Los dos surrealistas más personales y populares de la historia del cine son Luis Buñuel y David Lynch (sin olvidarnos de Alejandro), en sus respectivas épocas. Hablar de surrealismo cinematográfico implica citar gran parte de la filmografía del aragonés, con Un perro andaluz y La edad de oro a la cabeza. Pero sin olvidarnos de El ángel exterminador, Él, etc. De Lynch no te digo nada; sólo que algunos quedan rechazados ante un planteamiento cuasi hitchcockiano de las historias, para llevarlas al terreno de lo inexplicable, a no ser que uses claves freudianas asistidas por resortes soterrados. Hace años publiqué un relato muy extraño en torno a este universo surrealista de Buñuel. Te lo dejo por si te hace pensar... o reír.
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UNA TERNERA ARAGONESA
Yo soy la chica a quien BuÑuel cortó el ojo izquierdo en Un perro andaluz; quieran creerlo o no. Sé que suena a raro, habida cuenta de que estamos en el siglo veintinuo, y que ha transcurrido desde entonces la friolera de más de setenta años. Por eso digo, sin ningún atisbo de menoscabo, que lo dicho suena a sobrenatural. Pero a mí me cortó el ojo el bueno de Luis, el genio de Calanda, el príncipe del surrealismo fílmico... mejor el rey. Tuvo la osadía de esperar a que una nube afilada como una daga, en trayectoria horizontal estudiada, cortase el satélite, no sin antes haber saboreado las mieles de un buen cigarrillo. Tomó la navaja barbera con destreza. Parecía no estar perturbado por ninguna pasión terrenal; tal que si fuese un hombre sin alma. Ni siquiera ensayó su crimen; sólo tomó la posición adecuada para cercenar mi ojo y actuó. Todos, en el rodaje, sufrieron un singular espasmo, ya que no estaban acostumbrados a ese tipo de mutilaciones en favor del arte. Yo sentí un frío sepulcral correr por mi cuello, para continuar después en el interior de mi ojo, hasta estallar finalmente en el cerebro. Igual que las ideas geniales... o los crímenes más brutales.
Algunos pensarán que esto que he relatado es imposible. Que la actriz Simonne Mareuil está muerta, por tanto no puede hablar; mucho menos referir por escrito una vivencia tan singular. Pero digo la verdad. ¿Dónde está la confusión pues? ¿Existe trampa en mi declaración de los hechos?
Para venir a narrar estas parrafadas —el sonido de unos tambores en el exterior martillea mis tímpanos, pero no cejo en el intento—, me han sucedido muchas cosas tan interesantes como incómodas. Un par de sacerdotes, en plena carretera, me han pedido que los lleve en mi motocicleta. Les he dicho que no podíamos los tres, pero ellos se han sentado en el sillín trasero ante mi negativa, echándome hacia delante hasta clavarme el faro en el estómago. He arrancado rápido, y los dos religiosos han salido despedi-dos hacia atrás, quedando enganchados a la parte posterior de la moto. Los he arrastrado —en contra de mi voluntad, eso sí, lo juro— durante más de cinco minutos, hasta que se han soltado, y mi vehículo ha salido disparado como si fuese uno de esos cometas que vuelan de manera majestuosa por la Vía Láctea. Me he sentido libre, pero una sombra se ha posado sobre mi corazón, susurrándome que la libertad sólo es un fantasma creado por la ilusión del ser humano. No obstante, no temo a ningún ángel exterminador, espada en mano, que corte mi existencia antes de lo debido. Deseo realizar algunas cosas más, determinados proyectos, antes de partir, ya que el deseo, aunque sea oscuro, anida intensamente en mi interior. Y la obra de un hombre, mientras vive —ya lo dijo Cervantes—, está inacabada.
Varios viandantes, discretos ejemplo de humanidad burguesa, sin apenas encanto o expresión, se han quedado mirando mientras yo aparcaba la moto en la puerta de mi domicilio. El hambre se veía representado en sus rostros. Pero no un hambre fruto de la falta de pan, sino de un conocimiento que nunca aparece; una revelación que les haga llegar la esperanza de una vida futura. Los olvidados de Dios suelen sufrir a menudo de los males del alma; pero la ceguera hace soñar con verdades ilusorias; caminos que llevan a lugares equivocados: la fantasía de querer vislumbrar una certeza que sólo después de la muerte se afianzará. Por el momento, ese cielo que tengo encima de mi cabeza es hermoso, demasiado hermoso. Tanto, que me hace pensar en lo imposible; tanto, que mi gesto hosco parece tornarse en una mueca agradable. Aunque se trate en realidad de una mueca sardónica.
Todo movimiento artístico tiene su edad de oro, su periodo de esplendor. Sin embargo, pese a mis ganas e ilusiones, sólo veo linealidad ante mí, sea la materia que sea en la que me adentre. Parece como si la humanidad se contentase con lo justo y necesario, sin rebelarse, sin presentar cara ante las más solemnes falacias. Todo es como un consentimiento preestablecido a favor del sistema; y los pocos que se oponen, aspiran a quedar reflejados en letras fluorescentes en el libro de honor de las buenas intenciones proclamadas a bombo y platillo, con igual valor que las limosnas dadas en público haciéndose sonar la bandeja, restando valor a su iniciativa individual, privada, íntima. Son como corderos, mejor borregos, caminos de un templo en el que no podrán oír jamás las oraciones; o si las oyen, nunca las entenderán. Aunque puede que de ningún modo consigan salir de su propia cárcel interior.
Él ya no está con nosotros; aunque a mí me segó el ojo en contra de mi voluntad. Pero yo no soy Simonne Mareuil, ya lo dije antes. Ésa es una farsante. BuÑuel cortó el ojo, en realidad, a una ternera, no faltaría más. Mas da la casualidad que esa ternera era una servidora. Me dejaron tirada en el suelo, medio moribunda, pero la luz entró con violencia en mi cerebro a través de la fisura ocular, y vi con claridad; no con los ojos... con la mente. Ni Artaud, ni el mismísimo Breton, me entenderían. Ustedes creo que sí. Me escapé y troté por un paisaje de locura. Vi a un tipo disparando a un crío con un rifle un par de veces, hasta matarlo. Distinguí a un señor adulto correr en pos de dos mujeres distintas, pero que se llamaban igual... Vi, en fin, cosas que muchos habrían envidiado, y otros aborrecido u odiado; así es la vida. Pero he vivido. En ese mismo paisaje perdido, hallé un libro entre la hojarasca. Era un tomo viejo, encuadernado en piel. En su lomo se leía el extraño nombre de Kafka y el título La Metamorfosis. Lo devoré hasta tragar el almidón de la última página, y esa luz que entraba en mi cerebro se convirtió en una llamarada intensa. Perdí el conocimiento. Cuando vine a despertar me hallaba tirada en la hierba, en un paisaje bucólico, pero, al fondo, los árboles parecían derretirse, como se derrite el tiempo por segundo que transcurre. Bebí del agua plateada de un arroyo y vi mi rostro por primera vez. Y digo por primera vez, porque mi faz y mi cuerpo habían cambiado. Ya no era una ternera; ahora era una doncella de espectacular belleza. Una doncella en un mundo desconocido.
He aprendido a vivir. Hasta el punto de haber llegado a aburguesarme con el paso del tiempo. Llegué incluso a desposarme con un clérigo que colgó los hábitos por gustarle demasiado practicar sexo conmigo. Después, pese a todo, me convertí en la mujer que soy ahora: una hembra emancipada, liberada, que lucha por los derechos de la mujer en la punta de la lanza, en la boca del volcán, hasta el día de hoy. Y he conseguido, loado sea Dios, que mi marido conviva en armonía, conmigo y con mi lucha, sin necesidad de caminar dibujando eses en el suelo, cada vez que se me ocurre lanzar un mugido ante la adversidad.
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(Nota: Sorprendentes declaraciones halladas por azar en el interior de una lata de Coca-Cola.)
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