El profesionalismo está sobrevalorado. Uno puede dedicarse al negocio del cine a lo largo de 40 años, trabajar 150 películas y no tener ni pajolero criterio ni para encuadrar, iluminar, montar o dirigir actores. Como es el caso de Jess Franco.

En cambio uno puede tener relación con el cine como simple afición, conocer de cabo a rabo los títulos más significativos de la historia, saber separar con total claridad el grano de la paja y, para más inri, tener unos vídeos vacacionales más creativos que filmografías enteras.

Conclusión: no hace falta hacer cine para saber de cine.