Re: bla
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Quote:<hr>¿iPod? No, gracias
Esto es como los que creen en los Jedis (como Obi Wan) y los que creen que un láser barre del horizonte a cualquier sable de luz que se precie (como Han Solo). He llegado a pensar que la relación amor-odio entre los aduladores del iPod y los fervientes creyentes del iriver es materia de la metafísica digital.
Todo esto viene porque, por un lado, acabo de ver la nueva edición en DVD de la trilogía Star Wars, y por otro, porque entre varios compañeros de la revista tenemos un duelo insalvable, de esos que por más razones que se añadan, nunca gana ninguno. ¿iPod o iriver? ¿cuál es el reproductor de música definitivo?
Una pregunta parecida me rondaba la cabeza hace ya varios meses (siete para ser exactos). Después de acabar con varios reproductores de cassete, CD y CDMP3 en los últimos tiempos, había llegado el momento de dar uno de los pasos más importantes de mi vida (bueno, creo que estoy exagerando, pero queda épico). Iba a comprarme un reproductor de MP3 de disco duro. Con la enorme colección de discos que tengo en casa, necesitaba un aparato que me permitiera llevar conmigo la ingente cantidad de Gbytes de MP3 que de ellos resultarían. Un reproductor de memoria Flash no era suficiente y, además, la calidad de los que había probado no era del todo buena.
Entonces, llego la solución vestida de blanco y espejo. Un dispositivo con el tamaño de una baraja de cartas y con capacidad para almacenar 20 Gbytes de música. Era tan bonitoooooo... Me enamoré del iPod a primera vista. Leía todo lo que aparecía en Internet (incluso no hacía caso a aquellos rumores de que la batería era como las pilas del Día), hacía peregrinaciones regulares a la Fnac de Callao (Madrid) para verlo, tocarlo y deslizar mi dedo por su ruedecita táctil... vamos, que se convirtió en una obsesión.
Comentaba con mi colega Nacho las bondades de ese invento celestial mientras planificábamos una compra doble, al peso, de iPods. Existían otras posibilidades, sí, pero el Creative Zen nos parecía un mamotreto y el iriver era inalcanzable por su elevado precio, así que ni reparamos en él por aquél entonces.
Pero gracias al afán comparativo heredado de las tablas de Juanky, antes de desembolsar los más de 300 euros que costaba el precioso aparato, conseguí a través de otro buen amigo, Pablo, probar durante una semana el iPod, todo para mí.
La primera impresión no rompió el hechizo. El cuidado que ponen los chicos de Apple en sus diseños es loable y consigue que te quedes prendado desde el primer momento. Pero claro, llevo utilizando un Walkman desde que tengo uso de razón (hasta para ir al cole me lo llevaba y lo escuchaba durante los cinco minutos que me tomaba el viaje andando) y no me iba a fiar de mis ojos más teniendo en cuenta que se trataba de un aparato que no tiene que entrar por la vista, sino por los oídos. Así, probé el iPod como se tiene que probar: en la jungla de Madrid, en el metro lleno de personas, en la calle con el atronador tráfico, vaya, en las condiciones más duras (no en un laboratorio con paredes blancas, lectores de decibelios y medidores de escalas). Después de un par de días de intenso trajinar, comenzó a vislumbrarse la desilusión.
El iPod es muy bonito, pero ni suena bien (su volumen es irrisorio, sobre todo si lo utilizas en entornos ruidosos), ni es sencillo de utilizar (leyendo las ID3Tag de los archivos MP3 te crea sus propias librerías y no te deja meter mano hasta después: yo no soy el esclavo de ningún reproductor de MP3, ni aunque sea tan bonito como el iPod!!), ni es cómodo (tenía que sacarlo en el metro de su fundita de terciopelo cada vez que quería cambiar de canción poniéndolo a la vista de todos los amigos de lo ajeno) ni su batería es duradera (había que cargarlo cada día).
Este descubrimiento me convirtió en uno de los seres más desdichados del universo digital, pero gracias a esa decepción, se me abrieron los ojos al único, inimitable e insuperable hasta el momento iriver. Empecé a comprobar que ese reproductor tan desconocido para mí (no había campaña publicitaria ni nada que se le pareciera) no era inalcanzable y que gracias a mi hermana, que viajaría a Miami, podría conseguir un reproductor de MP3 que en España costaba casi 600 euros por algo menos de la mitad. Como San Pablo en su conversión, el motivo de mi devoción cambió al comprobar que podía ser realidad, así que compré a través de Amazon.com un flamante iriver HP-120.
La mejor compra de mi vida.
El iriver da mil vueltas al iPod en calidad de sonido (suena ALTO y sin distorsión además de contar con SRS, WOW, ecualizador y unos cascos decentes), facilidad de uso (sí, el iPod tiene "la rueda", como diría el Dr. Maligno, pero mi iriver tiene un mando a distancia de serie, no comprándolo aparte, con una pantalla LCD de cuatro líneas, ahí es nada... que me permite manejar rápidamente mi colección de música en menos de un segundo), facilidad para introducir música (nada de un programa accesorio como el iTunes para introducir los MP3 como él quiera, aquí es tan fácil como arrastrar la carpeta que te has creado, con los nombres que has elegido y te la llevas al iriver desde el explorador de Windows como harías con cualquier carpeta), duración de la batería (toda una semana sin cargarlo y utilizándolo todos los días unas 3 horas), etc, etc...
Vamos, que el iPod puede ser el reproductor de música más bonito del mundo, pero yo me compro una tostadora para tostar pan, no para que quede mona en la encimera.
Si queréis leer otra opinión parecida a la mía, os pasáis por aquí (una comparativa de reproductores de disco duro hecha por los americanos de PC Magazine) y si seguís pensando que el iPod es el reproductor definitivo, os leéis la comparativa que aparece en el número de septiembre de PC ACTUAL. En cualquiera de los dos casos, me gustaría que aportarais vuestro punto de vista comentando este post.
Escrito el 25 de septiembre de 2004 en Música digital
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Manu1oo1
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