Tres mujeres (creo que el título original es más bien algo así como “mujeres que esperan”), de 1952, recuerda esas pinturas clásicas en que vemos las diferentes edades de la vida, encarnadas en una niña, una mujer joven, una madura y, finalmente, un esqueleto, aunque en este caso la gradación temporal está referida a otro tema: se trata de las edades del amor. Durante el verano, unas mujeres en una casita de campo, rodeadas de niños, se sientan a charlar mientras esperan la llegada de los maridos de cuatro de ellas, casadas con cuatro hermanos. La quinta mujer, hermana de la más joven, es una adolescente enamorada del hijo de una de las parejas.

Cuando la mayor de ellas, Annette, confiesa que su matrimonio hace años que no funciona, que ya no ama a su marido, las otras tres casadas empezaran a contarnos sus particulares historias de amor (o desamor) con sus maridos. La película, pues, se estructura mediante tres flashbacks, uno para cada historia, aunque en uno de ellos va a haber un flashback dentro del flashback. Supongo que no hay que ser demasiado cinéfilo para reconocer en este guion de Bergman una coincidencia obvia con Carta a tres esposas, de Joseph L. Mankiewicz, aunque las intenciones de uno y otro director no creo que sean idénticas.

La primera historia es la de Rakel (Anita Björk), esposa de Eugen. La aparición en la casa de campo de un amigo de la pareja, Kaj (Jarl Kulle, un habitual a partir de esta época en el cine de Bergman), la va a llevar a una relación adultera que confesará el mismo día a su marido (casi se la arrojará a la cara). La confesión provoca una discusión muy tensa y el intento de suicidio del marido (más bien la puesta en escena del intento) que acabará en nada. Antes hemos asistido a la seducción de Rachel por parte de Kaj en una primera secuencia construida totalmente por medio del reflejo en un espejo (lamento no haber encontrado la imagen correspondiente en Internet, la que reproduzco es de un momento previo, también con espejo, cómo no).





La segunda es la de Marta (Maj-Britt Nilsson), la más joven de las tres. Comienza cuando Marta está embarazada de 8 meses y rechaza la llamada telefónica del padre de la criatura, con quien no está casada. Se irá al hospital (en un recorrido por calles desiertas bastante fantasmagórico), frío y angustiante, como siempre en Bergman. Como va de parto, la acompañan al quirófano. Mientras espera, entre dolores, un juego de sombras en la pared nos transporta tiempo atrás, a París, donde Marta conoció a Martin (Birger Malmsten), hijo de buena familia que lleva una vida bohemia dedicada a la pintura y la escultura. El flashback empieza como si de una fantasía parisina se tratase, a ritmo de can-can en una sala de espectáculos. Luego, ya en su habitación, Marta oye que alguien introduce un papel por debajo de su puerta, donde le piden que la abra. Una mano desconocida le introduce un vaso de vino y una voz al otro lado le canta una canción. Es Martin, quien finalmente la lleva a su habitación. Es uno de esos momentos mágicos típicamente bergmanianos: una puerta misteriosa que se abre, una mano que aparece, una canción que llega de no se sabe dónde, manos que se juntan en la oscuridad, la luna en la ventana, y finalmente un beso.







A este primer encuentro le siguen días felices en París, hasta que la familia de Martin aparece en el hotel para comunicarle que el padre ha muerto y que ha de viajar a Suecia. Martin se niega abandonar la ciudad y se lleva a Marta a celebrar la muerte del padre a un restaurante. Pero en seguida reconsidera su decisión y anuncia que sí que volverá a Suecia, que necesita el dinero para mantener su carrera. Ella, que ha intentado darle una noticia durante toda la noche (sospechamos que la del embarazo), no lo hace y se separan. Volvemos a los dolores del parto, la anestesia y, después de un carrusel de inquietantes imágenes encadenadas, el nacimiento de una niña.

La tercera historia es la más ligera, con aire de comedia sofisticada. Influyen, y mucho, los actores, Eva Dahlbeck (Karin) y Gunnar Björnstrand (Fredrik). Björnstrand es, a mi modo de ver, el actor más parecido a Cary Grant que he visto jamás, capaz de alternar a la perfección el registro cómico con el dramático. Dahlbeck es una actriz con una presencia arrolladora en pantalla, de una gran elegancia. La historia que vamos a ver podría estar interpretada perfectamente por Grant y, por ejemplo, Irene Dunne o Carole Lombard. A la vuelta de una fiesta, con Frederick algo achispado, van a quedarse encerrados en el ascensor. Confinados entre cuatro estrechas paredes, la representación (de marcado carácter teatral) se ilustra mediante todo un alarde de cámara que saca el máximo partido al reducido espacio, jugando una vez más con la profundidad de campo que permite un espejo colocado dentro del ascensor (y que, de tanto en tanto, desaparece, si la vista no me ha engañado).





Mientras pasa el tiempo, en la penumbra, la pareja empieza a contarse infidelidades, ciertas o ficticias, a pincharse mutuamente, aparentemente como un juego, sin que la discusión parezca sangrienta. Al final, manteniendo el tono de comedia sofisticada, casi de screwball comedy, inician lo que parece que será una relación sexual, aunque el rescate por parte del portero quizá la frustre (o no, los vemos recolocándose las ropas con cierto embarazo). Riéndose a carcajadas, salen del ascensor ante la mirada sorprendida de sus rescatadores.

Hemos asistido a las diversas etapas del amor: el matrimonio que sólo se mantiene unido por costumbre (la historia que se nos escamotea); el momento de la infidelidad; el del primer amor y sus dolorosas consecuencias (la vida en Bergman, esa niña que nace, siempre parece tener que llegar entre llantos y gritos, literalmente ensordecedores en la secuencia del hospital); y el del amor maduro, ligero, pero atado con recursos casi teatrales, fruto de la experiencia. Pero nos queda aún otra pareja, otra edad del amor: el de la hermana de Marta, Maj, que planea la fuga con el hijo de Paul (el hermano mayor, esposo de Annette), Henrik. Cuando los ven marcharse a bordo de una barca, en una bella estampa nocturna, el padre aparentemente sin preocuparse comenta que se pueden ir, que ya volverán, que “tengan su verano”.


Vale la pena recordar que el film anterior fue Juegos de verano, y que el posterior será Un verano con Mónica, lo cual otorga a esta película una gran coherencia dentro de la obra que Bergman realizó en esta primera mitad de la década de los cincuenta.

Tengo que reconocer que, aunque la película está muy bien realizada (excelente fotografía una vez más de Gunnar Fischer) e interpretada (Dahlbeck, Björnstrand, Kulle, Nilsson, Malmsten,...), esa estructura que encadena distintas historias, con tonos diferentes, me parece algo artificial, creo que no encajan del todo entre sí. Puestos a elegir, me quedo con la primera de las historias, la más cruda, la más desesperanzada en su retrato de una pareja. Pienso que este primer episodio no desentonaría entre sus obras de madurez.

La edición de Filmax, correcta, en la línea habitual de la Colección Bergman, con algunos defectos de celuloide y algo de ruido en la banda sonora.