Termino!
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Texto de Javier Cuevas
Y A DÓNDE HEMOS LLEGADO...
Episodio VI. La Alianza ha reunido una flota enorme y se dispone a desmontarle al Imperio otra de esas estaciones tan fáciles de destruir que el Gobierno construye de vez en cuando. Esta vez, para no complicarse la vida, van a intentarlo cuando sólo tengan el armazón, porque navegar en caza por los estrechos pasillos terminados resulta un tanto incómodo.
Y además el Emperador viene de visita. Así, no sólo podrán cargarse a cientos de miles de trabajadores civiles, subcontratistas, viajantes, técnicos y operadores, además de a los guardias, sino que también la palmarán funcionarios, cargos políticos y otras gentes. Si tienes que elegir entre un genocidio y un magnicidio no te rompas nunca la cabeza: elige ambas cosas.
Increíblemente, lo consiguen. Aunque en una hábil maniobra, la flota rebelde obliga a las naves imperiales a rodearlos entre su fuego y el de la estación en construcción (pero debidamente armada y protegida), la Alianza lo tiene todo previsto: envian un comando al cercano planeta Endor para cargarse las instalaciones imperiales que generan el escudo que protege la estación. El comando es en realidad un grupo de excursionistas mal organizados que se pierde una y otra vez mientras deja a su paso pequeños incendios forestales, pero que consigue la ayuda de una tribu de peluches con cuya ayuda desarman buena parte de esa extraña ONG galáctica del programa Ayúdalos a Caminar que conocemos como tropas imperiales. Esto les permite desenchufar el campo de fuerza en torno a la Estrella de la Muerte II (a mí me daría muy mal rollo trabajar en un sitio con ese nombre) y permite a los cazas hacer su trabajo cuando ya estaban en las últimas y pidiendo tiempo. Bueno, en realidad todo es más complicado y un poco más extraño, e incluye a la Princesa vestida de esclava sexual de una enorme babosa lasciva, el asesinato de mascotas, contrabandistas congelados, pozos de arena llenos de bichos asquerosos y a Luke Skywalker vestido de negro (al fin ha comprendido que cuando él entra en un sitio se muere todo el mundo) y liquidando ancianos disminuidos.
Pero lo importante es que el Imperio cae, el Emperador muere, la Alianza ha ganado...
¿Qué ha ganado, exactamente?
En principio, y a tenor de los que se nos cuenta en las franquicias escritas a remolque de la serie original, controla algunas zonas del antiguo Imperio, pero no de una manera total. Vemos, además, que la Alianza gana sus batallas casi siempre gracias a una sorprendente combinación de ineptitud de sus enemigos, aparición de aliados milagrosos con quienes nadie contaba y raptos de suerte tan escandalosos que más bien parece que sea la Suerte (ningún aficionado que se precie se habrá perdido La loca historia de las galaxias, de Mel Brooks, supongo, y si no es así hace muy mal) y no la Fuerza el poder que mantiene unida la Galaxia. En la práctica, los comandantes de las fuerzas imperiales presentes en la batalla final —claramente superiores a las fuerzas rebeldes— no tienen por qué quedarse orbitando Endor a la espera de ser desarmados por una fuerza que solo con mucha dificultad logra evitar disparar sobre sí misma cuando se despliega. Es fácil que muchos de ellos emprendieran la retirada de vuelta a sus bases, en busca de mejor fortuna que pasar una larga temporada en un campo de prisioneros gobernado por una raza de ositos de peluche malhumorados.
Como se nos cuenta en las no especialmente buenas e indecorosamente prolíficas novelas que continúan la acción de los episodios IV, V y VI, a los antiguos habitantes de Imperio todavía les queda sufrir la larga cadena de consecuencias desagradables que suceden a la caída de un gobierno central fuerte y ordenado cuando la fuerza que lo derrota no es capaz de asumir las funciones de lo eliminado. Almirantes imperiales que se convierten en señores de la guerra, sistemas enteros caídos en manos de piratas y bandidos, la vuelta al poder de malhechores y mafiosos, aislamiento, barbarie, guerras civiles, vacío de poder, escasez, interrupción del comercio, inseguridad, abusos, hambrunas... Bueno, vista La amenaza fantasma , ¿alguien se sorprende? Era lo anunciado, al fin y al cabo. La Alianza Rebelde no engañaba a nadie sobre sus objetivos, eso hay que concedérselo: es la vuelta a la antigua República.
Y aún peor, la princesa Leia tiene hijos. Con el pirata asesino, desertor y contrabandista que habíamos conocido antes, nada menos... Da sudores sólo de pensarlo. Si los Skywalker casi habían conseguido destruir una civilización galáctica en dos ocasiones, viniendo de uno en uno y partiendo de orígenes humildes, ¿de qué van a ser capaces estos muchachos, con su actitud aristocrática y todas las posibilidades de una buena educación a su alcance?
UNA FIGURA DE LEYENDA
Se ha hablado mucho, aunque tal vez no lo suficiente, de las muchas influencias, reconocidas u ocultas, de Star Wars. Hay algo de western, mucho de serie B, no poco cómic y un buen aporte de series de televisión. Y algunas obras literarias de esas que parece que han inspirado a todo el mundo, claro está. Y mitos.
Un muchacho de origen misterioso que poco a poco va revelándose como mucho más de lo que a simple vista se ve. Y una espada heredada de su padre, símbolo de una herencia más profunda. Y un aprendizaje, y un objetivo a alcanzar a través de un viaje iniciático, y un anciano mentor con poderes mágicos que lo guiará a través de una época oscura hacia un renacimiento... Recuerdo exactamente el instante en que todo ese humus de reflexiones acumuladas durante años, convenientemente regado con carajillos con nata en una tarde de invierno, hizo brotar la semilla de una idea en mi cabeza. Estaba mirando el mural que cubre la pared de uno de los lugares preferidos de mi ciudad, viendo en él como la Dama del Lago despedía a Arturo cuando las hadas se lo llevaban a Avalón.
Y entonces lo vi. De una manera tan clara que la revelación estuvo a punto de hacerme caer de mi asiento. (De coñac, el carajillo era de coñac, pero todo el mundo sabe que la bebida no me afecta, aunque no diré lo mismo de la canela...)
Arturo. Se trataba de Arturo. Una auténtica figura mítica, instalada desde la niñez en nuestros sueños, en el inconsciente colectivo de toda la civilización occidental.
¿Skywalker? No, hombre. ¿Quién demonios estaba pensando ahora en Skywalker?
Una época oscura. Una era carente de esperanzas. Un tiempo de poderosos sacerdotes-brujos encargados de mantener los privilegios de unos pocos y congelar un status quo de inmovilismo durante milenios. Un sistema inoperante, indiferente al sufrimiento de miles, millones de seres sometidos, explotados, humillados a lo largo de toda la Galaxia. Un sistema que sólo asegura ley y justicia para unos pocos, negocio para algunos, bienes y seguridad para una minoría. Un sistema en el que puedes vivir en un paraíso de hermosos edificios y naves puntiagudas sin dar golpe mientras los pobres gunganos se pudren en el fondo de los pantanos y los esclavos pasean su triste destino por planetas polvorientos mientras sus amos instalan en sus cuerpos dispositivos antifuga... Un sistema en el que señores de la guerra y magnates mafiosos son jaleados por las multitudes mientras gobiernan planetas enteros a su capricho. Un sistema en el que piratas, contrabandistas, señores de la guerra y planetas fronterizos imponen su voluntad a los débiles. Un sistema en el que las corporaciones privadas industriales y los grupos bancarios deciden la suerte de millones sin temer las limitaciones de la ley...
Y un hombre llega entonces a ese mundo decadente. Un hombre que ocupa una posición elevada, pero que no por ello deja de pensar en la suerte de los otros, millones de otros. Un hombre que tiene que enfrentarse a una orden mítica de brujos todopoderosos que funcionan cono una secta de mafiosos telépatas, a un sistema inmovilista, a una clase gobernante cuyos cargos pasan de padres a hijos.
Y ese hombre empieza a trabajar. Solo. Tiene que aprender artes olvidadas. Tiene que arrancar en secreto el monopolio de la Fuerza de manos de los sacerdotes sin que estos lo detecten. Tiene que abrirse paso en la política y la diplomacia con sumo cuidado, con astucia y un valor a prueba de dudas. Ese hombre solo se ejercita en las artes de un guerrero, adquiere los poderes de un mago, se convierte en un político y al mismo tiempo, en un Maestro de Otros... un Lord de Sith, un guerrero de una orden aniquilada en otros tiempos, probablemente por oponerse al poder único de esa República Jedi, y cuyo nombre ha sido convertido por los vencedores en sinónimo del mal. (¿Acaso los vencedores no hacen eso siempre?)
Un hombre solo intentando darle la vuelta al destino. Intentando hacer retroceder el reloj de la historia. Intentando traer algo mejor para todos. Una luz en la oscuridad para el mañana. Un Arturo. Un Palpatine.
Y lo consigue. La soberbia de los Jedi los ciega, y aunque lo tienen delante no lo ven. Palpatine utiliza el ansia incontrolable de beneficios de la Federación de Comercio para hacer que las partes corruptas del sistema se enfrenten entre sí. A los grupos de presión y banqueros solo necesita proponérselo para que rápidamente traicionen al sistema en el que viven a cambio de mayores beneficios. A lo largo de los episodios I y II vemos como derrota una y otra vez a las fuerzas inmovilistas de esta República de Elites con la verdad que pone una y otra vez ante sus ojos sin que éstos quieran verla.
De hecho, ni siquiera tiene que esforzarse para ir atrayendo a su lado al joven Anakin, la promesa Jedi. Los todopoderosos caballeros sacerdote ni siquiera se han molestado en liberar a su madre por unas monedas que para ellos serían una minucia, y ésta ha sido comprada por un granjero que, al casarse con ella, la condena a muerte sin saberlo. Una de las bandas salvajes que recorre el planeta sin ley de Tatooine la captura y la asesina, como ha venido pasando durante generaciones con los pobres desgraciados indefensos del sistema de vida republicano. Lo que hace preguntarse cuánta gente insignificante e indefensa habrá muerto sin llevar el apellido Skywalker...
Y entonces uno recuerda Star Wars, Episodio IV, y que hay una guarnición imperial en Tatooine. Tal vez Palpatine no haya mejorado mucho una vez convertido en Emperador, y desde luego necesita un buen tratamiento facial y gastarse una pasta en redecorar y renovar vestuario. Y, sin embargo, hay una flota y un ejército, y uno recuerda entonces que la labor de un ejército no es tanto hacer la guerra como disuadir a posibles atacantes con su mera existencia. Y desde luego persiguen el contrabando y la piratería, o de otro modo no se habría puesto precio a la cabeza de Han Solo. Y hasta el Episodio IV, a pesar de los años transcurridos, parece haber un Senado y, por lo tanto, elecciones. Es decir, parece haber conservado los mecanismos de go bierno democráticos de la República, aunque con un Ejecutivo fuerte por primera vez, es decir, con una herramienta de ejecución de la ley. Y esto ya parece una mejora considerable.
Pero sin Jedis.
Esto le hace pensar a uno que tal vez los caballeros Jedi no eran una variante de asociación política proclive a compartir el poder, o al menos a actuar bajo el imperio de la ley como suelen tener que hacerlo el resto de los mortales.
Y sin embargo...
Palpatine, como Arturo, parece destinado a ver evaporarse su sueño cuando había alcanzado las más altas cotas de su gloria. Derrotado por las elites ocultas, perdedor de las últimas batallas desesperadas, traicionado por la suerte y por algunos de los caballeros de su reino (los calamari no parecen precisamente un pueblo pobre y sometido, y no vamos a hablar otra vez del «general» Dodonna, o del «papelón» que le monta Darth Vader al final), este Arturo galáctico ve evaporarse su sueño ante sus ojos. Desaparece a manos de padre e hijo de una estirpe de la nueva aristocracia, traicionado también en esto.
No veremos los episodios VII, VIII y IX... dicen. Lástima, porque estoy seguro de que en ellos Palpatine, como nuestro mítico rey Arturo, también sería recordado. Y quién sabe, puede que su sueño venciera al final...