22. El ojo del diablo (Djävulens öga, 1960)
Comentario anterior.
Si bien hasta ahora El ojo del diablo siempre me había parecido un divertimento (que lo es) sin más, encajonado entre dos films terribles, angustiosos, como son El manantial de la doncella y Los comulgantes, una suerte de respiro que se concedía el director sueco para seguir con su cine más implacable, esta vez me ha gustado más que nunca como comedia. De forma análoga a Sonrisas de una noche de verano, que Bergman calificaba en los créditos de “comedia romántica”, esta recibe la denominación al inicio de film de “rondo capriccioso” (ilustrado además por una mano que toca Scarlatti en un clavecín, quizá la de la intérprete, la mujer de Bergman, Käbi Laretei). Ese rondó, como la composición musical que recibe este nombre, va regresando siempre al mismo motivo, dándole vueltas y vueltas, al tema del amor, de la pareja. Y lo hace con un desparpajo, con una luminosidad, poco habitual.
Con todo, esto es Bergman, o sea, ni rastro de trivialidad, de simpleza. Al contrario, con una finísima ironía juega con el personaje del conquistador, del gran amante por antonomasia: Don Juan (un ajustadísimo Jarl Kulle).
A él recurre Satanás, afectado de una dolencia ocular: un vulgar orzuelo, resultado de la existencia de una joven nórdica de 20 años, a punto de casarse, y que se mantiene virgen.
No me extiendo en el argumento, porque ya hice una sinopsis bastante detalle en mi comentario anterior. Destaco en todo caso algunos detalles complementarios.
Como, por ejemplo, la estructura teatral explícita: hay un presentador (el gran Gunnar Björnstrand) que abre el film aclarándonos qué es el infierno para luego ir acotando la finalización de cada uno de los tres actos.
Los decorados, el vestuario, las idas y venidas de los personajes, los diálogos entre ellos: de Pablo (Sture Lagerwall), el criado de Don Juan, con la esposa del vicario (Gertrud Fridh);
del vicario (Nils Poppe) con su esposa o con el demonio enviado a vigilar a Don Juan (Torsten Winge); o sobre todo los de Don Juan con la virginal Britt-Marie (espléndida Bibi Andersson),
todo ello refuerza cierta teatralidad, pero están perfectamente filmados (gran trabajo una vez más de Gunnar Fisher), dirigidos e interpretados, se nota la mano experta del Bergman director de actores sin que en ningún momento tengamos la impresión de estar viendo teatro filmado.
Y sobre todo la amargura del final, esa derrota de Don Juan, vencido por el amor que siente una joven hacia su futuro marido (pero al que ya miente en la misma noche de bodas), que le hace darse cuenta de cuál era la auténtica naturaleza y el fatal destino de su mítica capacidad de seducción. A pesar de ello, Don Juan mantiene una actitud digna ante Satanás, despreciándolo y escupiendo a sus pies. Al final, ¿con qué nos quedamos? ¿Con el amor un tanto alelado, ingenuo, que con el tiempo probablemente se desvanecerá, de la pareja de recién casados (uno de los consejeros de Satanás dice que el matrimonio es la sólida base del infierno)?
¿O con el riesgo, con la entrega, del seductor, no obstante condenado a volver una y otra vez a intentar vencer la resistencia de la mujer, una mera abstracción del deseo insaciable?
Lo que más me ha gustado esta vez, o al menos con lo que he conectado más que otras veces, es con el sentido del humor bergmaniano. Me ha parecido una película francamente divertida, sin pulir las aristas, siendo a menudo tan cortantes como en los dramas de pareja del sueco. En todo caso, un refrescante interludio antes de acometer su famosa trilogía sobre “el silencio de Dios”.




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