ATENCIÓN: EL PRESENTE TEXTO CONTIENE SPOILERS (MAS O MENOS). NO LEER SI NO SE HA VISTO LA PELÍCULA.
Recientemente, charlando sobre la convencional y aburrida ‘Criadas y señoras (The Help)’, me refería al difícil proceso de trasladar un libro (y más si ha tenido éxito) a la gran pantalla, entre otros factores, por la cada vez más frecuente e irritante tendencia a considerar el guion poco menos que como una especie de resumen de la obra original, tratando de incorporar de manera mecánica todo lo posible en la película, creyendo que fidelidad y respeto en la adaptación será sinonimo de un gran film , en lugar de desmontar la historia y volver a construirla desde un enfoque personal y cinematográfico, convirtiendo las palabras en imágenes, y conduciendo la narración mediante la planificación visual y el montaje, así como la dirección de actores.
Claro que, eso solo suele estar al alcance de los buenos directores, o mediocres que se levantan iluminados un día y cuentan con un buen guión (caso de Jonathan Demme y su Silencio de los Corderos, por ejemplo). Aquí, por fortuna, se dan ambos elementos, director con personalidad y un gran texto.
La nueva ‘Jane Eyre’ es una adaptación ejemplar, y demuestra que se puede ser fiel a una novela sin tener que esclavizarse artísticamente a ella. El joven cineasta Cary Joji Fukunaga (debutó en 2009 con ‘Sin nombre’) supera las ataduras de la obra escrita con una propuesta en la que destaca la experiencia audiovisual, una auténtica representación íntima y emocionante de la realidad de la protagonista, de cómo ve y siente ella el mundo. Y el resultado es una película hermosa y muy intensa.
La película, con un excelente guion de Moira Buffini, nos traslada a la Inglaterra del siglo XIX y comienza con Jane Eyre huyendo de una mansión. El paisaje hostil refleja los temores y las inseguridades de la muchacha, y la exquisita planificación visual y el montaje transmiten las turbulentas emociones que recorren su ser, su caos interior; parece que su intención es simplemente alejarse lo más posible de aquel lugar, sin rumbo (desde estas primeras escenas llama la atención la extraordinaria fotografía de Adriano Goldman, tal como se comentaba en la página anterior, quien hace un uso extraordinario de la luz natural).
Esta forma de iniciar el relato es eficaz porque a menos que se haya leído la novela, o visto alguna adaptación anterior, se genera un fuerte interés por el personaje y lo que intenta dejar atrás, el espectador supone que ha pasado algo terrible y necesita saber qué es. No quedará decepcionado… Jane consigue llegar hasta una casa (una cálida luz en ese oscuro horizonte) donde recibe el atento cuidado de las dos hermanas del pastor St. John Rivers. Mientras se recupera, y contesta algunas preguntas, la chica comienza a repasar su corta pero intensa vida.
No hay voz en off y explicaciones solo las justas, el misterio que supone Jane Eyre es desvelado al espectador a través de un largo flashback que comienza en la niñez, cuando es enviada a un orfanato por su amargada tía, que no soporta su espíritu rebelde.
Es interesante cómo se plasma el primer contacto de Jane con un chico, su primo, del que se esconde porque desea leer con tranquilidad, y el otro es estúpido, consentido y violento. De la etapa del severo colegio para huérfanas, destaca sin embargo la amistad con una niña parecida a ella, como si fuese esa tierna y comprensiva hermana que necesitaba. Años más tarde, la joven Jane entra en la intimidatoria casa de Thornfield para ejercer de institutriz de una niña que pudo ser ella misma tiempo atrás, incomprendida, solitaria, sin nadie en el mundo.
Se trata de la ahijada del amo de Thornfield, Edward Rochester, un hombre rudo, siniestro, enigmático. Edward ve en Jane cualidades admirables, inusuales, una persona íntegra e inteligente con quien poder conversar, y la joven siente atracción y temor ante el primer hombre que muestra interés por ella. Un hombre atormentado por un secreto que no puede revelar y que, además, pertenece a una clase social superior, lo que hace desconfiar aún más a Jane de sus verdaderas intenciones.
El relato corre el riesgo de reducirse a uno de esos corrientes y cursis romances de época sobre amores sin barreras, pero el realizador no pierde el tono, ni los actores (todos estupendos) abandonan las complejas pieles de sus personajes, por lo que la película mantiene siempre la coherencia y el interés plasmando la visión inocente, pura, apasionada de Jane hacia un mundo, y un amor, tan fascinante como aterrador.
La protagonista se enfrenta a algo para lo que no estaba preparada, y debe combatir sus miedos y romper las cadenas que la han esclavizado durante toda su vida, ser fiel a sí misma, cueste lo que cueste, o jamás vivirá libre y realmente (Edward también arrastra sus propias cadenas, sociales y personales, temiendo las consecuencias que traería romperlas). Cabe subrayar el acierto de reforzar los elementos siniestros y (aparentemente) sobrenaturales de la novela original (esa escena de la chimenea, puro Shyamalan) y la arrebatadora música de Dario Marianelli.
Hay poco que reprochar a esta cuidada producción (impecable maquillaje, vestuario, decorados…) excepto quizá una escena final resuelta de manera un tanto atropellada, el único momento donde Fukunaga se muestra menos inspirado, entregando una pieza que encaja a la fuerza en el puzzle.
En definitiva, Jane Eyre es una de las mejores películas que nos deparó el año 2011, y el asentamiento de un director a seguir en los años venideros. Una vergüenza, que, un producto de tanta calidad como este, pasara desapercibido en taquilla, a pesar del potente y atractivo reparto.
¡Mil gracias, por animarme a descubrirla, Campanilla!![]()




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