositor para casi todas sus películas, aportando una música que alcanza cotas de dinamismo insuperables. Y, sobre todo, la magnífica composición de sus todos actores. Comenzando por el magnífico Darwin Joston, Austin Stoker, Laurie Zimmer, Nancy Loomis, hasta la soberbia aportación de Frank Doubleday (todos ellos desconocidos antes de hacer la película) Todos estos elementos confieren a ‘Asalto de la comisaría del distrito 13’ una singular vocación de clásico.
En pleno desarrollo de su evolución como guionista y director, Carpenter vendió los derechos de dos antiguos guiones que serían adaptados en 1978 para la gran pantalla por el prestigioso Irvin Kershner bajo el título de ‘Ojos’ (‘The eyes of Laura Mars’) y por Lee H. Katzin que se haría con la dirección de ‘Zuma Beach’.
‘Ojos’, es un pequeño ‘thriller’ misceláneo entre la ciencia ficción y el drama inquietante que narraba la historia poco convencional (sobre todo para los timoratos globos oculares de los yanquis) de un fotógrafo de ‘Penthouse’ (la publicación onanista por excelencia) que se ve envuelto en los brutales asesinatos de sus propias modelos, de ésas de cuerpazo serrano que ponen bruto a cualquiera. Como no podía ser de otra manera, todas las sospechas recaen sobre él, un tipo oscuro que intenta demostrar su inocencia de cualquier manera. La cinta en cuestión fue un fracaso, no por lo atinado del argumento, sino por la planificación errónea en su visión conceptual, incluso aún teniendo como protagonistas a Faye Dunaway y Tommy Lee Jones.
‘Zuma Beach’, por su parte se aleja de cualquier temática conceptual de Carpenter, al relatar ésta la vida de una chica que, cansada de la fama, se retira a una playa donde el ambiente ‘teenager’, el surf y el calor asfixiante, los cuerpos moldeados en los gimnasios y el bronceado de los chicos y chicas que juegan al ‘volley’ servían como vehículo ideal para el lucimiento de Suzanne Sommers, que por aquel entonces era una estrella del pop con el mítico ‘Three´s Company’. Trabajos que si bien reportaron bagaje a su iniciático y promisorio trayecto profesional, no son muy destacables en su obra filmográfica.
La noche del psicópata
Todos conocemos a estas alturas al célebre Ed Gein, el asesino en serie que sirvió como fuente inspiración a Hitchcock en ‘Psicosis’ y que acuñó el término hoy conocido como ‘psycho-killer’. Sigue siendo extraño que un asesino patógeno y espeluznante, haya supuesto para la cultura norteamericana un icono de modernismo referencial a la hora de inspirar los asesinos de la literatura de suspense o del cine. El germen de ‘La noche de Halloween’ no está tanto en la inspiración que encuentra el asesino Mike Myers en Gein, sino en la pertinente idea de hacer pasar miedo al público con el modelo que siguieron adorados cineastas de culto como Herschell G. Lewis, Tobe Hooper o Wes Craven en sus clásicos del cine ‘gore’.
Era el momento adecuado para realizar una cinta de terror, los jóvenes norteamericanos estaban en plena revolución cultural y la ‘slasher movie’ era el ingrediente que buscaban los productores y el público en una sala de cine. Es entonces cuando el productor Irwin Yablans sugirió a Carpenter rodar una película de terror de serie B sobre un psicópata que asesina ‘babysitters’. Carpenter, ávido de nuevas formas de hacer cine y de su constante afición por el cine de terror, puso su maquinaria en marcha, esta vez en colaboración de la que se establecería como inseparable pareja artística Debra Hill, con la que escribió un sorprendente proyecto en tan sólo diez días de trabajo conjunto.
‘La noche de Halloween’ era historia simple y sencilla, sin grandes complicaciones. Una historia que, a pesar de su pureza, resultaba aterradora. La misteriosa y popular noche de Halloween, multitudinaria fiesta norteamericana, se teñía de sangre con la aparición de un desequilibrado llamado Mike Myers, un neurótico precoz que se escapa del psiquiátrico, continuando la masacre que comenzara él mismo día 15 años atrás cuando, en un arrebato de locura infantil, asesinó brutalmente a su hermana. Este argumento formulario ya había tenido sus antecesoras en los inolvidables clásicos ‘Blood Feast’, ‘La matanza de Texas’o ‘La última casa a la izquierda’ entre otras, pero la película de Carpenter era la primera que conseguía una estética que fusionaba el suspense más ‘hitchcockiano’ con la vena gore que estaba de moda por aquellos años (inolvidable es la secuencia inicial, con la vista subjetiva de Myers mirando a través de una máscara de carnaval, la del acoso en el armario a Jamie Lee).
‘La noche de Halloween’ se rodó a mediados de 1978 de forma fulminante, acabándose en sólo mes y medio (incluida post-producción). Durante el rodaje ningún miembro del equipo técnico cobró, excepto Donald Pleasance (ya que tenía un caché debido a sus apariciones en películas importantes como casi siempre en papeles secundarios), esperando todos que fuera un éxito en taquilla. Nada más lejos de la realidad. Cuando se estrenó, fue un rotundo fracaso. Todos, con Carpenter a la cabeza, se llevaron la mayor decepción de su vida. Las esperanza puestas en una película generada para las generaciones de adolescentes sedientos de sangre en la pantalla. Carpenter dio por perdido un proyecto en el que había puesto lo mejor de sí mismo. Pero, incomprensiblemente, cuando se reestrenó al año posterior, coincidiendo con la noche del 31 de octubre (Halloween), el público acudió en masa a presenciar la obra que lanzaría internacionalmente a su director. Y no sólo eso, sino que, además, la película de Carpenter se convertiría en la cinta independiente más rentable y taquillera de la historia del cine, levantando una auténtica fiebre en todo el país.
También pasó a los fastos cinematográficos por ser la precursora de toda una generación de perdurables ‘psycho-killers’, cuyos creadores vieron en Myers un progenitor de psicópatas como Jason Voorhes, Freddy Krueger, Pinhead, Candyman o Ghost Face... plagiado hasta la extenuación, y que en la siguiente década reinarían en lo alto de la taquilla de todo el mundo. ‘La noche de Halloween’ se mostraba al público como una estilizada muestra de sofisticación, de acabado perfecto y con un dominio de cada aspecto formal que concedía a esta sublime obra el privilegio de ser una de las pocas películas de los fastos del cine que lograban un objetivo hoy inalcanzable: el terror en el espectador, de forma diáfana, inocente en la actualidad en prejuicio del chorro hemoglobínico y el susto fácil.
En ‘Halloween’ el mencionado Donald Pleasance (que encarnaba un personaje adyacente al profesor Van Helsing de Bram Stoker y homenaje declarado al personaje de John Gavin en ‘Psicosis’) y la estupendísima Jamie Lee Curtis como la joven estudiante Laurie Strode son el eje fundamental en la lucha por la supervivencia contra el asesino sin escrúpulos Mike Myers. Con un ‘tempo’ unitario (todo transcurre en la citada noche), digno de los grandes mitos de Hollywood, los violentos y estudiados planos y la calmada dimensión estética se rompían con la mala hostia de las secuencias cumbres. ‘La noche de Halloween’ ganó el Gran Premio del festival fantástico de París, así como el del prestigioso festival de Avoriaz.
Uno de los aspectos más sobresalientes del filme fue, como casi siempre, la música compuesta por el propio Carpenter, que le confirió a la totalidad del filme un característico leivmotive imposible de olvidar. Una obra de culto y un clásico a la altura de cualquier obra maestra de distinto género y que es la obra más recordada de este perspicaz cineasta. Carpenter se convirtió, por méritos propios, en cineasta de culto gracias a la película que marcó una era en el género de terror y en gran medida, la carrera del propio director. ‘La noche de Halloween’ no es una película ‘splatter’ como algunos quieren ver, pero sí origen de una retahíla de títulos genéricos que han pasado con letras de oro a la historia del cine ‘gore’, a la genealogía de la ‘slasher movie’.
La senda del éxito y la libertad
1979 sería, sin duda, uno de los años más prolíficos y reconocidos en la trayectoria del cineasta. El reconocimiento a tan productiva comienzo le llegó con el premio ‘Nueva Generación’ de Los Angeles Film Critics otorgado por sus primeras películas ‘Dark Star’, ‘Asalto a la comisaría del distrito 13’ y ‘Halloween’, obras que encauzarían un estilo con una admirable progresión ulterior, en el que el espíritu de estos filmes permanecería perdurable a lo largo de su posterior filmografía. Además, no paró de trabajar de trabajar en todo el año. Después del que se convertiría en un insospechado éxito como ‘Halloween’, el bueno de Carpenter pasaría por una etapa aprovechada y evolutiva, en la que los trabajos alimenticios televisivos fueron poco a poco relegados por aquellos que le han dado a Carpenter esa fama de díscolo independiente en los géneros en los que ha sobrevivido como un maestro.
La televisión ofreció a Carpenter la oportunidad de ir puliendo su formación como cineasta en dos destacables obras menores de una mínima y poco reconocido período catódico. Por una parte dirigió ‘Someone's Watching Me’, un brillante y modesto thriller y sin pocas pretensiones que se considera el homenaje manifiesto del cineasta de culto al gran maestro Hitchcock. Ya no sólo por ese arranque con unos extraordinarios títulos de créditos iniciales que disponen unas líneas blancas que giran en un fondo rojo formando pequeños rascacielos, insinuando una ofrenda a ‘Con la muerte en los talones’, si no por la constante intriga organizada alrededor de una trama que supone un libre acomodo de las líneas argumentales de ‘La ventana indiscreta’. La historia cuenta la pesadilla de Leigh Michaels (Lauren Hutton), una alta ejecutiva del mundo audiovisual que se muda de Nueva York a Los Ángeles tras acabar una tormentosa relación sentimental. Cuando parece que Leight ha encontrado la estabilidad y la perfecta ocasión para reanudar su vida con un importante trabajo y un apartamento en las lujosas torres de Arkham, la angustia de Leight comienza... Un psicópata con aficiones voyeurísticas la espía desde un edificio colindante, obsesionándose con la belleza de la joven. Los regalos y las flores empezarán a ser sustituidas por amenazas y una peligrosa actitud intimidatoria. El juego de miradas del asesino a Hutton con prismáticos, desde una subjetividad perturbadora, los diálogos decididos de la actriz protagonista o de la siempre correcta Adrienne Barbeu (a la postre la que se convertiría en mujer y musa) o la partitura inspirada en Bernard Herrmann que compuso Harry Sukman conforman lo mejor de una cinta muy difícil de conseguir pero, que como no podía ser de otra forma, ha pasado a los anales del telefilme como una producción de culto que se estrenaría el 29 de noviembre de 1978 a través de la NBC. Casualmente uno de los días que emitían una de las series de moda en USA durante aquella época que era ‘Con ocho basta’, por lo que ‘Someone's Watching Me’ fue más bien un fracaso. La pena es que no se distribuyera en vídeo.
(a Childs) "¿Por qué no esperamos aquí un rato a ver qué ocurre?" </p>
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