13. Noche de circo (Gycklarnas afton, 1953)
Comentario anterior.
Tal como apunté en mi comentario anterior, Noche de circo (primera colaboración de Sven Nykvist con Bergman) es un film sobre la humillación. Hay, como mínimo, cuatro momentos en que los personajes son humillados de forma cruel.
El primero es esa especie de extraña remembranza que uno de los payasos, el que conduce el carromato donde viaja Albert (Åke Grönberg) con su joven amante, Anne (Harriet Andersson), la fogosa amazona “andaluza”, le cuenta al director del circo, relato de la humillación que sufre el otro payaso, Frost (Anders Ek), como consecuencia de la frivolidad de su esposa Alma, puesto en imágenes mediante un flashback de aire onírico (a lo que contribuye la falta de sonido, la música y la fotografía, quemada y granulosa). Es, en mi opinión, el momento más disruptivo estéticamente hablando de la película, y uno de los que lo es más en el cine del sueco (me recuerda algunos momentos de La hora del lobo, en particular el ataque del niño a Max von Sydow).
Los dos siguientes tienen lugar al mismo tiempo. Albert visita a su esposa, que vive en la misma población donde la compañía circense ha instalado la carpa. Tienen dos hijos en común que apenas conocen a su padre. Albert, cansado de su pobre y miserable vida circense le pide a Agda poder regresar al hogar, pero la esposa, que goza de una posición social y económica desahogada, lo rechaza, quiere conservar su independencia.
Mientras tanto, Anne, que también quiere abandonar el circo, se ofrece a uno de los actores del teatro, Frans (Hasse Ekman), esperando que este se case con ella o como mínimo que le ofrezca la posibilidad de una nueva vida, pero este lo único que pretende, y obtiene a bajo precio, es acostarse con ella. La humillación se acentúa con el pago que obtiene: una joya de escaso valor, como comprueba inmediatamente después en el joyero.
La ultima humillación es la más patética. Enlaza con la primera, puesto que tiene lugar ante un abundante número de espectadores. Las groserías que Frans le dedica a Anne durante su actuación a caballo saca a Albert de sus casillas, enfrentándose los dos en la pista del circo, con una contundente y vergonzosa derrota del director.
Pero ni siquiera esa última y cruel humillación es suficiente para que Albert cumpla su amenaza de suicidarse, sino que descargará su vergüenza y su ira en el pobre oso enfermo del circo (adquiriendo este, de esta forma, un simbolismo demasiado evidente, quizá uno de los puntos más débiles de un film por otra parte excelente).
A pesar de que la película se abre con una notas musicales de aire circense, inmediatamente la banda sonora adquiere un tono tenebroso, que acompañará el devenir de la historia. La noche de circo bergmaniana es cualquier cosa menos ligera, amable, divertida. Es oscura y deprimente. Quizá eso fue lo que la convirtió en un relativo fracaso, justamente cuando Bergman había cambiado de productora, de la habitual Svensk Filmindustri (a la que regresará en su siguiente film, mucho menos interesante) a Sandrews. Una vez más, el resultado comercial de un film no es indicativo de su calidad. Con todo, la película sí fue apreciada en su recorrido internacional, y hoy en día ocupa un lugar destacado en su filmografía.




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