De la página de hoy (21 de abril) de Arcadi Espada:
El titular de El Mundo es el que se acerca más grácilmente a la verdad: “Maragall acepta que el dirigente que cobraba peaje para ERC sea conseller.” La palabra peaje es la clave. El peaje es el peaje. Cuando el presidente Maragall mostró su determinación de liquidar políticamente a otro consejero de Esquerra, el llamado Carretero, Esquerra reaccionó así: De acuerdo si te empeñas. Pero tendrás que poner al del peaje. Este es el peaje para resolver la crisis. Y el Patético aceptó. Maragall es un gran especialista en dar puñetazos sobre la mesa. Ni se sabe las muñecas que lleva rotas. Ustedes tienen un problema que se llama 3 por ciento. ¿Cómo dice? Retírelo o no habrá Estatut. Bien, retirado queda. La crónica del gobierno tripartito sólo podrá escribirla Vidal-Folch. Ignacio Vidal-Folch, quiero decir, nuestro primer costumbrista. La explicación de la obscenidad catalana es, sin embargo, muy sencilla. Basta ver el titular que el principal diario regional dedica al asunto: “Maragall cierra el Govern con el que espera agotar la legislatura”.
Entre las principales funciones de la prensa, y de las menos comentadas siempre, está la de devolver una imagen objetiva a los actores del guión de lo real. Una imagen donde ellos puedan observarse, y corregirse, si lo creen necesario. Pero la prensa/muelle catalana nunca devuelve el gesto. Su función precisa ha sido la de atenuar el sistema político y social catalán. Esto proporciona una gran seguridad a las calamitosos: “Maragall cierra el Govern…”: esto es todo. Por supuesto que esa función empezó a desarrollarse con el largo gobierno de Jordi Pujol. Pero nunca se produjo una atenuación semejante. Sólo la rompen, y episódicamente, es decir, en función de intereses informativos o políticos que no siempre son estrictamente catalanes, tres periódicos y dos emisoras de radio, de limitada presencia en el espacio comunicativo regional. Y que, además, caen con alguna frecuencia en el disfemismo, lo que produce una desagradable competencia entre espejos deformados. Las especulaciones sobre el alcance real de la corrupción en la sociedad catalana son recurrentes e inciertas. Pero no es necesaria una investigación a fondo para detectar la peor de ellas. El nombramiento del consejero Vendrell es una prueba de corrupción sólo superada por la anotación dominante que ha hecho de ella la prensa regional. En Cataluña la prensa no corrige al poder, sino al ciudadano.



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