Once Upon A Time In America (Eráse una vez en America, 1984)
Se trata del fascinante testamento fílmico de un
Sergio Leone que se recrea en cada plano, en cada detalle y escenario, dando la impresión de asistir a una recreación/rememoración de la historia de unos personajes pero sobre todo de un mundo que es a la vez, historia y cine, vida y sueño.
Desde el impresionante arranque mas propio del cine mudo hasta su maravillosa coda final, que cierra el círculo, Leone nos va narrando en forma de recuerdos y flashbacks el proceso por el que se tejen los materiales de los que se compone el mundo: belleza, inocencia, traición, sexo, amor, violencia, ambición, amistad ...
Con un trabajo realmente descomunal de producción ( toda la parte de la infancia es una joya, con esos planos de Brooklyn en el barrio judío que son iconografía ) se nota que era un proyecto muy cuidado para hacer que el espectador quedara embelesado de aquella pandilla de ladronzuelos que constituyen una familia que poco a poco sufre los avatares del destino, de ahí que detalles como el que
Morricone compusiera la bso antes incluso de rodaje permitiera a los actores ( casting perfecto ) situarse en la dramaturgia al oir la música en el propio set.
Aunque si algo destaca es , como siempre en Leone, su particular uso del tempo narrativo, bien sea a través de unas elipsis perfectamente diseñadas, de sus famosos ralentizados, planos secuencia, sus eternos travellings, mezclas sonoras ( una vez más, ¡el timbre del teléfono !) o giros en la trama.
Leone acierta al presentar primero los escenarios desnudos en la actualidad ( el bar de Fat Moe, la taquilla de la estación ) , que luego vamos redescubriendo y haciendo nuestros, mostrando de nuevo el paso del tiempo por ellos y su importancia en la trama. Por supuesto no faltan sus primeros planos, donde cada actor/personaje da lo mejor de si para dotar de sentido a lo contado, bien sea la inocencia , el descaro juvenil , el pesar, la culpabilidad o el deseo.
En cuanto a la historia, se trata claramente de rendir cuentas con el trasfondo político de un país nacido del estraperlo, el tráfico de influencias y la mafia, donde la picaresca se torna como el sustrato del que nace toda una generación que tendrá que ir rindiendose a la transformación legislativa y económica del país, y donde se forma el verdadero núcleo del guión, cuando Noodles decide seguir fiel a unos principios y valores que no se han visto alterados por su paso carcelario.
Creo que seguramente de ahí viene la clave para entender al personaje, un niño-hombre que se ha perdido buena parte de los cambios de un país que le cogen a pie cambiado, tanto a nivel laboral ( no termina de cuajar con el nuevo socio al que da vida
Joe Pesci, al que por cierto, le cortaron escenas ya que desaparece abruptamente ) como sentimental ( no asume la pérdida de su amor de infancia y la cosa termina en tragedia ) , lo que le lleva a desertar tras una traición disfrazada de salvación.
Es por ello que el tiempo no cierra las heridas y el pasado vuelve a rendirle cuentas, con ese reencuentro al borde de lo irreal, donde Noodles deja bien claro que aquellos tiempos ya no volverán y ni él ni su amigo lo son ya. Del mismo modo que entró en su vida ( a bordo de un carro ) sale ( de un camión ) , el círculo se cierra y Leone nos devuelve al fumadero de opio: quizás todo ha sido un sueño, o sencillamente, Noodles no ha dejado nunca de ser un niño sonriendo que yendo a su aire y por libre, se ha salido con la suya.
De Niro está sensacional, pero resulta especialmente impresionante su cambio generacional, a través de un maquillaje natural y no intrusivo ( toma nota,
Ron Howard ) y sobre todo el cambio en su mirada, cansada y dolida.
A su lado,
James Woods no desmerece como su amigo o colega de infancia, mas impulsivo y ambicioso, pero con un sentido de la lealtad inmenso. Y
Elisabeth McGovern da el tipo, aunque a mi parecer nada puede igualar la belleza etérea de una inolvidable
Jennifer Connelly que debutaba en la gran pantalla por todo lo alto,
metáfora perfecta de lo inalcanzable.
No me quiero olvidar de otro detalle, y es el humor negro mezclado que salpica la historia en varios momentos ( el despertar sexual o la imbricación de los lazos de amistad ) no desprovista de dulzura ( el momento del pastel ), con un descaro que sería impensable en una producción actual de estas características, así como una deshinibición sexual que lejos de resultar indigesta, dota al conjunto de un realismo vivificante, y que acercan al film a los grandes de la literatura como
Quevedo o
Dickens.
Vale por filmografías enteras. Descomunal. Eterna