Vista. Qué talento tiene Sean Baker como director, empleando la sutileza como herramienta. No hay espacio para planos imposibles ni virtuosos, ni grandes despliegues técnicos (pese a lo cual la fotografía es espléndida), pero el director saca petróleo a un presupuesto limitado a través de una estupenda dirección de actores y un enfoque costumbrista y casi naturalista de la narración. Sin alardes, pero con mucho oficio y visión. Y con un guión bien estructurado, que consigue que adoptemos el punto de vista de la niña protagonista sin recurrir a trampas ni artificios, aunque con algunos problemas que para mí no lastran de forma importante el conjunto.
Decía Hitchcock que nunca había que trabajar con niños, animales y Charles Laughton, pero Baker hace caso omiso al consejo y se apoya, fundamental que no exclusivamente, en el trabajo de Brooklynn Prince y otros intérpretes jóvenes para contar esta historia. Historia que se configura, fundamentalmente, como un golpe al sueño americano. Respecto a Dafoe (aquí más contenido que otras veces), ofrece el contrapunto perfecto a la frescura y naturalidad de los pequeños a través de una interpretación conmovedora pero sobria y congruente con la atmósfera general de la cinta. No hay espacio para divismos.
The Florida Project no es obra maestra, pero tampoco lo pretende. Sí necesaria, pues nos ofrece un retrato sincero, valiente y alérgico al maniqueismo sobre los desheredados, utilizando para ello un enclave que funciona a la perfección tanto a nivel estético (acertada paleta de colores) como simbólico. Película pequeña dirigida por un grande, que confirma que lo de Tangerine no fue un golpe de suerte.