Nowhere to go (1958), de Seth Holt
De Seth Holt conocía su vinculación a la Hammer con títulos más o menos adscribibles al cine de terror como Scream of Fear, The Nanny o Blood from the Mummy’s Tomb, pero este que nos ocupa es un film noir perfectamente equiparable a otros títulos del mismo estilo de la cinematografía británica de los cincuenta, una época particularmente atractiva para el género en el Reino Unido. Sorprende, en todo caso, que sea un film producido por la Ealing (con un viejo conocido nuestro, Michael Balcon, como productor), una muestra más (y hemos citado más de una) de que esta compañía británica no solo se dedicó a las comedias.
Holt, autor también del guion junto a Kenneth Tynan, parte de una novela de 1956 de Donald MacKenzie del mismo título. Se inicia de manera sorprendente: en plena noche, un hombre se encarama al muro de una prisión y, una vez dentro, lanza por la ventana de una celda un paquete que contiene algún tipo de explosivo. El preso (George Nader) vuela la ventana con barrotes y se da a la fuga.
Se trata de Paul Gregory, un estafador de origen canadiense, bien conocido en los bajos fondos londinenses, que, como sabremos después, estaba cumpliendo una condena de 10 años. Un flashback, presentado de manera muy tradicional (mientras Paul se está bañando, la cámara se acerca a su rostro), nos informa de lo previamente acontecido.
Paul engañó a una mujer de su mismo país y le robó una valiosísima colección de monedas antiguas.
Logra venderlas sin que la mujer se entere y deposita el dinero en un banco. Pero decide algo arriesgado: dejarse detener por la policía a la espera de una sentencia leve (máximo de cinco años), después de la cual tendrá el botín a su disposición. Pero el juez es más severo y lo condena a 10 años, lo cual nos lleva al inicio del film y a la ayuda que le brinda Sloane (Bernard Lee, el inolvidable M de la saga James Bond), a cambio de una pequeña parte del botín. El problema es que Sloane no se va a contentar con esa tajada y lo querrá todo. Su codicia va a trastocar toda la operación: a él le costará la vida y a Paul el tener que huir de nuevo sin encontrar un paradero seguro (de ahí el título).
Solo una chica que se ha cruzado en su vida de manera un tanto casualmente, Bridget (una jovencísima Maggie Smith), le brindará ayuda, escondiéndolo en una cabaña en Gales cercana a la mansión donde vive con su familia.
Pero tampoco este último refugio será suficiente: como en todo noir que se precie el fatalismo se acaba imponiendo y al intentar robar una bicicleta recibirá el escopetazo de un granjero. Herido de gravedad, intenta la fuga en coche, pero un accidente acabará definitivamente con su vida.
Sobriamente filmada e interpretada, con un magnífico uso del suspense en varias escenas, cuenta además con un gran trabajo fotográfico de Paul Beeson, y una banda sonora que, para que el marco genérico quede aún más claro, se sirve de las piezas jazzísticas del trompetista jamaicano Dizzy Reece. En conjunto, un buen film que merece un visionado.




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