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Esas declaraciones del Spielberg justificando el terrorismo de estado de la Golde Mier me parecen una humillación en parte y no me cuadra con la aparente intención de la pelicula.
porque si te parece bien esa actuación ¿para que haces una pelicula mostrando las dudas de sus ejecutores?
Munich
¿Quי tiene de malo el תltimo film de Steven Spielberg?
Bret Stephens
Steven Spielberg quiere que usted sepa algo sobre “Munich”, su reciיn estrenado y controversial recuento de los esfuerzos de Israel por vengar la masacre de sus atletas en los Juegos Olםmpicos de 1972: “Trabajי muy duro”, dice, “para que este film no fuera a ser de ninguna manera un ataque contra Israel.” De ser asם, ¿por quי ha provocado entonces tanto disgusto entre los generalmente considerados como “pro Israel”?
Quizבs tenga algo que ver con su selecciףn de guionista, Tony Kushner, el escritor traםdo por Spielberg para reelaborar el guiףn original de Eric Roth. Kuushner (que, como Spielberg, es judםo) cree que la creaciףn del estado de Israel ha sido “una calamidad histףrica, moral y polםtica” para el pueblo judםo. Cree que la polםtica del gobierno de Israel ha sido “un sistemבtico intento por destruir la identidad del pueblo palestino”. Cree que la responsabilidad por hacer la paz entre israelםes y palestinos recae fundamentalmente sobre los israelםes, “porque son mucho mבs poderosos.” Cree que el Primer Ministro Ariel Sharon es “un criminal de guerra no encausado.”
Quizבs tenga que ver con el curioso uso de reflejos “judםos.” En “Munich,” una y otra vez los judםos aparecen contando el costo de cada muerte, hasta el תltimo dףlar: $352,000 por un asesinato en Roma; $200,000 por una bomba en Parםs. “Matar palestinos no es exactamente barato”, observa uno de los miembros de un equipo israelם. Un francיs que estב buscando el paradero de unos hombres buscados elogia al lםder del equipo israelם Avner Kauffman (Eric Bana) porque paga “mejor que nadie.” Un oficial del Mossad le advierte a Kauffman no excederse del presupuesto. “Quiero recibos”, le dice.
Quizבs tenga que ver con las libertades histףricas que Spielberg se toma para hacer la historia. “Venganza”, el libro de George Jonas sobre el que se basa la pelםcula, estב considerando como una fabricaciףn. Estב basado en una fuente llamada Yuval Aviv, que alega ser el modelo para Avner pero que, segתn las fuentes israelםes, nunca estuvo en el Mossad y no tenםa ninguna experiencia en inteligencia mבs allב de haber trabajado como un inspector para El Al, la aerolםnea israelם.
Quizבs tenga que ver con la descripciףn que Spielberg hace de los objetivos palestinos. El primer objetivo del equipo israelם es un hombre mayor, evidentemente buena persona que el pתblico ver por primera vez leyendo una traducciףn italiana de Sheherezada. El segundo objetivo es un culto diplomבtico y padre amante. El tercero le ofrece a Avner un cigarro, Avner le paga el gesto haciיndolo volar en pedazos mientras estב en la cama. Otro objetivo hace un conmovedor discurso sobre la nostalgia que siente por su patria y la agonםa de 24 aסos de desposesiףn. No hay nada de malo en presentar a los palestinos – inclusive a los terroristas – como seres humanos complejos. Sin embargo, no se ve a ninguno de estos personajes realizando los terribles actos por los que se han convertido en objetivos, a diferencia de los israelםes del film, que constantemente estבn realizando actos sucios.
Quizבs tenga que ver con los falsos argumentos que los israelםes ofrecen para justificar su venganza. “La תnica sangre que a mם me importa es la sangre judםa”, dice Steve (Daniel Craig), el mבs macho de los asesinos israelםes. Steve es un judםo de Africa del Sur, rubio y de ojos azules, y de alguna forma no nos sorprende que este ario judםo exprese los puntos de vistas mבs racistas. La madre de Avner le da a su hijo una justificaciףn de las ejecuciones diciיndole que el fin justifica los medios: “Lo que haya que hacer”, le dice, “al fin tenemos un lugar sobre la Tierra.” Y luego estב la Primer Ministro Golda Meir (Lynn Cohen) que justifica la polםtica de los ajusticiamientos diciendo “olvםdense de la paz por ahora, tenemos que ser fuertes”. No importa que en 1972 ni los estados בrabes ni la OLP estuvieran dispuestas a vivir en paz con Israel bajo ninguna circunstancia. No importa tampoco que la paz y la fuerza no sean opciones incompatibles.
Quizבs tenga que ver con la falsa dicotomםa que el film establece entre los ideales judםos y las acciones de Israel. “Toda civilizaciףn encuentra necesario negociar compromisos con sus propios valores’’, dice la Golda Meir del film. Y, sin embargo, la Torah y el Talmud estבn llenos de descripciones de la justificada aniquilaciףn de los enemigos. (Hanuka, por ejemplo, conmemora la victoria de los macabeos sobre el imperio Selיucida.) Es el cristianismo, no el judaםsmo, el que aconseja poner la otra mejilla.
Quizבs tenga que ver con lo que en Hollyywood se conoce como el “arco de carבcter” del hיroe. La figura de Avner se presenta en la pelםcula como el quinta esencial sabra, el hijo de pioneros sionistas personalmente seleccionado para la misiףn por la misma Primer Ministro. Pero en lo que sus dudas sobre la misiףn van creciendo, asם aumenta su desilusiףn con Israel. En un viaje de regreso a Israel, apenas se anima a estrechar la mano de dos soldados que lo felicitan por sus legendarias acciones. Para el final de la pelםcula, se ha mudado con su familia para Brooklyn y estב convencido de que el Mossad estב planeando su asesinato.
Quizבs tenga que ver con la escena final del film. Ephraim (Geoffrey Rush), el jefe de Avner en el Mossad, ha venido a Nueva York para pedirle a Avner que “regrese a casa.” Avner rehusa, aparentemente, Israel no es un lugar adecuado para este hombre moralmente sensibilizado. Despuיs, Avner invita a Ephraim a comer con יl en su casa. “Parte el pan conmigo”, dice. “¿No es eso lo hacen los judםos?” Ahora es Ephraim el que se niega, como si esas viejas tradiciones ya no le interesaran a los duros israelםes de hoy.
Quizבs tenga que ver con la decisiףn de Spielberg de mostrar la matanza de los atletas israelםes (extraסamente intercalada con una escena sexual de particular vulgaridad) al final de la pelםcula en vez de al principio. El efecto es confundir causa y consecuencia; hacer que la matanza parezca una respuesta a las atrocidades de Israel; convertir a Munich en otra etapa del proverbial ciclo de violencia o lo que Spielberg llama de “respuesta a una respuesta.” Spielberg ha dicho que hizo esta pelםcula como un tributo a los atletas caםdos. Lo que ha conseguido es trivializar su asesinato.
“Si uno parte de un prejuicio”, le dijo recientemente Kushner al diario Cleveland Plain-Dealer, “va a escribir una mala obra de teatro o una mala pelםcula.” Ver “Munich” es reconocer la verdad de esta afirmaciףn.
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Tomado de The Wall Street Journal
Traducido por AR
Munich
¿Quי tiene de malo el תltimo film de Steven Spielberg?
Bret Stephens
Steven Spielberg quiere que usted sepa algo sobre “Munich”, su reciיn estrenado y controversial recuento de los esfuerzos de Israel por vengar la masacre de sus atletas en los Juegos Olםmpicos de 1972: “Trabajי muy duro”, dice, “para que este film no fuera a ser de ninguna manera un ataque contra Israel.” De ser asם, ¿por quי ha provocado entonces tanto disgusto entre los generalmente considerados como “pro Israel”?
Quizבs tenga algo que ver con su selecciףn de guionista, Tony Kushner, el escritor traםdo por Spielberg para reelaborar el guiףn original de Eric Roth. Kuushner (que, como Spielberg, es judםo) cree que la creaciףn del estado de Israel ha sido “una calamidad histףrica, moral y polםtica” para el pueblo judםo. Cree que la polםtica del gobierno de Israel ha sido “un sistemבtico intento por destruir la identidad del pueblo palestino”. Cree que la responsabilidad por hacer la paz entre israelםes y palestinos recae fundamentalmente sobre los israelםes, “porque son mucho mבs poderosos.” Cree que el Primer Ministro Ariel Sharon es “un criminal de guerra no encausado.”
Quizבs tenga que ver con el curioso uso de reflejos “judםos.” En “Munich,” una y otra vez los judםos aparecen contando el costo de cada muerte, hasta el תltimo dףlar: $352,000 por un asesinato en Roma; $200,000 por una bomba en Parםs. “Matar palestinos no es exactamente barato”, observa uno de los miembros de un equipo israelם. Un francיs que estב buscando el paradero de unos hombres buscados elogia al lםder del equipo israelם Avner Kauffman (Eric Bana) porque paga “mejor que nadie.” Un oficial del Mossad le advierte a Kauffman no excederse del presupuesto. “Quiero recibos”, le dice.
Quizבs tenga que ver con las libertades histףricas que Spielberg se toma para hacer la historia. “Venganza”, el libro de George Jonas sobre el que se basa la pelםcula, estב considerando como una fabricaciףn. Estב basado en una fuente llamada Yuval Aviv, que alega ser el modelo para Avner pero que, segתn las fuentes israelםes, nunca estuvo en el Mossad y no tenםa ninguna experiencia en inteligencia mבs allב de haber trabajado como un inspector para El Al, la aerolםnea israelם.
Quizבs tenga que ver con la descripciףn que Spielberg hace de los objetivos palestinos. El primer objetivo del equipo israelם es un hombre mayor, evidentemente buena persona que el pתblico ver por primera vez leyendo una traducciףn italiana de Sheherezada. El segundo objetivo es un culto diplomבtico y padre amante. El tercero le ofrece a Avner un cigarro, Avner le paga el gesto haciיndolo volar en pedazos mientras estב en la cama. Otro objetivo hace un conmovedor discurso sobre la nostalgia que siente por su patria y la agonםa de 24 aסos de desposesiףn. No hay nada de malo en presentar a los palestinos – inclusive a los terroristas – como seres humanos complejos. Sin embargo, no se ve a ninguno de estos personajes realizando los terribles actos por los que se han convertido en objetivos, a diferencia de los israelםes del film, que constantemente estבn realizando actos sucios.
Quizבs tenga que ver con los falsos argumentos que los israelםes ofrecen para justificar su venganza. “La תnica sangre que a mם me importa es la sangre judםa”, dice Steve (Daniel Craig), el mבs macho de los asesinos israelםes. Steve es un judםo de Africa del Sur, rubio y de ojos azules, y de alguna forma no nos sorprende que este ario judםo exprese los puntos de vistas mבs racistas. La madre de Avner le da a su hijo una justificaciףn de las ejecuciones diciיndole que el fin justifica los medios: “Lo que haya que hacer”, le dice, “al fin tenemos un lugar sobre la Tierra.” Y luego estב la Primer Ministro Golda Meir (Lynn Cohen) que justifica la polםtica de los ajusticiamientos diciendo “olvםdense de la paz por ahora, tenemos que ser fuertes”. No importa que en 1972 ni los estados בrabes ni la OLP estuvieran dispuestas a vivir en paz con Israel bajo ninguna circunstancia. No importa tampoco que la paz y la fuerza no sean opciones incompatibles.
Quizבs tenga que ver con la falsa dicotomםa que el film establece entre los ideales judםos y las acciones de Israel. “Toda civilizaciףn encuentra necesario negociar compromisos con sus propios valores’’, dice la Golda Meir del film. Y, sin embargo, la Torah y el Talmud estבn llenos de descripciones de la justificada aniquilaciףn de los enemigos. (Hanuka, por ejemplo, conmemora la victoria de los macabeos sobre el imperio Selיucida.) Es el cristianismo, no el judaםsmo, el que aconseja poner la otra mejilla.
Quizבs tenga que ver con lo que en Hollyywood se conoce como el “arco de carבcter” del hיroe. La figura de Avner se presenta en la pelםcula como el quinta esencial sabra, el hijo de pioneros sionistas personalmente seleccionado para la misiףn por la misma Primer Ministro. Pero en lo que sus dudas sobre la misiףn van creciendo, asם aumenta su desilusiףn con Israel. En un viaje de regreso a Israel, apenas se anima a estrechar la mano de dos soldados que lo felicitan por sus legendarias acciones. Para el final de la pelםcula, se ha mudado con su familia para Brooklyn y estב convencido de que el Mossad estב planeando su asesinato.
Quizבs tenga que ver con la escena final del film. Ephraim (Geoffrey Rush), el jefe de Avner en el Mossad, ha venido a Nueva York para pedirle a Avner que “regrese a casa.” Avner rehusa, aparentemente, Israel no es un lugar adecuado para este hombre moralmente sensibilizado. Despuיs, Avner invita a Ephraim a comer con יl en su casa. “Parte el pan conmigo”, dice. “¿No es eso lo hacen los judםos?” Ahora es Ephraim el que se niega, como si esas viejas tradiciones ya no le interesaran a los duros israelםes de hoy.
Quizבs tenga que ver con la decisiףn de Spielberg de mostrar la matanza de los atletas israelםes (extraסamente intercalada con una escena sexual de particular vulgaridad) al final de la pelםcula en vez de al principio. El efecto es confundir causa y consecuencia; hacer que la matanza parezca una respuesta a las atrocidades de Israel; convertir a Munich en otra etapa del proverbial ciclo de violencia o lo que Spielberg llama de “respuesta a una respuesta.” Spielberg ha dicho que hizo esta pelםcula como un tributo a los atletas caםdos. Lo que ha conseguido es trivializar su asesinato.
“Si uno parte de un prejuicio”, le dijo recientemente Kushner al diario Cleveland Plain-Dealer, “va a escribir una mala obra de teatro o una mala pelםcula.” Ver “Munich” es reconocer la verdad de esta afirmaciףn.
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Tomado de The Wall Street Journal
Traducido por AR
“Bueno, chico, esta es importante”, me dije antes de empezar la crítica del nuevo film de Steven Spielberg. Sin publicidad, estreno limitado, presupuesto relativamente bajo... Spielberg quiere hacer un film importante, una nueva reflexión sobre la historia y el pasado. La última vez que lo hizo el film se llamaba Salvar al Soldado Ryan. Recaudó mucho. Se llevó bastantes Oscar.
Como todos sabéis, Munich es la historia de las consecuencias de la masacre de los Juegos Olímpicos de 1972, donde la organización terrorista Septiembre Negro asesina a 12 atletas judíos y no por razones de honor, justicia, o compensación. Lo hace por motivos publicitarios, para dar a conocer al mundo la situación del pueblo palestino. Un acto brutal merece una respuesta brutal, dice la Primer Ministro Israelí Golda Meir. “Vamos a olvidar la paz por ahora”, comenta delante de su gabinete de crisis. Así que ahí va Avner (Eric Bana), exguardaespaldas de Meir y futuro padre de una niña, con un grupo de profesionales dispuestos a barrer del mapa a los 11 responsables directos de la matanza, los organizadores, los arquitectos. ¿Por qué? Para mandar otro mensaje. “No se jode a los judíos”, explica Steven (Daniel Craig), el más experimentado miembro del equipo de Avner.
¿Qué viene después? La ruta Spielberg: convencerte de que estás viendo un tipo de film para después, metértela doblada, destrozando las convenciones del género. Al César lo que es del César: Munich empieza como un thriller político y es asombroso. Correción: magistral. Corrección: soberbio. De nuevo tenemos a Spielberg con la cámara en la mano, metiéndonos dentro de las habitaciones de los atletas, y mostrando un sentido de la violencia sin parangón: cuchilladas en la cabeza, disparos en la mejilla, acribillamientos masivos (tapaos los oídos porque los efectos de sonido en este film son lo nunca escuchado en una pantalla de cine); que contrastan con las supercurradas secuencias de los asesinatos del equipo de Avner, que son puro Hitchcock, rebosantes de tensión (ojo al momento en el que una bomba está a punto de mandar a Avner al otro barrio: el elemento de suspense es una puta lámpara. Una puñetera lámpara) y de sabiduría cinematográfica y fuerza visual, donde la fotografía de Janusz Kaminski, que nunca me ha llegado en exceso, alcanza cotas impresionantes (el ataque de las fuerzas del Mossad en un piso franco terrorista que termina con un tiroteo en plena calle . Coño, si toda la película fuera como esta parte (que abarca unos buenos dos tercios), ojalá hubiera durado ocho horas. Es un ejercicio magistral de un Spielberg en estado de gracia como narrador.
Y las interpretaciones ayudan. El casting es unánimemente brillante pero Eric Bana y Ciaran Hinds son las puntas de lanza. El primero realiza una salvajada de interpretación. El segundo es puro metodismo y contención (Hinds tiene además una presencia física que acojona: es Pablito Terrores, el manager del Enterrador, y le viene pintiparado al papel). Además, existen un gran número de escenas intimistas que refuerzan los lazos entre los personajes de un modo bastante original en una película de estas características: alrededor de comidas opípara de cojones, donde el vino hace que salgan los escasos puntos de humor del film. Al parecer, el amigo Avner es el Arguiñano judío y prepara unos platos de no te menees. Sé que suena absurdo, pero Munich es a la comida como John Woo a las palomas. Fíjate tú que curioso.
Sin embargo, conforme la película avanza, otro mensaje comienza a traslucir. Spielberg quiere contarnos algo más. Algo distinto. El tema del film no es la justicia. Es la venganza, que es muy diferente. Tenemos a dos facciones enfrentadas por un trozo de tierra, sumidas en una guerra cuyo final no verán ni mis nietos. Es un conflicto generacional sin apenas perspectivas de futuro porque los contendientes ya no creen que exista un mundo fuera del combate. Árabes e israelíes parecen simbiontes. Como Veneno y Eddie Brock. Llega un punto en el que una vez eliminado uno de los bandos, el otro deja de tener sentido.
Me explico: Munich es un fenómeno raro porque es una película inútil. Cuando vemos a Bana en mitad de Nueva York, solo en un parque, sin identidad, sin patria, sin nada, abrumado por la inutilidad de sus actos, la sensación que nos queda es de profunda ambigüedad. En el nuevo mundo de Spielberg todo es ambiguo. Todo es gris. Tenemos a un policía drogadicto en Minority Report, tenemos a un antihéroe falsificador en Atrápame si puedes, a un padre desastroso en La Guerra de los Mundos. Y Spielberg, amigos, es un maestro del cine, pero la moral nunca ha sido su punto fuerte. Su mundo es gris, pero es falso, porque es desesperadamente gris, y todas las convicciones de sus personajes son forzadas. Uno de los miembros del equipo, Matthieu Kassovitz, entiende que se están pasando de la raya (empieza a caer gente relativamente ajena al suceso), pero en ningún momento esa decisión parte de su esencia como ser humano, de su sentido de la decencia: sencillamente deja de matar porque va en contra de sus convicciones como judío. Porque va en contra de lo que le enseñaron. ¿Comprendéis lo difícil que es identificarse con esos personajes?Existe un conflicto en Avner, una duda creciente y una paranoia en aumento, pero (otra vez la influencia externa) una charla con su madre lo arregla todo: “esta tierra es nuestra, hijo mío, y lo estás haciendo de puta madre, chaval”. Asunto concluido
Es difícil también porque Spielberg escoge soluciones erróneas para describir lo que sucede porque está demasiado atormentado (¿concienciado?) con el fenómeno que intenta explicar. Cuando llega un momento del film en el que Eric Bana alcanza el orgasmo con su mujer en mitad de flashbacks de cuerpos acribillados, el efecto es perturbador y molesto. Es como si el director, convencido de que el mensaje que nos ha intentado machacar durante todo el film no nos ha llegado, intenta tirar por lo subliminal. Sexo y muerte. Sexo y muerte. Sexo y muerte, pardillo espectador, a ver si te enteras, dice Tito Steven. Es un momento manipulador como pocos he visto. Es el momento en el que sale el Spielberg más horrendo, el mismo que ha demonizado hasta al último alemán que ha combatido en la II Guerra Mundial. Entonces, mi idea es esta: Spielberg está equivocado. La película no.
¿Estoy vengando vidas humanas, o estoy vengándome para dar un mensaje al mundo? ¿Es lo mismo? ¿Cuándo va a terminar esto, si por cada tío que matamos llega y le reemplaza otro peor? ¿Hasta cuando voy a dejar de vengarme? ¿Tiene esto algún sentido? ¿Estoy matando a gente que ya no tiene nada que ver sólo porque quiero seguir vengándome? Mientras se intenta explorar la venganza en todas sus facetas, Don Steven intenta colarnos un cuento unidimensional y contradictorio: “respeto a los palestinos pero se van a cagar, y todos los que les ayuden también”.] Y el conflicto es extraño, casi nunca se ve que un director se vea superado por la historia que cuenta, pero aquí Spielberg pierde: Munich no tiene un final satisfactorio, ni siquiera tiene un final porque el tema es imposible, porque la venganza es una espiral sin fin. Spielberg todavía no acaba de entender eso y mucho menos cambiarlo. La película le supera porque el tema le supera. Y nosotros ganamos, porque, independientemente de las intenciones de su director, el mensaje que termina transmitiendo el film, prescindiendo de la megadramática banda sonora de John Williams o de la labor del director es claro: la venganza es inútil. Es incómoda, daña al ser humano y nunca tiene final. Lo siento, Steven. Esta vez la partida es nuestra.
LO MEJOR:
- La puesta en escena de Spielberg. Brutal. Eric Bana y Ciaran Hinds. La fotografía. Las secuencias de acción y suspense. Y, perdonad por el morbo: las muertes. En particular la de una chica en un barco. No he visto nada igual. Nada. Tito Steven, consideraciones morales aparte, es un maestro. Era uno de los grandes directores del siglo XX. Ahora lo es del XXI.
LO PEOR:
- El mensaje ambiguo del film, que no se aclara. Si Spielberg quiere hacernos entender la inutilidad de la venganza... ¿por qué tanto preámbulo? ¿por qué no nos lo explica desde el principio? ¿por qué no se centra en transmitirnos directamente ese mensaje?. Entendedme, creo que es un fallo porque transmite ideas confusas y hacen bajar al film muchos puntos. Ojalá se hubiera limitado a ser una peli de acción. Porque queda claro que la película, a un nivel de puro entretenimiento, cumple de sobra.
Nota: 7
Rafael Martín.
Joel dijo:Crítica de Borja Hermoso en su blod de elmundo.es, no destripa nada :
http://www.elmundo.es/elmundo/2006/01/23/cineclu/1138042061.html
cositas nimias e intrascendentes para algunos sesudos devoradores de masturbaciones intelectualistas como 'El diablo sobre ruedas', 'Tiburón', 'E.T.', 'Encuentros en la tercera fase','En busca del arca perdida', 'La lista de Schindler', 'Salvar al soldado Ryan' o 'Parque Jurásico'.
Los primeros meses del año son toda una primavera (a pesar del frío) para la cartelera de nuestro país. Y es que llegan las películas de los premios. Esas que se estrenaron a finales del pasado año en los EE. UU., las que parece que acapararán todas las nominaciones de los Oscars y de las que sólo hemos oído hablar maravillas. Esas que hacen que sea necesario sacar tiempo de debajo de las piedras para poder ir a verlas todas (cada viernes llegan dos o tres nuevas) y que nos devuelven la fe en el buen hacer del cine.
Así, tras unos cuantos títulos magníficos, y antes de que lleguen otros tantos, aparece el señor Steven Spielberg, el Rey Midas de Hollywood, quizá el más grande de los cineastas de nuestro tiempo (el más famoso desde luego), y lo hace además con un drama, un film político de esos que sabemos se le dan tan bien y en los que tan poco se prodiga (en los últimos años habíamos disfrutado de su trilogía de la ciencia-ficción y los efectos especiales, además de un par de películas que se podrían llamar menores en la megalómana mente del director).
Con estos antecedentes, toda expectación ante Munich está más que justificada, y afortunadamente se ve correspondida en la sala de cine. Es Munich un film de factura impoluta, grandioso, épico, que mezcla géneros y recorre medio mundo, que provoca muecas de desagrado con la misma facilidad con que nos hace llorar o sonreír. Una película cuya vocación es la de convertirse en una de las piedras de toque dentro de la filmografía del director.
Resulta imposible no hablar de lo que nos narra este film, pues como bien se anuncia al comienzo del mismo, está basado en hechos reales, hechos además de esos que levantan polémicas. Durante la segunda semana de los Juegos Olímpicos que se celebraron en Munich en 1972, un grupo extremista palestino (bajo el nombre de Septiembre Negro) entró en la Villa Olímpica y mató a dos miembros del equipo israelí a la par que se hacía con nueve rehenes. Todos ellos acabaron muertos, tanto rehenes como terroristas, en una desafortunada operación policial/militar que tuvo lugar en el aeropuerto de la ciudad al intentar escapar los segundos. Aquella matanza supuso un punto y aparte en la relación de ambos países, donde heridas milenarias se abrían de nuevo, y además una verdadera conmoción para el mundo, que gracias a la nueva era de la cobertura mediática fue testigo de los hechos.
Y es justo ahí donde arranca la acción de Munich, en las cabinas de los medios de comunicación, en esas salas llenas de televisores que nos cuentan de manera indirecta lo sucedido, siendo esta una idea brillante que quizá se ve desmerecida por el hecho de que más adelante en el film aparezcan tres flashbacks que esta vez sí detallan de forma directa (y casi hiperrealista, con una violencia extrema que nos hace querer apartar los ojos de la pantalla) lo ocurrido. Flashbacks que según el mismo Spielberg están ahí para recordar al espectador el leit motive de la película y que sin embargo quizá no sean demasiado necesarios (cosa que no impide que dejen al espectador totalmente boquiabierto).
Munich es una película de venganza. La venganza de un pueblo ante un ataque terrorista, y así se nos cuenta cómo el gobierno de Israel decide no quedarse callado y buscar a los responsables del atentado para acabar con ellos. Para esta misión secreta se contrata a Avner, hijo de un héroe de guerra; un hombre joven y no demasiado experimentado que acepta el trabajo aun sabiendo que tendrá que dejar de lado su vida y sobre todo a su mujer (embarazada). Su rostro aquí es el de Eric Bana, un australiano que poco a poco se ha cimentado una carrera más que interesante y que seguro dará mucho que hablar. Siempre al servicio del personaje, su interpretación es brillante, tanto en las secuencias más dramáticas como en aquellas donde prima la acción, y vemos a través de sus ojos cómo evoluciona el personaje, cómo poco a poco la misión le consume y le envuelve en la paranoia, cómo según avanza el tiempo es incapaz de no cuestionarse más y más las cosas hasta darse cuenta de que quizá, todo lo que hace, no sirva para nada. Sin embargo él no está solo, pues le acompaña, bajo su mando, un equipo de lo más variopinto: Steve (Daniel Craig), un surafricano temerario que ejerce de conductor, Hans (Hanns Zischler), un judío alemán experto en falsificar documentos, Robert (Mathieu Kassovitz), un fabricante belga de juguetes reconvertido a fabricante de bombas, y Carl (Ciaran Hinds), un silencioso y metódico agente que se encarga de “limpiar” cuando los demás se van. Todos estos nombres unidos al de Geoffrey Rush (como Ephraim, contacto entre la banda y el Mossad) conforman un reparto sólido como pocos y que funciona a la perfección. Vemos verdadera complicidad entre los ellos, no sólo cuando actúan de forma “militar”, sino también cuando se sientan a la mesa para disfrutar de la afición a la cocina de Avner.
La película así se podría calificar como una larga persecución, dado que la misma nos habla de cómo este comando recorre Europa buscando a esos palestinos que según su gobierno son responsables de los muertos en Munich, y cómo los mata uno a uno. Sin embargo la violencia conlleva violencia, y según pasa el tiempo las muertes son más severas, la sangre está más presente y son más los implicados. Spielberg logra con esta evolución de los hechos que el espectador se dé cuenta de esto, de cómo la violencia no es la solución, y lo hace con una serie de secuencias extremadamente duras, muchas de ellas con un sentido de la tensión y del ritmo apabullantes. Pero es que además, dado el periplo europeo de los protagonistas, el director aprovecha para enseñarnos cómo era el viejo continente en los años ’70 del pasado siglo XX. Cada viaje, cada nueva ciudad (desde Italia hasta París, pasando por Londres, por España, por Grecia,...) es un mundo, con su propia fotografía (excelente trabajo de Jamusz Kaminski), con sus ropas, con sus gentes. Todos ellos están retratados con maestría, pues si algo sabe hacer este Rey Midas es gastar bien su dinero. Esta película merece la pena sólo por lo brillante que resulta formalmente, por su total perfección en todos los aspectos, por lo arrolladora que resulta en todo momento (no olvidemos además el inevitable score de John Williams, que de nuevo presenta una partitura sencilla que acompaña a las imágenes en un segundo plano).
Y llegados a este punto, es imposible no hablar de esas constantes en la obra de Spielberg y que sin ninguna duda están aquí presentes. Empezando por el tema de la familia, que aquí es fundamental y que se trata de una forma acertadísima (¿es tu país tu familia? ¿a quién te debes?) para seguir con la habitual sensiblería (habiendo poco lugar para ella en una película valiente, que muestra sin miedo lo que tiene que mostrar) o ese exceso de metraje que tanto sufrimos los espectadores últimamente. Munich dura la friolera de 164 minutos, mas no se hace larga, no se hace pesada (quizá algo reiterativa en algún punto). Sin embargo, se podría decir que la última media hora de la misma sobra. Aunque no por cuestiones de tiempo. Son más bien cuestiones que aluden al guión, a las imágenes, a lo que sucede. Son cuestiones que emborronan con cierto bochorno todo lo visto anteriormente y que a más de uno dejarán con una sensación agridulce.
Para el final me dejo la polémica. La película está basada en una novela de George Jonas llamada Venganza: el relato verídico de una misión antiterrorista israelí, un libro que no posee la verdad absoluta en cuanto a lo que ocurrió pero que como tantos otros plantea sus hipótesis. Mucho se ha dicho sobre la posición política de Spielberg en el film, y lo más correcto sería afirmar que no se moja demasiado, aunque algo sí que se moja. Se han leído adjetivos como antisemita para calificar a este Munich sólo por el hecho de que se encuentre cierta ambigüedad a la hora de tratar a los palestinos (no se les tacha de asesinos porque sí, o por lo menos no más que a otros), pero está claro que Spielberg sí se pone de lado de los judíos, sí les convierte en más humanos (todavía), sí hace que sean los “buenos”. Pero eso no quita para que haya que aplaudir su labor en una película difícil que finalmente se convierte en un canto a la paz.
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