Re: John RAMBO
La idea de presentar a un Rambo agrio, envejecido, de vuelta de todo e hiperviolento en esta cuarta parte de la saga no era ni mucho menos desdeñable. Stallone rescatando un icono popular para forjar el ocaso del super-anti-héroe. El enfoque posiblemente desmitificador prometía lo suyo.
La realidad, por desgracia, es bien distinta en cuanto al resultado. Stallone, ya detrás de las cámaras, toma el mando para aportar su propia visión, recuperando, al igual que en el caso de Rocky, una saga y un personaje ya incrustados en la memoria colectiva. Y lo hace dirigiendo una película que prácticamente se podría considerar como una parodia (yo diría que inconsciente) de sí misma, pues desde la planísima historia (que actúa como mera excusa para detonar la acción) hasta la topiquísima definición de unos personajes/monigotes vulgares y de usar y tirar (sin excepción), "John Rambo" se debate entre coordenadas que, a día de hoy, casi se dirían ridículas.
Esos villanos birmanos malos-malísimos diseñados a partir del arquetipo más simplón y rancio posible, el carácter totalmente unidimensional del resto de personajes (misioneros, mercenarios, víctimas), la absoluta endeblez de los diálogos o la plasmación gore del aplastamiento brutal que recae sobre todo hijo de vecino remiten a la acción más desvergonzada y moralmente discutible de los 80. De esta manera, la película es de un anacronismo desopilante que, por si fuera poco, incurre en un maniqueísmo al rojo vivo y hasta subrayado (la introducción documental).
"John Rambo", es cierto, entretiene durante su ajustado metraje, despunta en su recta final mediante un festín sanguinolento que se recrea en la destrucción masiva y hasta causa cierta simpatía al ver de nuevo en acción a un héroe belicoso ya cansado y metido en el fregado a regañadientes.
No queda una mirada reflexiva que hurgue en el héroe. Tampoco una aventura de pura fisicidad y adrenalina al estilo de un McTiernan o del último Gibson. Lo que ofrece, en fin, es una muesca más en una saga que aún no cuenta con un colofón de verdad que entierre, de una vez por todas, al mito.
El regusto, tras este sainete de explosiones, no es otro que el de una oportunidad perdida.